DIALECTOS LITERARIOS

by Yasmín

El evangelio según Gabo

Gabriel José García Márquez. Gabo, para los cercanos. Nos hicimos amigos en San Pablo, en Brasil, en mi cuarto de paredes rosadas. Yo tenía 13 años, él ya estaba muerto.

En mi defensa, la vida se vuelve bastante aburrida a los 13 años si una no tiene amigos vivos, y pocos de esos amigos pueden contar una escena de sexo como las que me contó el Gabo aquel invierno. Él no conocía a la familia que yo había dejado en Caracas, por supuesto, y sin embargo me contó todas nuestras historias en ese ejemplar manchado de “Cien años de soledad” que saqué de la biblioteca de mi mamá.

“Cuando el coronel Aureliano Buendía se encontraba frente al pelotón de fusilamiento, recordó el día que conoció al hielo”, las primeras dos líneas del ejemplar me empujaron a un trance que duró 48 frenéticas horas, acostada en mi cama pegada a la pared, y parando solo cuando mi mamá me llamaba a comer, y repetía en la mesa “Marina se está leyendo Cien años de soledad” con una sonrisa orgullosa. Nunca me atreví a decirle que la gran hazaña de la que tanto se jactaba no era producto de una mente erudita sino de un aburrimiento indescriptible, la verdad es que si hubiésemos tenido televisión, probablemente nunca hubiese tocado un libro con un nombre tan raro.

Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra: nunca entendí del todo qué podía significar esa frase, lo único que me importaba del libro es que Úrsula me hacía acordar a mi abuela, que Amaranta, Rebeca y Remedios me hacían acordar a mí, y que Macondo tenía un parecido muy raro con los pueblos costeros en los que nos quedábamos cuando íbamos a la playa.

El aburrimiento me llevó a leer también ese año “El amor en los tiempos del cólera”, “El coronel no tiene quien le escriba”, dos veces más “Cien años de soledad”, y a ver el DVD del recital de Hannah Montana unas 3 veces por semana, cuando mi mamá me dejaba usar la computadora. Ahora que lo pienso, las casualidades de mi vida estuvieron marcadas por ese aburrimiento. Alrededor de los 16, de regreso en Caracas, me encontré con una crónica de Gabo sobre mi ciudad, lo que me llevó a querer leer muchos de sus trabajos periodísticos, y a escoger esa carrera a los 18, cuando me inscribí en la universidad.

Ya en Buenos Aires, alrededor de los 25, cuando descubrí todas mis contradicciones políticas, aprendí a valorar las suyas, y así me convertí en evangelista del Gabo, repartiendo su palabra para todo el que quiera escucharme y regocijarse en sus letras.

*

La vida empieza a los 40

Tengo una confesión para hacer, cometí uno de los grandes pecados capitales de cualquier lector: vi la película antes de leer el libro. Una regla autoimpuesta desde hace muchos años que no rompí nunca hasta que me encontré con la tentación irresistible de las películas de época: mis favoritas de cualquier género.

No me salió tan mal, si bien la película está claramente endulzada y su narrativa hollywoodense dista mucho de la densidad de las complicaciones psicológicas de los autores rusos, es una versión “light” que, como diría mi abuela: “pasa colada”.

La película me llevó a buscar el rush de una historia de amor, de adulterio y de suicidio, pero me encontré leyendo también sobre los pormenores de la vida agrícola en la Rusia de 1870, lo que alimentó una fascinación por ese país que ya existía desde que vi la película de Disney de Anastasia Romanov.

Sin embargo, tengo una deuda pendiente con este libro: la relectura. Jung decía que la vida empieza realmente a los 40, y en ese orden de ideas creo que hay varios libros que uno debería leer o releer cuando ha comprendido mejor las complejidades de vivir, entre ellos Ana Karenina. Después de todo, es difícil entender los dilemas morales de la política, la economía, y las diferencias sociales cuando uno solo está buscando la morbosidad del suicidio.

Quizás eso de que la vida empieza realmente a los 40, explica las mañas de algunos autores de usar alguna trama como excusa para retratar las reflexiones que siempre quisieron plasmar, y no supieron dónde. Como Tólstoi con sus idas y vueltas sobre la economía rusa o Victor Hugo, narrando el sistema de alcantarillado en París en Los Miserables.

Mi meta es releer Ana Karenina antes de pisar los 30, y releerla nuevamente antes de llegar a los 50, a lo mejor para ese entonces estaré escribiendo sobre los acueductos de Buenos Aires en alguna novela rosa.




Marina Hernández nació en Caracas, Venezuela, el 30 de octubre de 1997 y reside actualmente en Buenos Aires. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación y autora de Los hijos de la revolución.

Actualmente se dedica a escribir poesía, cuentos y artículos periodísticos.

Foto de Yasmín Rojas

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