Un cantante moribundo

by Yasmín

por María José Escobar

LA SEGUNDA VEZ que la vio fue al lavabo y se frotó los ojos. Cuando regresó al centro del patio no quedaban rastros de ella, ni siquiera un sendero de nubes, el zumbido agudo y musical, sin embargo, persistió en el viento hasta desvanecerse.

—Mamá Carmen, estaba allá otra vez.

A mamá Carmen los oídos le fallaban a veces, por esa obvia razón no lo escuchó del todo. Desde la primera vez que le mencionó lo que veía, había expresado cierta incredulidad. Se paró frente a ella, le hizo señas y le repitió lo de antes. Esta vez, mamá Carmen comprendió y puso cara de sorpresa.

—¡Me la perdí otra vez!

—Un día se te va a hacer verla, aunque sea la silueta. Es lo más bonito que verás en tu vida, te lo prometo.

Mamá Carmen, muy metida en sus quehaceres de la cocina, le indicó que se sentara junto a ella en la mesa con los platos ya servidos, pescado frito y ensalada. El suyo, su pez, casi rosado, casi salido del mar.

La ballena siempre se desplazaba sobre el espacio como con un rumbo fijo. Pasaba y desaparecía. Desde abajo podía deducir que era adulta porque era así de grande incluso desde la lejanía.

—Muchacho, agarra bien la cuchara, como te enseñé.

—Sí, la mano en puño y el mango de la cuchara entre el índice y el pulgar.

Por la noche tomó la escalera y la apoyó sobre la pared del segundo piso, desde ahí podía ver la costa, aunque no puede distinguir salvo lo que toca la luz de la luna que se refleja sobre las aguas, más altas por la hora. Tiene la esperanza de verla, tal vez con el mar así de espacioso pueda llegar hasta él. Mas no llega.

Cuando la sueña esa misma noche es lo mismo, siempre arriba y sin reconocer que la observan, mucho menos que la siguen. De su largo cuerpo alcanza a distinguir lo que supone su estómago; la ve así y decide seguirla con la vista, desde su lugar, pretende que se desplaza a la par de ella, desde su lugar, más se acerca y más grande es ella, y desde su lugar, en el concreto, quiere estar a la par. Imagina que come el kril que ella deja después de la filtración, pretende que es el pez que nada bajo el tiburón. Sabe que son meros sueños porque no le falta el aire.

A mamá Carmen, también por su problema ocular, se le dificultaba desplazarse por la cocina, se tropezaba con todo lo que se le ponía enfrente: la esquina de la mesa, la esquina de la barra, la esquina de la vitrina.

—Puedo hacer la comida hoy.

—No, deja, deja. Mejor acompáñame aquí y platícame lo que se te ocurra.

Y la acompañó para que ya no se golpeara. Sus ojos de cataratas, así le contó, le complicaban la vida y por eso él fue su bendición.

—El hijo que nunca tuve, aquí está conmigo, qué bueno que estás aquí —pregonó y quebró en llanto. Cuando notó su confusión le confesó que para los viejos llorar era la cosa más fácil del mundo. Le pregunta si lo que sale de sus ojos tiene sabor y ella le contesta que es salado. Las lágrimas son como el agua del mar, supone, quisiera tener la capacidad de llorar también.

Sus ojos, los de mamá Carmen, de una carnosidad enrojecida que tanto mal le hacían eran una verdadera tristeza; lo que menos debe hacer el agua es herir, muy al contrario. Por eso es tan complejo lo que siente cuando ve a la otra en el cielo nadando sola. El agua te mata como te da vida, también te hace sentir una soledad tremenda.

—¿Esos animales son solos?

—A veces, otras veces están en grupo, pero yo siempre los he conocido más solos. Así llegan aquí.

El mar, cuando es abierto, es igual por donde se le mire. Si sales a la superficie es casi imposible orientarte, con suerte puedes encontrar algún indicio de tierra firme a lo lejos; con menos suerte, los dos azules, uno reflejado en el otro. El mar en el que ella nadaba era así de desértico y uno pensaría que estaba perdida de no ser por su nado determinado.

Tomó aire desde la superficie, se inclinó hacia abajo y vio su silueta, unos diez metros bajo sus extremidades, el agua porosa casi la ocultaba en la oscuridad del fondo marino; es lo más cerca que alguna vez estuvieron. Desde entonces, cuando él llegó a la costa, la busca en cualquiera de los dos azules. Si no la ve, guarda silencio en caso de que quiera cantar.

Aprendió a tomar los cubiertos como le dijo mamá Carmen. Antes sólo tenía el pulgar y el índice, después ese índice se partió en tres iguales, así se despertó una mañana, no vio el proceso, tampoco experimentó vestigios de dolor. Cuatro dedos, si contaba el pulgar, aunque sin uñas y la piel todavía grisácea. No tan parecidos a los de mamá Carmen, desiguales los de ella, pero ya eran más semejantes. Mamá Carmen le tomó la mano, la derecha, y sintió sus nuevos dedos, uno por uno, luego los apretó entre los suyos con suavidad.

