¿Cuántos puentes de por medio? / Combien de ponts entre nous ?

by Yasmín

por Luis Arturo Basave

TODO SE DIO como tuvo que darse en el momento y en el lugar donde se dio. Conocí a Yasmín en las aulas de francés donde la verticalidad institucional que nos unía no era más que un preludio de la horizontalidad que hoy atraviesa nuestras existencias: de profesor a alumna, de amigo a maestra literaria y vital.

En realidad, yo ya había oído hablar de Yas por ahí del 2011. No por su nombre sino por la descripción de esa chica que llegaba a estudiar letras españolas con las inglesas aún impregnadas en la piel. Era una presencia que suscitaba la curiosidad lingüística (y tal vez de otra índole) de alguien más que conocía y la conocía. Luego, el encuentro real sucedió en un intersticio xalapeño, cinco años más tarde y cuando me preparaba para habitar una de las más arduas épocas de mi vida. Nos volvimos a ver seis meses después, al otro lado del Atlántico. La recuerdo llegar en un día gélido y ventoso de enero de 2017 a un París desolador y, para mí, hostil. Yo tenía los ánimos hechos trizas por la inclemencia de la ciudad; ella exudaba la alegría de haber llegado a este lado del mundo. Desde entonces, nuestros sinos se han cruzado en estos y otros mares; nuestras vidas se han acompañado en las pérdidas, los cuestionamientos, los consejos, los desacuerdos y las risas.

Nos hemos visto allá, en Xalapa; acullá, en Tijuana; allí en Nantes y aquí en París, en dos momentos. Evoco la primera vez en la capital francesa con cautela, tratando de no desenterrar demasiado el recuerdo para que no se me vengan encima los súcubos que lo custodian. Prefiero enfocarme en esta segunda ocasión en que coincidimos ahora, cubriendo la vivencia con un aura cálida. Justicia poética, parecen llamarle. París, mayo de 2026; los días 25, 26 y 27, para ser exactos.

Esta vez la ciudad nos recibía con un sol abrasador y un transporte público colapsado por las obras que me hizo penar para llegar a la cita. Pero estábamos felices: la vida nos había colocado en lugares menos ariscos y nos reunía en un sitio del que ya estábamos curados de espanto. A Yasmín la trajo un titánico congreso de estudios literarios; a mí, un tren de vagones Corail tradicionales que tardó más tiempo en cruzar Francia de sur a norte que el vuelo de Yas desde Nueva York. Pero también me trajo la voluntad de reencontrarla, pues la última vez que nos vimos nos remontaba a dos años atrás, allá donde dicen que empieza la patria (y donde termina para tantxs otrxs).

Hallarnos en París no solo se tradujo en el abrazo fraternal o en el encuentro fortuito del bar al que fuimos en varias ocasiones y modalidades; supuso también nuevos momentos de complicidad. Como cuando me prestó su gafete para infiltrarme como un académico más entre los pasillos y paneles de aquel congreso tan gringo y tan costoso. O, sobre todo, cuando con la firme convicción de remar a contracorriente de la solemnidad de tal evento –donde el conocimiento parece un estandarte de poder y no un espacio de intercambio– para presentar el volumen 1 de Isotopías. Gracias a la amiga de la amiga de una amiga, encontramos un bar gestionado por una colectividad racializada en un barrio donde la diversidad corporal es identidad y el turismo de masas no logra invadir ni contaminar. Bajo el título “¿Con un océano de por medio?”, el encuentro se configuró no solo como una lectura de textos, sino como una cartografía de esas patrias portátiles que nacen alrededor de las revistas y los fanzines. Se habló de la edición independiente y de los puentes idiomáticos; de todo aquello que, tercamente, insiste en enlazarnos cuando la geografía impone el abismo. El debate abrió con una interrogante: si los puentes realmente unen o si, por el contrario, nos recuerdan la distancia; si la otra orilla es una promesa al alcance de la mano o la confirmación definitiva de una escisión. 

