Y sanseacabó

by Yasmín

por Francesca Testi

Traducción del italiano de Luis Arturo Hernández Basave

EL MES DE SEPTIEMBRE Mattia y Ana se habían casado en una sala del ayuntamiento de Roma. Sin festejos, sin invitados siquiera. Ese día a los dos se les declaraba marido y mujer solo delante de sus seis hijos y de un par de testigos al azar entre los colegas de él. Una firma en un registro civil que tenía que hacerse de la manera más anónima posible como una de las condiciones impuestas por el esposo, la enésima que Ana se veía obligada a aceptar y que, por tal, había aceptado.

La mañana era calurosa, con un cielo abrumador y cubierto, el verano llegaba a su fin sin tanta convicción y Roma, la ciudad eterna, no veía la hora de comenzar de nuevo, movida por un ingobernable deseo de pasar página y olvidar.

Doce años atrás, en enero del 2015, Mattia y Ana se habían conocido por mera casualidad. Ella estaba en un café en el Trastévere, cerca de la casa donde trabajaba, bebía un té sin azúcar en aquella tarde que la familia le había concedido, la misma que –por caridad– la había contratado como empleada doméstica. Trabajaba tanto y ganaba poco, pero no se daba cuenta; por otro lado, nunca había poseído nada, así que poco le parecía ya bastante. Todo eso para decir que no fue un impulso hacia la emancipación lo que la convenció de darle cuerda al joven militar pelirrojo. No. Fue algo más urgente, un sentimiento de falta de tiempo, una bomba de relojería que crecía dentro de ella dispuesta a explotar y hacerla trizas definitivamente en cuatro meses. No se podía posponer, ni pretender quién sabe qué; demasiado bien lo sabía. Había que ponerse a salvo antes de que diera a luz a la criatura, de otro modo ambos, ambas, habrían acabado quién sabe dónde. Y esa no era una perspectiva aceptable, sobre todo para alguien que se había criado sola en ese país que no quería reconocerle el derecho a la ciudadanía.

Mattia era alto, cabello cobrizo, ojos verdes. Serio. Se desplazaba por Roma –la ciudad de los emperadores, de los artistas, de dios– como si de ahí fuese oriundo. El caos le parecía el único ambiente posible, ponerse el uniforme le infundía una sensación de omnipotencia que el chico pobre que fue no se hubiera jamás imaginado poseer. Había nacido y crecido en una familia numerosa y desmembrada en la que siempre se había sentido solo, lo que había agudizado en él ese constante sentimiento de reclusión. Mientras más los veía, más se sentía distante, exiliado en un lugar imaginario y lejano del cual la suerte infame lo había arrancado para mantenerlo atado a ese remoto rincón de Italia. Desde su más tierna edad, el abanico de sentimientos y deseos que había alimentado podían resumirse en dos palabras: huir, primero; vengarse, después.

Por ello, movido únicamente por la frustración unida al sentido de predestinación que lo había mantenido con vida hasta ese momento, Mattia había encontrado en la retórica temeraria de las fuerzas armadas y del Partido de los Hermanos de la Nación la oportunidad que la provincia y la miseria nunca le hubieran podido ofrecer. Y consiguió que lo trasladaran a la codiciada capital donde, de favor en favor, se había hecho de una pequeña reputación en el Ministerio de la Defensa.

Podría decirse que logró huir. De la miseria, de la inmundicia, de la sordidez que lo habían aplastado a él, con la cara en el lodo, y a todos los que se le parecían; y que había anhelado esa huida y esa venganza hasta el punto de creer que aquellos, y solo aquellos, eran los espacios físicos y morales que merecía la pena ocupar.

Así que había huido. Incluso de él mismo, de sus propias responsabilidades, de la conciencia que juzga y encadena.

Había sabido moverse, siempre, a toda costa. Había superado a cualquiera. Nunca mires hacia atrás si quieres ocupar el lugar correcto, en el momento correcto. Busca siempre nuevas ocasiones, pero –sobre todo– huye, huye de todo lo que las acciones, inevitablemente, provocan.

El suyo había sido un hacer y ya, sin profundidad. Acompañado por la furia y por el deseo de venganza que lo habían ido carcomiendo por dentro en las noches frías y húmedas sin fogón. Por la envidia hacia todos los ricos amos que podían dormir en la tibieza de su propia ignorancia, tranquilizados por la certeza de que algo debía de haber que hubiera justificado los pequeños movimientos que se realizaban sobre ese tablero de ajedrez llamado mundo.

Y habría ocurrido cualquier cosa. Había ocurrido cualquier cosa. Eso era, Mattia tenía bien metido en la cabeza que él había sido y seguía siendo la víctima. Y que la venganza, por tanto, le otorgaba el derecho.

Pero luego se había preguntado: ¿al final puede uno considerarse amo sin tener un sirviente?

Los años del noviazgo se habían dilatado desmesuradamente, en parte por la incertidumbre económica, por la pandemia del Coronavirus y la guerra iniciada en el 22, y en parte por el innegable sadismo de Mattia. En cualquier caso, la falta de un documento que diese constancia de la legitimidad del vínculo y, así, pusiera a salvo a la chica no había impedido que el joven cumpliera lo que consideraba sus deberes de hombre, y Ana se había embarazado otras cinco veces de quien le prometía que, tarde o temprano, se convertiría en su marido.

