por Lesli Mejía
A veces me da miedo que estas historias nunca se cuenten. Veo la vulnerabilidad de cada persona como una grieta en el discurso: un defecto del sistema, un engrane en su misma autodestrucción.
Historias como la de María, que era de Tabasco. Me dijo que su papá siempre fue muy violento con ella, y cuando tenía 12 años, se fue de la casa a vivir con un señor de 36 que también era violento. Tuvo tres hijos con él antes de que la dejara.
—Me decía que estaba gorda y fea. Yo me sentía muy mal y una vez sí me intenté, pues… sí quise acabar con mi vida. Pero gracias a dios aquí estamos.
Su hija mayor se llama Elena y ella cruzó la frontera primero, cuatro años antes de que María la siguiera. Cruzó a la primera y solo tuvo percances con policías. Fue violada entre tres de ellos. Por suerte no fueron narcos. Además, alcanzó a tomarse una pastilla que pudo comprar en una farmacia en Texas donde la encargada hablaba español. Elena tenía diecisiete años en ese entonces.
María cruzó dos veces; la primera no pudo seguirle porque el coyote los estafó. Le tomó un año volver a juntar para la segunda vez. Tuvo que vender la computadora y el anillo que le dio el señor quien diez años antes la había abandonado.
A ella le pasó con policías también. Fueron dos veces, y más de tres hombres. Ambas ocasiones fueron antes de cruzar al otro lado.
Es difícil mirarla a los ojos mientras me cuenta. Se siente como leer un diario escrito con sangre. Me imagino lo frecuente que es para las personas que trabajan aquí en el albergue escuchar este tipo de historias, pues no se inmutan al escuchar a María. Tal vez es una historia que ella ya ha contado muchas veces, como para procesarla. Yo no puedo sostenerle la mirada, pero me siento culpable de ello. Trato de mirarla porque ella no me quita los ojos de encima. Su expresión es, sin embargo, neutral. Su tono de voz ligeramente grave y susurrante, como si solo habláramos de un mal clima que se avecina.
—Pero ya ahorita que estoy grande, no me siento tan mal. Ya uno envejece y le deja de importar… Todo feo que estaba mi exmarido, aparte. Y ahora más feo ha de estar, todo viejo.
—Claro —repliqué en voz baja—, y lo que él le decía a usted solo reflejaba las inseguridades que él tenía. Solo las personas que se sienten feas ven feas a las demás.
María asintió, de pronto sorprendida, calibrando lo que le había dicho. Luego de eso, seguí con el tema del que les estaba hablando: el porqué de la celebración del ocho de marzo.
Seis mujeres migrantes compartían el espacio conmigo. Más tarde, ellas asistirían a otros eventos en otros albergues, a pintar pancartas y quizá, más tarde, a marchar en Zona Río. A mí ya no me gusta marchar, me resulta física y emocionalmente extenuante, pero participo de otras maneras, contribuyendo a comunidades cercanas a mí, con las que me identifico.
Estas mujeres migraron y yo también lo he hecho; incluso, aspiro a seguirlo haciendo. Tenemos eso en común. Es algo de lo que ellas también han aprendido, y por eso estaba yo ahí: para escucharlas, compartir y aprender.
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Migrar por necesidad es una cuestión relativa. Hay quienes tienen eso como única alternativa a la muerte. Hay gente que no puede quedarse un día más en un país completamente colapsando. También hay quienes nos vamos por voluntad propia, pero al mismo tiempo, restringida: aunque tengamos más opciones, aunque quedarnos en nuestro país no implique una muerte inmediata y certera, la precarización lo impregna todo. Sueldos bajos, explotación laboral, miedo de salir a caminar en la noche, atropellamientos, baches, corrupción, deficientes hospitales y universidades… ¿Quién evitaría aspirar a algo más?
«Migrar es un derecho humano», reza el lema un tanto sobreusado. Siempre me ha sonado como decir: «El agua moja». Como decir «las mujeres son personas», «la esclavitud estuvo mal», «masacrar toda una etnia es un genocidio»: ¿cómo no puede ser verdad lo que es real? Tal vez por eso dicen que estamos en el régimen de la posverdad.
O tal vez es pura saciedad semántica: repetir una mentira hasta que pierde sentido la vuelve una verdad.
Hay humanos más humanos que otros. Por eso hay una diferencia entre «indocumentados» y «nómadas digitales»; entre invasiones migrantes y fugas de cerebros. Y mientras recuerdo los ojos transparentes de María, me vuelve a inundar la impotencia. No hay manera de que alguien cuya mirada me cuesta sostener sin quebrarme pueda ser menos humana que yo. No puedo entender una jerarquía así, creada por esos entes abstractos y ubicuos que te expiden el pasaporte: esos monstruos llamados a veces en singular, como México, a veces en plural, como Estados Unidos, y que nunca ves, pero en todo momento sientes.
No entiendo, o tal vez no quiero entender, porque hacerlo implica iniciar el duelo de admitir que mi humanidad no la determino yo ni nadie más: lo hace un pedacito de plástico blanco llamado Border Crossing Card.
Quizás no solamente hay que cuestionar la idea de «derechos humanos», sino también la idea de «humanos». Paulo Freire escribió que nadie que le niegue su humanidad a otres puede ser auténticamente humano. Yo ya no sé bien qué signifique esa palabra: la saciedad semántica hizo efecto otra vez.
Pero de lo que sí tengo certeza es que escribir es antídoto a mucho, a casi todo, y por eso, si existe tal cosa como una humanidad, contar historias es lo más humano que hay. Escribir es significarnos hasta cuando ya hay saciedad.

Lesli (Acapulco, 1996) es escritora, traductora y docente. Se licenció en Letras Inglesas por la Universidad Nacional Autónoma de México y es maestra en Estudios Culturales por El Colegio de la Frontera Norte. Sus enfoques de investigación son la sociolingüística, la crítica literaria y los estudios de género; su tesis de maestría analiza el lenguaje inclusivo desde la poesía y la teoría cuir. Escribe desde la adolescencia y ha publicado cuentos y ensayos en diferentes medios digitales, así como gestionado y participado en eventos literarios en Ciudad de México, San Cristóbal de las Casas, Ensenada y San Diego.
