El Jardín de las Cicatrices Mudas

by Yasmín


Por Rogelio Rochin Arroyo

MI VIDA dio mil y una vueltas; he muerto y resucitado como las amapolas en un atardecer
lluvioso. Sé lo que es perder, sé lo que es ganar… pero lo más importante, ahora sé lo que es

ser humano: una transformación constante de las sombras en luz.

I. El Techo Gris

En el estrellato de las nubes, ahora cubiertas por un grisáceo techo que almacena el grito de
miles de historias, me detengo. Unas me gustaría recordarlas; otras, revivirlas. Pero estoy
aquí, en este cuarto blanco donde la sangre asciende, devorada por el calor de un techo que
siempre espera quitarte más. Mi cuerpo es una prisión de carne; no puedo hablar ni gritar.

— ¡NO LO INTENTES! —

Ellos no escucharán. Te dormirán. Y mientras mueven tus piezas como si fueras un objeto
inerte, tu alma entiende que el tiempo ya no te pertenece. Tu cumpleaños, tu pareja, tu
escuela… todo es un eco que llega tarde. — DESPERTÉ PARA MORIR LENTO — He
olvidado el aire de afuera. Mis piernas son un recuerdo y mi mano derecha es mi única arma.
Tengo frío y solo puedo comunicarlo mojando mis propias sábanas. La baba mancha mi
almohada y el sedante acaricia mis venas cada treinta minutos, induciendo un sueño donde

los recuerdos ya no son cristales, sino agujas.
II. El Desgaste de la Memoria

— ¡AVÍNTATE POR LA VENTANA! ¡AHÓGATE CON TU PROPIA SALIVA! —
Incluso mi muerte cuesta miles de lágrimas de mi madre. Soy un nudo de mangueras; la
quimioterapia me borra las huellas dactilares y un cable en la uretra me bebe la orina. El
prisma dicta mi pulso mientras la fiebre de cuarenta grados me consume.
Antes, mi cicatriz de intento de suicidio era lo que más se notaba en mi piel; era mi marca de
guerra contra mí mismo, un recordatorio orgulloso de mi desprecio por la vida. Pero hoy, con
la piel desgastada, rota por las agujas y las cirugías, esa marca se ha desvanecido. La
enfermedad ha devorado mi rastro de autodestrucción, sustituyéndolo por una lucha que yo
no elegí, pero que ahora abrazo. Pasé años queriendo que alguien me chocara en un semáforo
para salir disparado del parabrisas. Qué ironía: siempre deseaba morir, y ahora que la muerte

me roza, yo insisto en revivir.

III. El Salto a la Oscuridad

Te necesito una vez más. Me mentiría si dijera que puedo vivir sin ti, o que no paso horas
habitando nuestras fotos tras cada despedida. — ¡ESTO ES TAN INTENSO Y NO PUEDO
CONTROLARLO! — Pero entiendo que este amor no se puede dar como antes. Y aunque
me aterra, sé que debo aventurarme en algo nuevo. Me toca nadar en la oscuridad, enfrentar
mi propio camino y, por extraño que me parezca, aprender a pensar solo en mí.
Sostengo tu mano, aprendo tus grecas palmares y comprendo al fin a Van Gogh: veo un
universo que no intenta deslumbrar, sino existir en su propia calma. En tu mirada no busco un
refugio, sino el reflejo de la felicidad que hemos cultivado desde adentro. Amarte desde quien
eres, no desde mi necesidad. Ser princesa de los vientos y navegar en tu perfume, dejando
que las violetas y las daturas sean solo parte del jardín que hoy forjamos.
La vida me ha dado otra oportunidad. Me ha enseñado a transformar mi dolor en escritos, mi
tristeza en alegría, mi soledad en amigos y mi amor en más amor. Me despido de estos versos

para enfrentar la página en blanco de mi propia historia.
El dolor ya no me escribe; ahora, yo escribo el dolor.


Rogelio

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