Las nubes no tramitan visas para cruzar fronteras

by Yasmín

por Priscilla Ramírez-Muro

—Estamos a diez kilómetros de altura— dijo el piloto. Mis piernas acalambradas cuentan los segundos para llegar al destino. Mi mente, al contrario, deambula inquieta de nube en nube. El punto A, el origen, la partida, era insostenible; el punto B, el destino, aún misterio. Ser migrante es de esas experiencias resquebrajantes, la decisión de quedarse o irse de un lugar nunca es completamente propia. Las nubes con sus personalidades esponjosas crean ilusiones de castillos y cojines exquisitos, de un confort indescriptible, que al tacto nos decepcionaríamos con su suavidad ficticia.

De pronto la nube nos engulle y comienza a desbalancearse el avión. Nos sacude tremendamente, un empedrado aéreo. Por unos minutos, ricos o pobres, solos o acompañados, por trabajo, recreación o necesidad, a todos los que estamos sentados en esta nave nos recorre la misma pregunta ¿y si se cae? Un par de jalones que a pesar de mis kilómetros aeronáuticos nunca he sentido con tal furia jamás.

Ir, ir, ir.
Nunca echar raíces.
No encontrar trabajo, visa, seguridad, satisfacción, estabilidad.
Moverse, porque la esperanza es eterna.
Estabilizarse, pero nunca por mucho tiempo.

Estabilidad, que no ha logrado encontrar este avión y el pánico es contundente. Niños lloran, señoras rezan, los sobrecargos piden calma.

Mi mente encuentra silencio observando a las personas a mi alrededor. Si morimos ahora el océano nos engulliría. La verdadera tragedia sería el misterio de nuestro destino: que si fue un atentado, que si éramos terroristas, que si pasamos por encima de Atlantis, que si un virus, que si se quedó dormido el piloto. La caja negra al fondo del mar, guardaría el secreto de nuestro accidente, de la causa natural, donde el estupor de la nube fue más fuerte que nuestra coraza metálica.

Y justo cuando estoy enfrentándome al cuestionamiento existencial que más nos abate a los humanos cuando obtenemos consciencia de nuestra inminente muerte, el avión comienza a planear deliciosamente entre un nuevo cielo despejado, sin rastro de blanco ni gris. Se apaga la orden de ponerse el cinturón, suspiro unísono, se disuelven los pesares y nuestra tragedia colectiva se esfuma cuando nos ofrecen una bebida caliente y un chocolate de consolación.

Espero algún día llegar a un destino.


Priscilla Ramírez-Muro es poeta, cuentista, cinéfila y artista textil transfronteriza. Sus temas van de la identidad, el hogar, el género, y el horror existencial. Ha participado en diversas antologías de poesía y lecturas en festivales literarios nacionales e internacionales. Es representante del comité de jóvenes escritores del PEN Guadalajara. Siempre buscando el balance entre la ficción y la realidad social.

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