—Tus manos ya no están mojadas.

—Hace rato que ya no —y un sentido de urgencia le hizo especificar—: y los pulgares se parecen más a los tuyos.

—Espero que sí, así puedes salir.

—Pero no quiero, sólo desde aquí puedo verla.

Era lo que le importaba desde que tenía memoria, lo que hubiera pasado antes lo tenía sin el menor cuidado, quería acompañar a la solitaria, ver hasta dónde iba y por qué. Por eso se soltó con la misma fuerza con que su benefactora lo tomó cuando escuchó su canto y salió corriendo al patio. Mamá Carmen le había hecho la petición, entre risas: descríbeme a la ballena cada vez que la veas.

—¡Aquí está otra vez! —señaló al cielo—. Ojalá pudieras verla, se ve más clara allá arriba que abajo. Es azul, te había dicho, ¿no? Y es grande, grande.

—Debe estar chulísima —respondió mamá Carmen, mientras alzaba la cabeza al cielo y se cubría la frente con la mano.

—Lo es. Es más lenta, va a quedarse ahí un poquito más. O no sé, así siento.

Le gustaba estar en esa casa, le gustaba la compañía de mamá Carmen, quien careció de curiosidad desde el inicio. Adentro, siempre adentro, así podía estar al pendiente.

Desde arriba, el azul era infinito. Así lo conoció, inmenso desde arriba y fascinante desde adentro; la vista fue el primero de los sentidos que desarrolló. Y cuánto agradeció, de otro modo no la hubiera avistado.

No supo cuánto tiempo pasó dentro del agua. Muchas veces se sumergió y ahí permaneció hasta donde pudiera para verla desde abajo, ya no sólo desde arriba. La siguió sin cansancio. Tanto se sumergió que pudo vivir bajo el mar y únicamente salir a la superficie cuando así lo requiriera. Hasta que llegó a tierra y conoció a mamá Carmen.

—Así dime, así me dicen. Vente conmigo, acá te cuido.

No le hizo preguntas de su origen y estuvo bien porque no tenía respuestas. Aunque sí insistió en preguntarle por un nombre. No tengo uno, contestó. Entonces yo te pongo uno, ofreció ella. Así estoy bien, gracias, dijo finalmente. Empezó a decirle “muchacho” y eso le pareció bien, aunque ella seguía desconcertada por su renuencia a tener un nombre y, cada tanto, volvía a ofrecerle uno. No hay necesidad, le decía cada vez.

Una vez, para irrumpir un silencio que siguió después de su habitual negativa, le dijo:

—Yo estuve en los dos azules, primero en el de arriba y luego en el de abajo, me gustó más abajo pero me arrastró hasta la arena. Aquí en la arena no está mal, pero no me gusta tanto, le falta variedad. Y el azul de arriba es más tenue que el de abajo; lo único que me agrada es la ballena, como tú le dices. Y ella y tú son lo único que me importa. Lo demás es innecesario.

Cuando quedó varado en la arena sólo pudo mirar insistentemente el tumulto de nubes. Las aves iban llegando de a montones, lo ignoraban porque no estaba muerto y se estremecía en movimientos bruscos si intentaban clavarle los picos en el cuerpo.

En el proceso, mientras aprendía a respirar adecuadamente, no pudo apartar la vista del cielo; no porque no quisiera, se estaba secando y perdió fluidez en sus movimientos. Se secó tanto que no pudo volver al agua.

Escuchó pasos, uno tras de otro, arrastrados y pesados. Multitud. Sonidos confusos, no el canto de su compañera, varada junto con él. Pudo ver el reconocimiento en sus ojos enormes cuando miró de soslayo.

Boca arriba, así lo encontró su benefactora, quien paseaba por la costa fuera de su casa. A la vez que ella lo cubría con una sábana y lo ayudaba a levantarse, escuchó más voces. ¿Se quedaría aquella en el mismo sitio? ¿La ayudarían a regresar al mar? ¿Era esa su parada o se había desviado? ¿Se adaptaría como él pudo? No supo nada hasta que, pasado un tiempo, se le ocurrió colocar la escalera y ver hacia la playa: no estaba, había desaparecido por completo. Ojalá haya vuelto al mar, aunque eso también lo entristecía. Para su felicidad, la volvió a ver mientras estaba en el patio, cuando levantó la vista.


María José (Querétaro, 1998) es licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Fue beneficiaria del PECDA en 2024. Varios de sus cuentos breves, minificciones y ensayos han sido publicados en revistas de divulgación literaria como Revista Alcantarilla, Carcaj, Periódico Poético, Página Salmón e Irradiación, entre otras.

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