La charla fluyó con naturalidad. Yasmín habló de su vida, de su encuentro y desencuentro con las letras en la Universidad Veracruzana, y de las frustraciones y desdenes que, junto con Itzel, las empujaron a darle rienda a la página electrónica y, después, a la impresión. Habló de lo que significa poner el cuerpo para hacer cuerpo: cargar el papel de una frontera a la otra para volver con páginas impresas, con la materialidad del pensamiento y del sentir encarnados. Todo esto sin esquivar los embates que acompañan a la absurda aduana. Habló de escribir y vivir entre dos lenguas, de lo que se pierde y se gana en el pasaje de la traducción, y de las más de doscientas voces que se entretejen en la antología. 

Luego leímos un poco de lo mucho que traemos a cuestas: yo, un fragmento de mi crónica publicada en tal número; ella, un poema de Itzel para hacerla presente con sus versos. Intercambiamos ideas, enigmas y sonrisas con la gente que recién conocíamos y que nos recibía con una escucha atenta. Disentimos con ciertas réplicas, porque sería ingenuo esperar que un discurso que exuda lucha y política pase desapercibido o resulte estéril. También hubo consejos alentadores, abrazos sinceros y miradas entrañables. Lo que no hubo fueron suficientes revistas para vender ni suficientes horas para prolongar las pláticas. Pero aun así la satisfacción fue inconmensurable, esperanzadora.

Los puentes, lo sé, se inventaron para soldar las distancias, aunque también se alcen como muros para negarle el paso a otrxs. Aun así, yo elijo el puente como un punto de contacto, un pulso vital, un vaivén. Un abrazo es un puente que resiste. Un relato es un puente que conecta. Y una persona es una constelación de ellos. Mi amistad con Yasmín es uno de esos puentes indestructibles: ¿cuántas uniones más seguirá forjando en el futuro? ¡Qué ganas de seguir sabiéndolo!   


COMBIEN DE PONTS ENTRE NOUS ?

TOUT S’EST DÉROULÉ comme cela devait se dérouler, au moment et à l’endroit où cela devait arriver. J’ai rencontré Yasmín dans les salles de cours de français, où la verticalité institutionnelle qui nous liait n’était que le prélude à l’horizontalité qui traverse aujourd’hui nos existences : de professeur à étudiante, d’ami à mentore littéraire et vitale.

En effet, j’avais déjà entendu parler de Yas vers 2011. Non pas par son nom, mais à travers la description de cette jeune femme qui venait étudier les lettres espagnoles, les lettres anglaises encore imprimées sur sa peau. Sa présence éveillait une curiosité linguistique (et peut-être d’un autre ordre) chez quelqu’un que je connaissais et qui la connaissait également. Plus tard, la véritable rencontre a eu lieu dans un interstice à Xalapa, cinq ans plus tard, alors que je me préparais à traverser l’une des périodes les plus dures de ma vie. Je me souviens de son arrivée, lors d’une journée glaciale et venteuse de janvier 2017, dans un Paris désolant et, pour moi, hostile. J’avais le moral en miettes à cause de l’âpreté de la ville ; elle rayonnait de la joie d’être arrivée de ce côté du monde. Depuis lors, nos destins se sont croisés sur ces mers et sur d’autres ; nous nous sommes accompagnés dans les deuils, les questionnements, les conseils, les désaccords et les éclats de rire.

Nous nous sommes vus là-bas, à Xalapa ; plus loin, à Tijuana ; puis près, à Nantes et ici à Paris, à deux reprises. J’évoque la première fois dans la capitale française avec une certaine prudence, en essayant de ne pas trop déterrer le souvenir pour que les succubes qui le gardent ne me tombent pas dessus. Je préfère me concentrer sur cette seconde rencontre, aujourd’hui, en enveloppant cette expérience d’une aura chaleureuse. On appelle cela, semble-t-il, la justice poétique. Paris, mai 2026 ; les 25, 26 et 27, pour être précis.

