por Diego Díaz
1. El primer teléfono sonó debajo de una mesa. Luego otro. Y otro. En menos de cinco minutos todo el salón veía la noticia. Un terreno a las afueras. Encontraron el cuerpo de un chico de 16 años, afirmaban. Estaba tapado con una sábana negra. Alcancé a ver sus tenis. Los reconocí.
Era clase de historia. Nadie prestaba atención. Viernes, calor, ventiladores inservibles. Afuera, el patio vibraba bajo el sol, seco y polvoso. La maestra pidió guardar los celulares; nadie le hizo caso. Yo tampoco. Desde hace dos años aparecían noticias parecidas. Una epidemia de suicidios. Algunos decían que era un virus; otros, una maldición. Miré la casa donde lo encontraron. La conocía. Había estado allí con él hacía unos meses para fumar y tomar las pastillas que le robé a mi mamá. Nuestro espacio para alejarnos de la mierda de este pueblo que no ofrecía nada.
2. Rafa tomó la decisión hace meses. Nunca me lo dijo, lo suponía. El ritual comenzó desde que conoció a Matías en el lago. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste feliz?, le preguntó. Rafa no supo qué responder. Su mejor momento fue cuando encontraron a su padre en el río tras una semana desaparecido: la piel aguada, ojos saltones y un collar de sangre en el cuello. Su madre le lloró hasta quedarse sin ganas. Intentó continuar. Terminó fija en el sofá, mirando la ventana. Quizá esperaba que regresara o recordaba las palizas que les ponía borracho.
3. La larva apareció dos días después. La descubrí en el baño, una cosa blanca y diminuta cerca del váter. Iba a aplastarla, pero algo me detuvo. Me miré el brazo. Vi otra larva. Después otra saliendo de mi última herida. Parecían buscar algo. Cayeron al suelo. Las dejé allí.
1. Recordé la hierba seca, la casa desordenada, el olor a tierra caliente. Su brazo cortado, su risa. Hacía una semana que estuve ahí; después dejó de contestar mensajes y llamadas. Fui a su casa, nadie abrió. Gael me dijo que tampoco sabía de él: A veces se pierde, ya regresará. Bloqué el teléfono. Salí del salón ignorando los gritos de la maestra. En el baño, le puse seguro a la puerta y me quité la sudadera. Silencio. Mis cicatrices dolían, frescas. El brazo izquierdo sangraba levemente. Saqué el cúter de la mochila, lo acerqué a la carne. Pensé en él.
2. La primera cita fue en la casa de los abuelos, una propiedad abandonada en el cerro donde murieron unos viejitos envenenados, abrazados en su cama. En el buró había una carta: para nuestro hijo Damián. Nadie reclamó los cuerpos; se fueron a la fosa común. La casa conservaba un comedor, sillas y cristales rotos. Les gustaba ir a fumar, prender velas y hablar de realidades paralelas o de lo triste que era estar en casa. En la habitación, a María le gustaba tocar las cicatrices de Rafa para olvidar las suyas. —Los viejos se apestaron rápido por el calor —dijo Rafa—. El sofá estaba negro de fluidos. Mi papá ayudó a cargarlos; decían que olían a perro muerto. —Al menos ya no aguantan a nadie —contestó María—. Mi jefa se pasa el día oliendo a rancio, mirándome como si fuera mi culpa que mi papá se fuera. Dan ganas de meterle pastillas en la sopa. —Todos en este pueblo están podridos —dijo Rafa—. Todos.
3. Las larvas volvieron en el escritorio. Larvas y gusanos. Ventana y puerta cerradas. Salían de mis heridas, convirtiéndose en gusanos. Agotada, consumida, pasaba los días. La televisión anunciaba dos suicidios más.
1. Al llegar, encontré a mi madre dormida en el sofá por las pastillas. Costumbre. Dejó de ser mi madre el día que mi papá se tiró del puente. En la tele repetían la imagen del agujero, el árbol, la entrada de la casa. El chico. Apagué el televisor. En la computadora entré al blog que Rafa me recomendó. Vi las marcas de mi papá, su cuerpo putrefacto y la soga en el puente. Cerré todo. Me dio rabia que Rafa no me dijera nada. Sentí un vacío. No era solo su destino; era el destino de todos nosotros.