¿Por qué se había prestado a esta farsa? Si la opción de dejarse llevar por los cumplidos de un pretendiente la dictaba únicamente la necesidad de encontrar a alguien que la protegiera a ella y a la criatura que llevaba en el vientre, ¿por qué aceptar otros embarazos fuera del matrimonio? ¿Por qué no casarse de inmediato, sin tantos preámbulos, y hacerse la sirvienta de él en lugar de la otra familia, recibiendo a cambio ese bendito trozo de papel, una casa y un apellido? Ana había aceptado, ¿sí o no?

Una pregunta punzante porque Ana no sabía en absoluto que pudiera decir que no. Los hombres daban o negaban el consentimiento, los ricos y los poderosos se apartaban o se ofrecían. Para los demás –las demás, sobre todo– consentir con mansedumbre era una necesidad vital; y obedecer, un mandamiento. De hecho, las monjas que la habían educado tan bien habían reparado tanto en instruirla a ella y a las otras chicas con inequívoca precisión al respecto, e incluso les contaron una anécdota a la que años antes habían visto con sus propios ojos de santas. Ocurrió que Satanás se había aparecido en un orfanato del campo para prenderle fuego a la cama de una muchachita culpable de haberse negado a obedecer. Así es –y las piadosas mujeres se santiguaban con fervor al jurar que lo que contaban era cierto–, en el corazón de la noche todas habían escuchado el inconfundible ruido de las pezuñas sobre las baldosas del suelo del segundo piso; luego, desde el pasillo, el demonio de pies de cabra se había dirigido a la habitación donde dormían seis niñas, todas buenas, todas obedientes; todas excepto una, Tamar.

Ana, junto a muchas otras niñas, había captado de inmediato el significado de aquel acontecimiento y del relato minucioso que contaban las monjas, y se había disciplinado con abnegación. Siempre dócil, indulgente, devota. Satanás, de eso estaba segura, nunca se hubiera –ni antes ni ahora– molestado en reprenderla. A Satanás, las que eran como ella, no lo conocerían jamás.

Efectivamente, nunca le incendiaron la cama ni ningún golpeteo de pezuñas no le interrumpió el sueño a nadie. No. Al contrario, le habían dado apellido y ciudadanía, una casa modesta pero completamente intacta en aquella ciudad de masa quebrada que pareciera estar a punto de desmoronarse a la menor provocación. Los hijos y las hijas habían crecido y tomado rumbos distintos, a veces insospechados, a menudo mejores que los ya recorridos por los padres, y se disponían a convertirse en siluetas indistinguibles en la niebla de los recuerdos. Todo se había movido, caído –casi nunca sin volver a levantarse– mientras Ana se quedaba allí, inerte, aparentemente obediente y silenciosa como aquella tarde en el Trastévere, fiel a la advertencia de las monjas. Mattia envejecía con frialdad y rencor, día tras día volviéndose en lo que siempre había sido bajo el aspecto de un pulcro muchacho pelirrojo. Ahora era un hombre de cabellos y pensamientos grises, totalmente insatisfecho con lo que la vida le había deparado, en perenne conflicto consigo mismo y con los demás, esclavo de ese afán suyo por ser el amo de todo.

En el corazón de la noche, estaba sentado, encorvado, en la cama que había compartido con su mujer desde hace cincuenta años; miraba fijamente el suelo sin verlo, contemplando la vida pasada y presente que se le proyectaba como una película muda con el fondo de las baldosas rojizas tornadas marrones por la oscuridad.

Habría merecido más, lo habían engañado, todos, incluso esa bruja siseante de Ana.

Sí, Ana, por su culpa. Traicionera vil que lo había sonsacado para obstaculizar su ascenso. ¡Pero qué idiota había sido al casarse con ella, qué desperdicio de oportunidades y de talento!

Y entonces le volvía a subir, una vez más, el deseo de golpearla y ridiculizarla, de empequeñecerla, reducirla a nada para sentirse él –aunque solo fuera por un instante– grande.

Por décadas Ana había asistido a aquel teatro de dramática mezquindad, no había nunca respondido a las injurias, había apechugado palabra tras palabra, empujones, miradas de soslayo. Parecía no sentir nada cuando en realidad lo había sentido todo.

En el corazón de la noche, Mattia, sentado y encorvado en la cama, se disponía a asestarle el enésimo insulto, esa hiel inagotable que envenenaba el aire. Ana dirigió la mirada cansada hacia la ventana abierta; se veían las estrellas, no había nubes y la primavera se antojaba decidida a regresar con su habitual e imperdonable vitalidad. Alzó la mirada hacia el cielo estrellado de mayo, pensó en Tamar, en la mirada atónica de aquellas otras cinco niñas y entendió que la historia había acabado, que podía ponerle fin. Con calma se puso de pie, caminó lento hasta detenerse ante el hombre encorvado que mascullaba maldiciones.

No dijo prácticamente nada: ella misma no sabía bien qué estaba ocurriendo, se limitó a susurrar: se acabó.

El colchón estalló en una llamarada alta e indomable. Y sanseacabó.


Francesca (Roma, 1988), estudió filosofía, literatura italiana y pedagogía en Roma, Perugia, Verona, Utrecht y Ámsterdam. Desde 2020 es profesora de italiano como lengua extranjera.

Luis Arturo es traductor. Actualmente estudia su doctorado en la Universidad de Toulouse.

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