Cette fois, la ville nous accueillait avec un soleil de plomb et des transports en commun paralysés par les travaux, ce qui m’a fait ramer pour arriver au rendez-vous. Mais nous étions heureux : la vie nous avait placés dans des endroits moins néfastes et nous réunissait dans un lieu qui ne nous effrayait plus. Yasmín était venue pour un congrès titanesque d’études littéraires ; moi, j’étais arrivé à bord d’un train composé de voitures Corail traditionnelles, qui avait mis plus de temps à traverser la France du sud au nord que le vol de Yas depuis New York. Mais j’étais aussi porté par la volonté de la retrouver, car notre dernière rencontre remontait à deux ans ; là où, dit-on, commence la patrie (et où elle se termine pour tant d’autres).

Se retrouver à Paris ne s’est pas seulement traduit par une étreinte fraternelle ou par la retrouvaille fortuite du bar où nous sommes allés à plusieurs reprises et sous différentes formes ; cela a aussi ouvert la voie à de nouveaux instants de complicité. Comme lorsqu’elle m’a prêté son badge pour que je m’infiltre parmi les couloirs et les panels de ce congrès si gringo et si coûteux. Ou surtout lorsqu’avec la ferme conviction de ramer à contre-courant du caractère solennel de cet événement — où le savoir semble davantage un étendard de pouvoir qu’un espace d’échange —, nous avons présenté le premier volume d’Isotopías. Grâce à l’amie de l’amie d’une amie, nous avons déniché un bar géré par un collectif racisé, dans un quartier où la diversité des corps fait office d’identité et où le tourisme de masse ne parvient ni à envahir ni à contaminer l’espace. 

Sous le titre « Avec un océan entre nous ? », la rencontre s’est construite non seulement comme une lecture de textes, mais aussi comme une cartographie de ces patries portatives naissant autour des revues et des fanzines. On y a parlé d’édition indépendante et de ponts linguistiques ; de tout ce qui, obstinément, continue de nous relier alors même que la géographie impose l’abîme. Le débat s’est ouvert sur une interrogation : les ponts unissent-ils réellement ou, au contraire, nous rappellent-ils la distance ? L’autre rive est-elle une promesse à portée de main ou la confirmation définitive d’une rupture ?

La discussion a coulé naturellement. Yasmín a parlé de sa vie, de sa rencontre puis de son éloignement des lettres à l’Université de Veracruz, ainsi que des frustrations et du mépris qui, avec Itzel, les ont conduites à lancer d’abord une page électronique, puis une revue imprimée. Elle a parlé de ce que signifie engager son corps pour faire corps : transporter du papier d’une frontière à l’autre pour revenir avec des pages imprimées, avec la matérialité incarnée de la pensée et du ressenti. Et cela sans esquiver les épreuves imposées par l’absurdité des contrôles douaniers. Elle a parlé d’écrire et de vivre entre deux langues, de ce qui se perd et se gagne dans le passage de la traduction, et des plus de deux cents voix qui s’entrelacent dans l’anthologie.

Ensuite, nous avons lu un peu de tout ce que nous portons sur nos épaules : moi, un fragment de la chronique publiée dans ce numéro ; elle, un poème d’Itzel afin de la rendre présente à travers ses vers. Nous avons échangé des idées, des énigmes et des sourires avec des personnes que nous venions tout juste de rencontrer et qui nous accueillaient avec une écoute attentive. Nous avons divergé sur certaines réponses, car il serait naïf d’attendre qu’un discours imprégné de lutte et de politique passe inaperçu ou demeure stérile. Nous avons également reçu des conseils encourageants, des étreintes sincères et des regards empreints d’affection. Ce qui a manqué, en revanche, ce sont des revues en quantité suffisante pour les vendre et des heures supplémentaires pour prolonger les conversations. Malgré cela, la satisfaction s’est avérée immense et porteuse d’espoir.

Je le sais : les ponts ont été inventés pour abolir les distances, quoiqu’ils puissent aussi se dresser comme des murs pour refuser le passage à d’autres. Pourtant, je choisis de voir dans le pont un point de contact, une pulsation vitale, un mouvement d’aller-retour. Une accolade est un pont qui résiste. Un récit est un pont qui connecte. Et une personne est une constellation de ponts. Mon amitié avec Yasmín est l’un de ces ponts indestructibles : combien d’autres unions continuera-t-elle à forger à l’avenir ? Qu’il me tarde de continuer à le découvrir !


Luis

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