2. Rafa decía que debía irse solo. Le reconfortaba que en la muerte estuviéramos juntos. Su papá le ordenó guardar el secreto para evitar que la maldición cayera sobre el pueblo. —Este pueblo ya está maldito —le decía María, harta de sus reclamos tras fumar—. Vete a la chingada. —Quizá allá sea más fresco y llueva —decía Rafa—. ¿Qué me espera aquí? Sufrimiento, desaparecidos y un chingo de calor. Ahora hasta el pueblo huele a mierda por lo que le ponen a la siembra; la gente se enferma. Deberías despertar a tu mamá y preguntarle por qué se mató tu papá, por qué aquí solo se mueren los morros y los rucos. Pregúntale por las cajas. María lo abrazaba: No quiero que te vayas. Rafa le daba un beso en la frente: Ya no aguanto.
3. Apareció una fisura mínima, una línea oscura en el capullo suspendido en la habitación. Algo se movió dentro. Un estremecimiento. La abertura se ensanchó desde dentro. Emergió una cabeza oscura, húmeda; luego patas delgadas. La criatura se retorcía. Cayó, colgando de un hilo invisible. Sus alas eran pliegues oscuros, húmedos. Inmóvil. Silencio. Las membranas comenzaron a desplegarse con lentitud vegetal bajo la presión de la sangre. Un leve crujido. La polilla, aferrada al cascarón vacío y arrugado, me observó. Agotada. Otras tres personas se suicidaron en el pueblo. Silencio.
1. Soñé con papá y el papá de Rafa en un hoyo. La gente pasaba sin verlos; salían polillas de los cuerpos de las mujeres y los niños. Mi papá tenía marcas en el cuello, cortadas y dos ladrillos en los pies. Al de Rafa se le llenaba la boca de capullos. Una mujer me dio una caja con fotos de mi padre, recortes, direcciones y una libreta. Vi a Rafa doblarse hacia atrás. Su espalda crujió. La piel se abrió, dos masas húmedas se desplegaron y una pelusa gris le cubrió el rostro mientras sus dientes repiqueteaban en el suelo. Sus ojos brillaban negros, fragmentados. Desperté con el brazo sangrando, las manos llenas de tierra y una polilla al lado.
2. Rafa abandonó el círculo oscuro. Con manos temblorosas, buscó la penumbra del techo y se entregó por completo a la gravedad. Silencio. Al dar el paso hacia el vacío, la tensión rajó su espalda de arriba a abajo. Desde la zanja sangrienta de su columna, dos masas oscuras comenzaron a inflarse. El polvo gris de sus alas cubrió el piso. Al amanecer seguía allí, reducido a una forma frágil, silenciosa y rota. Dejó una nota sobre la mesa. El blog se llenó de desconocidos escribiendo idioteces. Al pueblo no le importaba: era el tercero de junio, el número 30 del año.
3. La casa acumulaba humedad, hongos y ruidos de raspones tras las paredes. Una tarde encontré la caja en el armario de mamá y capullos en la ventana. Mamá dormía. No la tomé. Salí. Los capullos comenzaron a brotar de mis brazos.
4. Por la noche, María se levantó por agua. Oscuridad, hongos en las paredes y polillas inundando la casa. Su madre no estaba. En la mesa vio el sobre para ella y la caja. Al abrirla, de su brazo salió una polilla pequeña y oscura. Dolió. Cayó con un ruido húmedo y grasa gris. María revisó la libreta, tenía la letra de su padre. Notas, fechas, nombres de mujeres desaparecidas y una foto de su papá con el de Rafa en la casa de los abuelos. Silencio.
Abrió el sobre de su madre. La nota era corta, idéntica al texto que dejaron su padre, el de Rafa y los viejos envenenados. La misma herencia. Otra polilla salió de su brazo; ya no dolió, dejando un rastro de carne viva donde el bicho había comido músculo. La tierra bajo la casa comenzó a sacudirse. Salió al patio bajo el calor pegado a las láminas. Escarbó con las uñas rotas entre las raíces muertas y descubrió cientos de capullos moviéndose en la tierra apestosa. Los abrió. Las polillas invadieron el jardín, chocando contra su cara, metiéndose en su boca y pelo. Las heridas de los brazos se rajaron como carne ajada. María cayó sobre la tierra removida. Miró hacia la barda: Rafa estaba allí, con la espalda rota hacia atrás y patas delgadas saliendo de las costillas. María no intentó pararse. Tragó el polvo rancio y gris de los insectos mientras las larvas le masticaban los tendones de las muñecas. El suelo blando la jalaba. Dejó de oponer fuerza. Las polillas salieron en masa de las cicatrices y María se deshizo con ellas en la oscuridad.
A la mañana siguiente nadie habló de las polillas. El calor volvió temprano. El primer teléfono sonó debajo de una mesa.

Diego es (Guadalajara, Jalisco, 1988). Docente, investigador y comunicador.
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