por Yasmín Rojas
Alejandra Gotóo, El amor está en otra parte, Trillas, Ciudad de Mexico, 2025,[pp.176.
Alejandra Gotóo, narradora formada en literatura inglesa y antropología social, es una de las ganadoras del certamen de cuento nacional de Escritoras Mexicanas, convocado por Bitácora 52 y Escritoras Mexicanas cada 8 de marzo. Fue ahí donde la conocí, primero mediante correos electrónicos y luego en las páginas de la Octava Antología de Escritoras Mexicanas, donde ambas celebramos la fortuna de ser elegidas para publicación. Su cuento premiado, “Madre primeriza” —la historia de una madre que no desea ser madre—, forma parte de El amor está en otra parte, volumen que reúne treinta y cinco cuentos y una noveleta, y que el pasado 10 de abril tuve la oportunidad de presentar junto a la autora en la Cafeteoría de Ediciones Caradura, ahí donde empieza la patria: Tijuana.
No había visto a Alejandra desde la primera presentación de La Antología de Isotopías vol. 1 en Ensenada, Baja California, donde un comensal comentó algo así como “qué sórdida Tijuana, pero qué clima”. La frase, sin proponérselo, describe también este libro: sórdido, pero hermoso.
El volumen tiene una propuesta que no anuncia en voz alta, pero que sostiene cada uno de sus textos: el amor, tal como nos lo vendieron, no existe. El amor de película, el amor de postal, el amor que “completa”, Gotóo lo desarma pieza por pieza y en su lugar coloca otra cosa: un amor más incómodo y más real, que a veces es violencia, a veces silencio, a veces soledad. Conviene detenerse en el título, pues no afirma que el amor no exista ni que esté aquí: dice que está en otra parte. Existe, pero no donde se le busca. Y esa es, en suma, la apuesta del libro: encontrar el amor en los lugares duros que normalmente no miramos: el amor familiar, el amor entre amigas, el amor queer, el espiritual, el que se profesa a los animales y a los muertos, el que se disfraza de odio, el que duele más que su ausencia. En estas páginas, el dolor de perder a una amiga por enfermedad convive con el de una ruptura; la violencia familiar, con el romance adolescente. Todo tiene el mismo peso.
Algunos cuentos ilustran bien este registro. En “Sabía que teníamos que matarlo”, una mujer sacrifica con una piedra a un perro con la pata desgarrada, en una carretera lejos de todo, sin veterinario ni manera de salvarlo. El cuento no termina en el acto: termina años después, cuando ella sigue caminando de pueblo en pueblo y, cada vez que el mundo guarda silencio, escucha adentro de su cabeza el crujido de esos huesos. Es un relato sobre el peso que cargamos cuando hacemos lo correcto, porque a veces hacer lo correcto duele más que equivocarse.
En “De espejos y reflejos”, uno de los más hermosos del conjunto, una madre se convierte en dinosaurio, así, sin aviso, al pie de la escalera de la casa. No se trata de una alegoría progresiva: sucede. Años después, la hija adulta se mira al espejo y concluye: “Al menos puedo pensar en mamá cuando veo mi reflejo en el espejo. Tengo sus ojos” (p. 10). Todas y todos tenemos un rasgo: una ceja, una forma de reír, unos ojos, heredado de alguien que ya no está; Gotóo le puso un dinosaurio encima a esa sensación y la hizo inolvidable.
“Kira Lilith”, de apenas tres páginas, presenta a un viudo que contrata a una médium para hablar con su esposa muerta. La invocación falla y la médium, para consolarlo, le dice que tuvo suerte de que su esposa muriera en casa, porque en los hospitales los enfermos no mueren cómodos, rodeados de familiares, sino que se confunden aún más.
En “Infancia de silencio” se advierte el talento de la autora para nombrar a sus personajes. Un niño regresa emocionado de un viaje con su madre, vieron Lilo y Stitch en el cine, y el padre, llamado Amador, le reclama a la esposa haber llevado al niño a ver “cosas de maricones”. El cuento cierra con el niño yéndose a dormir sin cenar. No pasa nada más; no hace falta. En cinco páginas, Gotóo escribe uno de los relatos más devastadores que he leído sobre cómo se aprende el miedo en la infancia.
“Gatos de ojos grises” narra la historia de una mujer que creía felices a sus padres hasta el día en que el padre amenazó de muerte a la madre por teléfono. Años después, la narradora reconoce las mismas señales en su propia pareja y toma una decisión. El cuento se sostiene sobre un detalle que aparece casi al pasar —un gato— y que, sin embargo, lo contiene todo.
Por último, “Eso que se llama amor” es acaso el único cuento con algo parecido a un final feliz, aunque “feliz” no sea la palabra exacta. Un hombre enamorado de su mejor amiga desde los cuatro años la rescata de un matrimonio violento, le compra una casa, le ofrece todo; ella regresa con el ex. Él, en lugar de hundirse, habita la casa solo: llena los cuartos de libros, convierte las habitaciones que iban a ser de los niños en un gimnasio y un sauna, y se compra un piano de cola, porque siempre quiso tocar el piano. Termina solo, pero tranquilo. A veces el amor no correspondido no destruye: devuelve a uno a sí mismo.
Podría seguir, está “Chela”, está “Una mujer silente”, está “Al sur de la frontera”, pero prefiero que el lector los descubra. Vale, en cambio, una advertencia honesta: este libro no es complaciente. Hay violencia, abuso y muerte. La propia autora lo reconoce: “es un libro que te va a incomodar”. Y tiene razón.
Ahora bien, el cómo es lo que convierte al volumen en algo especial. La doble formación de Gotóo, que de entrada parece no tener relación alguna, cobra todo el sentido al leerla: escribe con la minuciosidad de quien ha sido entrenada para observar, como si pudiera sentarse en una mesa de Caradura y registrar a la gente que mueve las manos cuando miente, qué hace con la servilleta cuando está nerviosa, cómo guarda silencio cuando algo le duele. Varios de sus textos retratan a mujeres que aguantan y que un día encuentran la forma de irse; más tarde supe que Alejandra escribe desde un lugar que conoce. Su prosa, además, es concisa, y concisa no significa que escriba poco: significa que escribe exactamente lo necesario. Cada palabra tiene un trabajo y, si no lo cumple, la quita. Sus cuentos son breves, pero cada uno deja una imagen clavada: el crujido de los huesos, la madre dinosaurio al pie de la escalera, el niño que se va a dormir sin cenar, el piano de cola en la casa vacía. Se nota también que hay textos escritos hace casi una década junto a otros muy recientes: hay cuentos ya cicatrizados, contados con la calma de quien procesó el dolor, y otros que todavía queman.
Vivimos un momento extraño para hablar de amor. Las redes nos enseñaron a publicarlo antes de sentirlo; las aplicaciones convirtieron a las personas en un catálogo, y, al mismo tiempo, estamos más solas y solos que nunca. Este libro tiene algo valioso para ese momento, porque recuerda que el amor no es un producto ni una meta ni un check en la lista de la vida adulta, sino algo que habita los lugares que no miramos. Alejandra dice algo con lo que me quiero quedar: “La literatura puede salvar vidas. No como un médico. Pero mucha gente se queda en este mundo por algo que leyó”. Creo que El amor está en otra parte, con todo lo duro y lo incómodo que tiene, es uno de esos libros por los que alguien se va a quedar un poquito más.

