Texturas de algodón

by Fabiola Cabrera

Itzel Cabrera

Vi el Juego del Calamar, un tanto movida por las opiniones favorables que tuvo la serie. Creo que es la más vista en Netflix. Y sí, es una crítica interesante y compleja sobre el capitalismo atroz y deshumanizante que orilla a las personas a una especie de canibalismo por la sobrevivencia propia. Pero, al llegar al final también muestra una paradoja cruel en su clímax: “No somos caballos, somos humanos”, dice el protagonista, pero ¿Es realmente la dignidad humana una victoria si se construye sobre la indiferencia a las demás especies?

La serie inicia con el protagonista apostando en una carrera de caballos y este mismo personaje enuncia en su última aparición en pantalla: “No somos caballos, somos humanos” dejando claro su total desacuerdo con la premisa de los juegos de que el ser humano es “malo” e individualista por naturaleza y que de alguna forma, esto justifica un orden social jerarquizado. Así, a diferencia de los caballos por los que él mismo apostó en un inicio, la vida humana es supuestamente más compleja y no tendría que ser la diversión de quienes tienen el poder. Las personas que “deciden” jugar tienen muchas deudas, son inmigrantes que huyen de países más empobrecidos y así, con un sinfín de dificultades que les obligan a permanecer en escenarios de peligro brutal constante. Las personas “VIP” pagan por ver a esas personas empobrecidas morir y asesinarse entre ellas. Esto es moralmente cuestionable. Es realmente atroz. Sin embargo, la última frase del protagonista, quién cree ferozmente en que la naturaleza del ser humano puede ser la bondad y la solidaridad, “No somos caballos, somos humanos”, sigue dejando la misma premisa que parece confrontar: hay vidas que valen más que las otras, por ejemplo, la de los humanos es más valiosa que la de los caballos ¿La vida de los caballos puede existir para el entretenimiento y beneficio de otros?

En el juego del calamar las personas son tratadas como caballos corriendo en una pista, que van perdiendo la vida si no ganan, así no lo deseen. El juego espera de ellos, lo mismo que él esperó de los caballos. En una reseña de la serie, leí que lo que buscaba mostrar es que, como seres humanos, “No nacimos para que nos apuesten, nos controlen, nos usen. Y eso es lo que el creador quería mostrar”. Sin embargo, ¿Por qué si deseamos apostar y controlar a los caballos y a otras especies? ¿Por qué nuestra miopía cultural no nos permite salir un momento de nuestro egoísmo y cuestionar cómo tratamos a otros seres (humanos o animales) como simples objetos de entretenimiento o beneficio propio? Hemos instaurado un régimen de terror para los animales no humanos muy similar al de los VIP en el juego del calamar: los ponemos a sobrevivir a nuestras reglas, les despojamos de su esencia, nos burlamos de quiénes son y despreciamos sus formas de vida porque son distintas a la nuestra. No somos caballos, en efecto, porque si lo fuéramos no someteríamos a otras especies a jugar con nuestras reglas y a decidir quién muere y quién vive. Algo deberíamos aprender de series tan crudas como el Juego del Calamar de nuestro trato no sólo hacia los demás seres humanos, sino a los más que humanos, pero aún tenemos mucho que trabajar para mirar con claridad cuando el fuego no nos quema directamente.

Itzel Cabrera

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