por Alejandra Gotóo
CUANDO ALGUIEN sobrevive a una guerra, una enfermedad, un naufragio, una desaparición o una pérdida devastadora, solemos pedirle que nos cuente qué pasó.
Parecería una petición razonable. Buscamos comprender. Anhelamos conocer la verdad.
Sin embargo, rara vez nos conformamos con escuchar. También exigimos coherencia.
Esperamos una historia ordenada, inteligible, capaz de explicar no sólo los hechos, sino también su significado. Queremos que el sufrimiento produzca una explicación. Que la experiencia pueda traducirse en algo comprensible. Que los acontecimientos encajen dentro de categorías que reconocemos.
Mientras leía La vida de Pi, de Yann Martel, no podía dejar de pensar en esa exigencia.
Al final de la novela, dos investigadores japoneses entrevistan a Pi después del naufragio. No les basta con la historia del tigre, la hiena, la cebra y el orangután a la deriva en el Pacífico. Necesitan una versión que puedan verificar, explicar y finalmente archivar.
Pi les ofrece otra historia. Y lo interesante no es decidir cuál es cierta. Lo interesante es comprender que ambas cumplen funciones distintas.
Una historia explica lo que ocurrió. La otra explica cómo fue posible sobrevivirlo.
Podríamos pensar que el debate central de la novela consiste en determinar si Richard Parker existió o no. Pero esa discusión me parece secundaria. Lo verdaderamente inquietante es que la novela sugiere que hay historias que registran acontecimientos. Y hay historias que permiten seguir viviendo.
Puede que por eso me haya resultado tan atractivo que Pi practicara varias religiones al mismo tiempo. Hindú, cristiano y musulmán. La mayoría de las personas que lo rodeaban consideraba que debía elegir una sola. Él no entiende por qué. Honestamente, yo tampoco.
Su respuesta parece ingenua, pero encierra una pregunta profunda: ¿por qué asumimos que sólo puede existir una forma legítima de otorgar sentido al mundo?
Quizá porque nos tranquiliza, ya que la multiplicidad genera incertidumbre. Las historias incompatibles generan ansiedad. Preferimos una explicación única. Una verdad estable. Una historia que podamos reconocer inmediatamente como verdadera.
Sin embargo, la experiencia humana rara vez funciona así. Las personas convivimos con relatos contradictorios sobre nosotros mismos. Tenemos versiones distintas de nuestra infancia, de nuestros amores, de nuestras pérdidas y de nuestros logros. Algunas son más precisas. Algunas son más soportables.
Existe una tendencia a desconfiar de toda construcción narrativa. Como si reconocer que una historia es una fabricación implicara automáticamente que es falsa. Pero los seres humanos vivimos rodeados de significados construidos: las naciones, las religiones, las familias, las profesiones e incluso las identidades personales dependen, de relatos compartidos, de ficciones en cierta medida.
Que algo haya sido construido no significa necesariamente que carezca de realidad.
No me interesa preguntarme si la historia de Pi es verdadera, sino para qué sirve.
Hay historias que explican acontecimientos. Otras explican supervivencias.
Las primeras nos ayudan a comprender el mundo. Las segundas nos ayudan a permanecer en él. Tal vez la incomodidad que produce la novela proviene de que nos obliga a reconocer que ambas cosas no siempre coinciden.
Y que, en ocasiones, las personas que han sobrevivido no deben a otros una verdad perfectamente ordenada. Pueden ofrecernos, en cambio, la historia que les permitió seguir viviendo.
