HACE UNOS MESES escribí un texto titulado Un perro sin criterio botánico. Nació de una queja vecinal: alguien aseguraba que la orina de los perros estaba “matando los árboles”. Más allá de la discusión científica —que siempre tiene matices— lo que me interesó fue otra cosa: la facilidad con la que señalamos a lo vivo como problema mientras ignoramos las estructuras que realmente deterioran la ciudad.
Hoy la conversación vuelve, ahora con llamados a sancionar a quienes caminan con sus perros sin correa en parques como el Hundido, San Lorenzo, Arboledas, Tlacoquemécatl o el Parque de los Venados. El argumento parece simple: los perros dañan las áreas verdes y ponen en riesgo la convivencia. Pero quizá conviene detenernos un momento y preguntar algo más incómodo: ¿de qué áreas verdes hablamos exactamente? ¿Y qué tipo de ciudad queremos construir cuando la primera reacción es exigir castigo?
El pasto que nunca estuvo ahí
En Benito Juárez casi no hay pasto. No en el sentido idealizado que imaginan quienes comparan la ciudad con parques europeos. Lo que tenemos son jardineras con plantas resistentes, tierra compactada, zonas secas que sobreviven entre temporadas de lluvia y mantenimiento irregular. Decir que los perros están destruyendo un paisaje verde que rara vez ha existido es construir una nostalgia urbana que no corresponde con la realidad material del espacio.
Los parques de la zona conviven con ardillas, ratas, palomas, basura humana y suelos erosionados. Son ecosistemas urbanos complejos.
Sin embargo, uno de los relatos repetidos por vecinos insiste en que el deterioro comienza cuando un perro corre libre. Y junto con esa sospecha aparece otra palabra: “dueños”, como si la vida pudiera poseerse.
La ciudad que prefiere sancionar antes que pensar
Hay algo profundamente revelador en el deseo constante de regularlo todo. La correa se vuelve símbolo moral, más que herramienta de cuidado. Como si la convivencia urbana pudiera resolverse mediante multas en lugar de infraestructura digna y acuerdos colectivos.
Las áreas caninas del Parque Hundido o del Parque San Lorenzo son un ejemplo claro: espacios con polvo excesivo, sin bebederos, con pocos botes de basura y sin sistemas de doble puerta que garanticen seguridad cuando entran varios animales. No son zonas pensadas desde el bienestar, sino desde la contención. Y aun así se exige que todo perro permanezca ahí, incluso cuando esos lugares no responden a sus necesidades físicas ni a la realidad de quienes los usan.
Antes de pedir sanciones, quizá deberíamos preguntarnos por qué los espacios designados para perros no siempre son utilizados por los humanos con animales. No se trata de una desobediencia sistemática, simplemente es el reflejo de que éstas son áreas mal diseñadas que priorizan la idea de control sobre la experiencia compartida del parque.
El problema no es el perro: es la incomodidad con lo vivo
Mientras leo los comentarios vecinales, mi perro duerme con las patas abiertas, ajeno a la idea de ‘sanción’.
Pienso en algo que incomoda a muchos vecinos: nunca hemos habitado la ciudad solos. Siempre ha sido un territorio compartido, aunque insistamos en fingir lo contrario. Autoras como Donna Haraway hablan de compañeros de especie para describir cómo nuestras ciudades están hechas de relaciones entre humanos y otros animales. No vivimos solos. Nunca lo hemos hecho.
Aceptar esa convivencia implica aceptar también cierta pérdida de control. Un perro que corre, un niño que grita, una mujer que ríe muy fuerte, una rata que atraviesa el sendero: todos introducen imprevisibilidad en el espacio público. Y esa imprevisibilidad incomoda.
Tal vez por eso el discurso vecinal se concentra en la orina, en las huellas, en el movimiento libre: porque recuerdan que la ciudad sigue siendo un territorio vivo y no un escenario perfectamente domesticado.
Parques sucios: una verdad selectiva
Quien camine por cualquiera de estos parques encontrará vasos desechables, restos de comida, muchas colillas de cigarro, envolturas olvidadas. Verá humanos atravesando jardineras, arrancando flores o dejando basura tras un picnic improvisado. Sin embargo, esas acciones rara vez se narran como “destrucción de áreas verdes”.
El señalamiento suele dirigirse hacia el animal que no tiene voz pública.
Habitar la ciudad también implica cuidado: recoger heces, leer las señales de un animal, cuidar la convivencia. Reducir el deterioro urbano a la presencia de perros sueltos simplifica una realidad mucho más compleja.
Hacer ciudad sin domesticarlo todo
En Un perro sin criterio botánico escribí que quizá algún día podamos hacer ciudad como hacen los perros: con presencia, con cuerpo, sin pedir disculpas por estar vivos. Hoy lo sostengo con más claridad.
Una ciudad verdaderamente habitable no es aquella que elimina todo conflicto mediante sanciones, sino la que aprende a convivir con la fricción. Donde las reglas existen, sí, pero no sustituyen la imaginación colectiva ni la responsabilidad compartida.
Sospecho que el problema nunca fue la correa. Tal vez el problema sea nuestra dificultad para aceptar que el espacio público no nos pertenece en exclusiva. Que las ciudades no son únicamente humanas. Y quizá la calidad de vida no se construya desde el castigo, sino desde la posibilidad —siempre imperfecta— de compartir territorio con aquello que respira, se mueve y nos recuerda que seguimos siendo parte de lo vivo.

Alejandra Gotóo (Ciudad de México, 1991) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas por la FFyL, de la UNAM. Después se aventuró a la maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Colombia y Croacia, entre otros. En proyectos recientes ha explorado las intersecciones entre las experiencias de profesionales de la salud durante la pandemia de COVID-19. Realizó su investigación de posgrado sobre las vidas en la primera línea de batalla contra el virus. Su anhelo actual son las experiencias compartidas; las comprensiones mutuas. Durante sus elucubraciones encontró algo que antes no había logrado sentir de este modo, los cuerpos humanos, animales, y los espacios se entrelazan de una manera que podríamos sintetizar con la palabra paradoja. Ama a su perro peludo, el mathrock y el juguito de las satsumas.
