Tres poemas de Daniela Ledesma Raya

by Yasmín

Historias al viento.
No hay historia entre
el cielo y la tierra,
cuando uno se queda
y el otro se marcha.
Girando siempre
el viento errante
sin horizonte,
sin destino.
Porque en el fondo
el viento es solo viento
y el cielo nunca
fue suyo.
Y el único testigo
es el aire que
nos rodea,
uno espeso que no
cuenta nada,
ni sobre el cielo,
ni sobre el viento,
ni sobre lo que pudo ser
y no fue.
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Lámparas encendidas.
Aquella noche la
Luna se quedó
demasiado tiempo
mirando…
No sé qué palabras
flotaban en el aire,
pero el reloj
caminaba descalzo
sobre la casa,
cada minuto
era una gota.
Hay cosas que no
son oscuras por
falta de luz, sino
por exceso de sombras;
diríase que imaginaba dos
lámparas encendidas,

cuando el resto ya
soñaba y el viento,
curioso, se detenía a
escuchar lo que aquí
ya no pertenecía.
No era el viento,
ni la luz, ni la casa;
era esa grieta
diminuta que se abre
en los muros cuando
una puerta se queda cerrada
demasiado tiempo.
Siempre he
desconfiado de ciertos jardines,
más por la manera en que
se enredan las ramas
que por las flores.
No hubo tormenta,
pero algo se movió
en el aire,
como cuando el mar
parece en calma y,
sin embargo,
debajo, una corriente
cambia de dirección.
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Casa vacía
La soledad en esta casa es vacía,
es pesada como el viento,
se cuela por debajo de las puertas
y se queda a dormir en mis huesos.
Hay días en que miro las paredes
y me parecen más cercanas que las personas;
al menos ellas no apartan la mirada,
no olvidan mi nombre, no pueden cerrar las puertas
cuando trato de acercarme.
Hace tiempo que algunas voces
dejaron de atravesar estos pasillos.
Las que antes llegaban solas,
y sabían dónde estaba mi taza,
que conocían mis silencios y
podían distinguir la lágrima del cansancio.
Ahora mi teléfono no suena,
las sillas permanecen intactas;
las conversaciones murieron antes
de encontrar el valor de despedirse.
En el cuarto de al lado
todavía queda el eco de alguien.
No sé si es su risa o la memoria
que se niega a marcharse.
También hay amores que se van de golpe;
pero dejan de abrazarte,
después se convierten en distancia y,
finalmente, dejan su lugar vacío como
una fotografía arrancada de la pared.
Yo sigo recogiendo los pedazos
de algo que ya no sé cómo llamar…
Afuera tampoco hay refugio.
Las calles parecen cansadas,
hay ruido, las voces, que se levantan unas contra otras.
Donde alguna vez pensé que había hogar
ahora hay promesas rotas
y demasiadas manos intentando sostener
esto que se está cayendo.
A veces quisiera cerrar las ventanas
para que nada de eso entrara,
pero el dolor conoce las rendijas.
Y, entonces, me pregunto:

¿Cuánto puede soportar una casa
antes de dejar de sentirse casa?
¿Cuánto puede cargar un corazón
antes de aprender a romperse en silencio?
Nadie ve las grietas
que aparecen cuando apago la luz.
Nadie escucha cómo estalla mi pecho
cuando recuerdo todas las puertas
que alguna vez estuvieron abiertas.
Pero sigo aquí
quizás eso sea lo único que puedo decir
sin que me tiemble la voz.
Sigo aquí
aunque la casa esté vacía,
aunque el viento atraviese sus habitaciones,
aunque haya nombres que ya no respondan y
ausencias que parezcan eternas.
Tal vez, algún día,
entre luz por estas ventanas.
Tal vez, alguien vuelva,
Tal vez, no…
Mientras tanto,
voy a encender una pequeña lámpara
en el centro de esta casa,
aunque nadie la vea
porque quizás el hogar
no sea el lugar donde nunca nos dejan solos,
sino un pequeño espacio dentro de nosotros
que, incluso después de haber perdido todo,
se niega a cerrarse.

***

Daniela Ledesma Raya
Curso el segundo semestre de la licenciatura en Ciencias Teológicas en la Universidad Iberoamericana. Mi formación se orienta al estudio riguroso de la tradición cristiana, el pensamiento teológico y el diálogo con la realidad contemporánea. Interesada en la relación entre fe, cultura e historia. Concibo la teología como un ejercicio intelectual que exige profundidad crítica y compromiso ético.

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