Aquella Noche de Castigo 

by Yasmín
Ilustración de Rogelio Rochin Arroyo

por Rogelio Rochin Arroyo 

“Elegí por los dos, sin saber que estaba eligiendo perderte.” 

Inconsciente mi psique —o fingiendo estarlo— dejé que la noche me pensara. El nubarrón era gris, pero no arriba: estaba dentro. Latía conmigo. 

Tac… tac… tac… 

No supe si era el corazón o ese pájaro que, invisible, picoteaba mis remordimientos. 

Me cubrían sábanas de espuma. El sábulo, áspero, se abría paso como un recuerdo mal dicho, metiéndose en todo lo que quise callar. No dolía en la piel. Dolía en la versión de mí que no dije a tiempo. 

El faro dormía. O fingía. 

El mar no. 

Las olas venían como manos que sabían mi nombre. Me rozaban, me acicalaban, suaves al inicio, intensas después, como si buscaran abrir el rojo río de mis venas sin cesar. Y mis ojos —clavados, inútiles— en el lloroso ascenso del resplandor. 

—Oh Dios… 

Lo dije con los luceros hinchados, pero no miraba al cielo. Miraba adentro, donde ya empezaba a amanecer de ese color anaranjado que arde sin calentar. 

Y entonces ella. 

No llegó: se reveló. 

Primero el calor donde no debía haberlo. 

Luego el peso ligero. 

Después, el mundo acomodándose para que cupiera en mis brazos. 

Y su cabello —lo supe sin tocarlo— era fuego en invierno. 

No iluminaba la noche: la contradecía. 

Cálido y helado a la vez, como una promesa que quema cuando intentas cumplirla tarde. No dije su nombre.

Nunca lo digo cuando aparece así. 

La abracé. 

Error antiguo, repetido con precisión. 

Porque el recuerdo no aprende: calca. 

Su forma estaba… pero no del todo. Había huecos donde antes había latido. Un bandullo en el vacío, una deuda en la respiración. Como si el pasado la hubiese devuelto incompleta para que yo completara el castigo. 

—Quédate… 

No era para ella. 

Era para el segundo antes de perderla. 

El cielo tornó negro —ahora sí— como si alguien hubiese decidido cerrar los párpados del mundo. Y entonces lloró. No lluvia: restos. 

Cada gota era un poco de mí. 

Cada lágrima, un viaje a lo que hice y a lo que no. 

Los destellos desgarraban la costa con esa paciencia de quien sabe que no necesitas un golpe final: necesitas muchos pequeños. 

El faro crujió. 

Despertó. 

Y habló. 

No con voz, sino con una grieta que se abrió en su luz. De ahí salió un sonido torcido, una sílaba que no pertenecía a nadie y a todos a la vez. La oí como se oyen las cosas cuando ya estás demasiado adentro. 

—… 

No la repito. Si la nombro, vuelve a empezar. 

La apreté más fuerte. 

Y entonces su cabello —fuego en invierno— se convirtió en cuerdas. No la ataban: me afinaban. Cada hebra tensándose hasta dar una nota, y cada nota señalando exactamente dónde había fallado. 

El mar subió. 

O yo bajé.

Da igual. 

La línea entre la costa y mi cuerpo se volvió una sola cosa. La espuma se metió en mi boca como una palabra que no supe decirle. El pájaro —ese— marcó el ritmo. 

Tac. 

Tac. 

Tac. 

Ella empezó a irse. 

No de golpe. Nunca de golpe. 

Lento. 

Inevitable. 

Como la vez que sí fue real. 

Intenté sostenerla con los brazos, con la voz, con la culpa. Nada funciona contra lo que ya ocurrió. 

El faro volvió a crujir, satisfecho, como si hubiese estado esperando este punto exacto del relato para asentir. 

Y entendí. 

No la estaba perdiendo otra vez. 

Estaba pagando la precisión con la que la perdí. 

La lluvia no cesaba. El cielo seguía deshaciéndose en mí. El mar hablaba cada vez más fuerte, y cada palabra era mía, devuelta sin perdón. 

Me quedé con lo último: el calor imposible de su cabello, fuego en invierno, extinguiéndose sin apagarse. 

—Oh Dios… 

Esta vez no era súplica. Era diagnóstico. 

Porque no había nadie arriba. 

El juicio no venía del cielo. 

Venía de la repetición. 

Yo era la tormenta. 

Yo el faro que finge dormir.

Yo el pájaro que cuenta. 

Y cuando por fin ya no quedó nada que abrazar, supe con una claridad que no consuela: No estaba en la costa. 

No estaba en el recuerdo. 

No estaba en la noche. 

Estaba donde siempre. 

En lo que hice. 

En lo que no hice. 

En lo que perdí. 

—…en el averno ando yo.


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