La historia que no se cuenta

by Fabiola Cabrera

Titha del Angel

Qué loco que crean que solo los que se van a vivir al extranjero la pasan mal – pensaba Alejandra, al escuchar a sus ex compañeras de universidad, hablar sobre la amiga que se había ido a vivir a Alemania.


Quiso interrumpirlas, decir que también al mudarse dentro del país se padece, pero optó por el silencio. Sabía que le responderían con un “¡no exageres!” “tú estás a unas cuantas horas de tu ciudad natal, en cambio ella…” Argumentos que ya había escuchado antes.


Algo en su interior se movía. Era una mezcla de fastidio y nostalgia. El fastidio la hizo retirarse y dirigirse hacia el balcón del salón para tomar aire. Le dio un trago a su vaso de whisky, recargó sus codos en el barandal, y fue cuando la nostalgia le trajo a la memoria el día que dejó su hogar, la ciudad que la vio crecer, para trabajar en la gran ciudad.


Al despertar la mañana de ese sábado, se sentó en la orilla de su cama y lo primero que vio fueron las maletas y la mochila listas para emprender el viaje. Recargó los codos en las rodillas y cubrió con las manos su rostro, tallando con
suavidad sus ojos, como queriendo comprobar que no estaba dormida, que lo que veía era real.

Lo único que quedaba de ella en su habitación, eran los posters de sus cantantes favoritos y algo de ropa en el closet.
Desayunó junto a sus padres y su hermano menor. En la mesa la plática era amena. Los rostros de sus padres irradiaban alegría y orgullo, aunque se podía percibir una preocupación y tristeza velada. La sobremesa había sido larga, pero
lo inevitable llegó.


Depositó las maletas en la cajuela, la mochila en el asiento trasero. Se despidió de su familia y emprendió el viaje.
Tras un par de horas en carretera, llegó al que sería su nuevo hogar. Un departamento pequeño, pero coqueto, con lo esencial para vivir cómodamente.

La realidad comenzó a golpearla desde el día uno, porque con lo primero que se topó fue con el tiempo y las distancias. No calculó bien la hora a la que tenía que salir de casa para llegar a la oficina. Acostumbrada a que en su ciudad con que
saliera con treinta minutos de antelación, era suficiente para llegar a su destino hasta con tiempo de sobra. Pero en la gran ciudad no aplicaba, el tráfico era de locos. Quedó pasmada al ver el mar de autos, de lo “salvajes” y nada amables que eran algunos conductores, y la fascinación que tenían por tocar la bocina de sus coches.

Por fortuna, llegó exacta, ni un minuto más ni un minuto menos. Saludó dando los buenos días y sonriendo, pero el saludo no tuvo respuesta, solo algunas miradas que se levantaron para ver quien había hecho semejante expresión. “Quizás hablan otro idioma aquí” se dijo en tono sarcástico, “allá en mi pueblo si
saludamos”.


Después de una breve introducción a la empresa, le indicaron su lugar de trabajo y sus funciones. Adaptarse a su nuevo trabajo no fue tan difícil como lo fue hacerlo con sus compañeros. Hubo quienes la acompañaron en su proceso y otros que se aprovecharon de la situación.


Padecía a la hora de la comida. Lo único que le gustaba eran las tortas, y eso de gustar, era más resignación. Los sabores, la preparación, era tan distinto a lo que conocía, que algunas veces se enfermó del estómago. Así que, para no seguir sufriendo, optó por prepararse su lonche.


El tiempo pasaba a una velocidad tremenda, la misma con la que se vivía en ese lugar, que cuando se dio cuenta, ya llevaba nueve meses viviendo ahí. La energía y motivación con las que había arribado, estaban en rojo, de ellas ya no quedaba casi nada. Le costaba despertar, se sentía agotada y como si una nube de tristeza estuviera posada constantemente sobre su cabeza.


Algunos días era igual, y otros una nueva sensación aparecía, como el enojo o problemas para conciliar el sueño. No podía entender por qué algo que había deseado tanto parecía no hacerla feliz.

La cereza del pastel fue su estómago. Estreñimiento y diarreas hicieron su debut, llevándola a parar al doctor. Su diagnóstico, colitis nerviosa. A parte de los medicamentos, el médico le recomendó ver a un psicólogo. “¿Y eso cómo p
qué?” pensó, pero no lo echó al saco roto, de hecho, le estuvo dando vueltas al
asunto, hasta que al final, agendó una cita.

Después de escucharla, la psicóloga le dijo,

Estás pasando por un duelo migratorio. – Alejandra se quedó en shock

-¿Duelo migratorio? Pero si no me fui a otro país.

-No tienes que irte a otro país para ser migrante. Eres una migrante interna. Dejaste tu familia, tu ciudad, tus amigos, todo lo que conoces, para crear una nueva vida en un lugar distinto.

-¿Por qué nunca lo había escuchado?

-Porque irse a vivir a otra ciudad se ve como algo “normal”. Tenemos la creencia de que “todos somos mexicanos” y no se toma en cuenta que, en la realidad, México tiene diferentes acentos, costumbres, niveles económicos y orígenes étnicos.

La joven escuchaba atenta, y al mismo tiempo una tranquilidad la envolvía, era como un bálsamo que sanaba, más allá de lo físico, le curaba el alma. Por fin tenía una respuesta.

-Romantizamos mucho el dejar nuestro hogar para irnos a una gran ciudad – continuó la especialista – y poco se habla del costo emocional.

Alejandra soltó un gran suspiro, lágrimas de alivio rodaron por su rostro. Sus síntomas tenían un nombre y existía solución para eso.

-¡Alejandra! ¿Qué haces aquí solita? – Escuchar su nombre la trajo al presente. Necesitaba un poco de aire – dijo esbozando una sonrisa. Dio un trago a lo último de whisky que quedaba en su vaso, y regresó al interior del salón.

Titha del Angel

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