Itzel Cabrera
Tengo 34 años. Yo y las niñas con las que crecí, con las que pasé tardes enteras jugando (en ese tiempo) muñecas barbies, una vez que entramos en la adolescencia dejamos de hacerlo y comenzamos hablar, por ejemplo, de cómo “vernos bien”. Cuando les pregunto a las amigas que conocí ya de adulta, en qué momento dejaron de jugar con muñecas (u otros juegos de la infancia), todas coinciden que al tener 10 o 12 años, o incluso menos. Desde mi adolescencia nunca ninguna mujer de mi edad me ha invitado a jugar barbies, muñecas o algo similar. Ni a mí se me pasaría por la mente invitar a mis amigas adultas y decirles “oye tráete tus muñecas para jugar”. Pero, curiosamente, recuerdo que los niños que aprendieron a jugar videojuegos cuando yo aprendí a jugar con muñecas lo siguieron haciendo conforme crecieron. Los jóvenes adolescentes que iban conmigo en la secundaria y después en la prepa nunca dejaron de jugar videojuegos. Mientras que mis amigas y yo abandonamos los juegos tan pronto sentimos que dejamos de ser niñas, ellos no. Ahora los hombres adultos que conozco tienen sus videojuegos en sus casas y es muy común que se reúnan a jugar con los compas de su edad (incluidas mujeres, por supuesto). ¿No es curioso? Me llama la atención que rara vez las mujeres nos reunimos para jugar cosas que jugamos siendo niñas. Claro que jugamos, pero los juegos cambiaron para nosotras y me sorprende la cantidad de hombres de mi edad que juegan muy similarmente a cuando eran niños, no sólo porque sean o no los mismos juegos, sino por lo natural que resulta ver a un grupo de hombres treintañeros reunidos jugando como cuando eran niños pero no es tan común (o al menos a mi nunca me ha pasado) ver a un grupo de mujeres adultas reunidas para jugar barbies (en el sentido amplio de inventar historias con ellas, hacerlas caminar, hacerlas bailar, etc.) ¿No es curioso?
