ELUCUBRACIONES. Cómo sobrevivir siendo monstruo (y mujer)

by Yasmín

por Alejandra Gotóo 

CUANDO PIENSO en monstruos, no pienso primero en mujeres. Quizá porque yo soy una. Y los monstruos, créanme, no los veo cerca de mí, sino en ellos: en las miradas con las que acarician mi cuerpo cuando camino por la calle y lo único que deseo es llegar a mi destino. En sus lenguas que imaginan mi cuerpo antes de que yo llegue a la esquina. En sus narices que olfatean mi sudor y fantasean con que huelo a flores, a primaveras, cuando en realidad huelo a cansancio, a rabia, a carne viva.

Pero lo que se supone es que yo sea el monstruo. Yo, por haber nacido mujer. Yo, por atreverme a pensar, cuestionar y responder. Desde niña lo intuí: callarme no era para mí. Cuando alguien me gritaba, me daba miedo, sí, pero aprendí que para algunos hombres solo rige la ley del más fuerte. Y yo lo soy, aunque no lo parezca. No con los puños cerrados, sino con la lengua que hace tropezar discursos, que desarma certezas, que tumba sus torres de virilidad.

Vaya, tratando de sobrevivir me hice monstruo. Pero soy un monstruo versátil: cambio de careta cuando lo necesito, me disfrazo de mansa cuando conviene, me vuelvo feroz cuando es preciso. En el fondo, solo quiero galletas, como el monstruo azul de la tele, y que me dejen en paz. Pero me formé como monstruo cuando un día dije basta: yo quiero vivir. Aprendí a no pedir permiso para ocupar el espacio que ya era mío. A experimentar sin miedo, sin represalias, sin estigmas. Que soy tan humana como ellos, tan dueña de mi cuerpo como ellos de los suyos.

El problema es que, en sus esquemas, no quepo. Hicieron moldes diminutos donde pretendían encerrarme, y luego tocaron a mi puerta para pedirme que me encoja, que me doble, que me parta en dos para caber allí donde juraban que debía ir. Y yo, qué muy monstruosa para obedecer. Parte del terror que les causo es justamente eso: que no respondo a lo que esperan de mí. No doy la pata, no me siento, no me echo. Enseño los dientes.

De mis perros aprendí esa lección. Cuando se hartan el uno del otro no se destrozan: se advierten. Yo también advierto. Mis gritos son mis colmillos, mis palabras la mordida que amenaza. Que me dejen tranquila. Que si se acercan demasiado, puedo morder.

Hace unos días, un señor se alarmó al verme caminar con mis perros sueltos. Me dijo que les pusiera correa. Le enseñé los dientes con una sonrisa demasiado larga. Le aseguré que no tuviera miedo, que ellos no mordían. Pero que yo sí: yo ya lo había hecho antes. El hombre, con una tremenda cara de indignación, me llamó monstruo.

Y lo acepté. Lo acepto todavía: monstruo. Porque si en ese lugar me colocan, allí habrán de encontrarme. Hasta que algo vuelva a florecer sin pedir permiso. Hasta que las lluvias me transformen en otra, en una criatura distinta, siempre mutante, siempre indomable. Monstruo hoy, y mañana lo que yo decida.


Alejandra (Ciudad de México, 1991) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas por la FFyL, de la UNAM. Después se aventuró a la maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Colombia y Croacia, entre otros. En proyectos recientes ha explorado las intersecciones entre las experiencias de profesionales de la salud durante la pandemia de COVID-19. Realizó su investigación de posgrado sobre las vidas en la primera línea de batalla contra el virus. Su anhelo actual son las experiencias compartidas; las comprensiones mutuas. Durante sus elucubraciones encontró algo que antes no había logrado sentir de este modo, los cuerpos humanos, animales, y los espacios se entrelazan de una manera que podríamos sintetizar con la palabra paradoja. Ama a su perro peludo, el mathrock y el juguito de las satsumas.

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