ELUCUBRACIONES

by Yasmín

por Alejandra Gotóo

LA FRONTERA no divide mundos: primeros apuntes desde Tijuana–San Diego

Llegué a Tijuana el viernes muy temprano con la sensación de estar entrando a un borde. No un límite exacto, sino algo más poroso: un lugar donde las cosas no terminan de separarse del todo, pero tampoco se mezclan sin fricción. Vine por dos razones, a presentar El amor está en otra parte y la antología de Isotopías volumen 1, y desde el trayecto ya estaba ahí esa sensación de que no iba a ser un viaje como los que acostumbro, sino uno con tensiones. En el vuelo vomité dos veces. 

Tijuana no se deja leer rápido. Hay algo en su ritmo que descoloca: calles con edificios que contrastan como si no terminaran de decidir su forma, anuncios superpuestos, idiomas que se cruzan sin traducirse del todo. Pero sobre todo, una especie de energía acumulada, como si todo estuviera ocurriendo un poco más intensamente de lo que debería. No es caos; es una saturación de presente.

Y luego está el otro lado.

Cruzar hacia San Diego no es únicamente un cambio de territorio; es una reorganización del mundo. La ciudad parece haber sido diseñada para la contención. Todo tiene una proporción adecuada, una distancia correcta, una limpieza que no es solo estética sino también política. Ahí donde Tijuana acumula, San Diego distribuye. Donde una insiste en mostrarse, la otra parece operar desde una discreción cuidadosamente construida.

Flujos

He pensado mucho estos días en eso que llamamos norte y sur global, en cómo a veces lo usamos como categorías abstractas, casi teóricas, como si fueran tan solo conceptos. Pero aquí son experiencias materiales. Se sienten en el cuerpo. En la espera para cruzar. En la cantidad de personas que cruzan de un lado a otro. En la diferencia de los precios. En la manera en que una ciudad te exige atención constante y la otra te permite olvidar que estás siendo observado.

También se sienten en las conversaciones.

En Tijuana he conocido personas que no son de Tijuana. Personas de Veracruz, de Sonora, de Monterrey. Gente que llegó por trabajo, por desplazamiento, por oportunidad o por algo que no siempre nombran del todo. Tijuana aparece entonces no como un destino final, sino como una especie de antesala, un lugar donde las trayectorias se cruzan y se suspenden.

Del otro lado, en San Diego, he conocido personas precisamente de Tijuana. Personas que cruzan todos los días, o que cruzaron alguna vez y se quedaron. La frontera, vista así, no divide mundos: los pone uno junto al otro para que se vuelvan imposibles de ignorar. Redistribuye cuerpos, trabajos, expectativas. Hay vidas que cruzan y vidas que son contenidas.

Sería demasiado fácil decir que una es carencia y la otra exceso, o que una representa el desorden y la otra el orden. Hay algo más incómodo. Porque Tijuana no es solo lo que “falta” respecto a San Diego, y San Diego no es solo lo que “tiene” de más, o viceversa. Lo que hay entre ambas es una relación, una dependencia mutua que no siempre se nombra, pero que se sostiene en flujos: de personas, de deseo, de consumo.

Formas de cuidado

Ayer visité el San Diego Zoo. Los animales tienen nombres, dietas específicas, horarios. Hay mapas para encontrarlos. Nada parece quedar al azar. La naturaleza, ahí, está organizada, protegida, administrada con una precisión casi tranquilizadora.

Pensé entonces en todo lo que, del otro lado, no tiene ese tipo de infraestructura. No es una comparación justa, pero tampoco es del todo arbitraria. Hay formas de vida que son cuidadosamente sostenidas por sistemas complejos de cuidado, y otras que dependen de condiciones mucho más inestables. No todos los cuerpos están protegidos de la misma manera. No todos tienen el mismo tipo de cuidado institucional.

Quizá por eso me quedó dando vueltas una frase que escuché de un conductor de Uber en Tijuana: que allí el cartel protege. Me contó un episodio concreto, un castigo brutal que describió con una naturalidad que me resultó difícil de sostener.

No sé qué hacer del todo con eso. Pero me obliga a preguntarme qué entendemos por seguridad, y quién puede ejercerla. Porque sugiere que incluso la protección, eso que en otros contextos damos por sentado como función del Estado, puede desplazarse, fragmentarse, reconfigurarse.

¿Qué significa vivir en un lugar donde la seguridad no proviene de donde se supone que debería? ¿Qué implica cuidar a los animales mientras hay personas sin hogar durmiendo en el centro de la ciudad?

Cercanía

Ayer, mientras caminaba, pensé que quizá lo más inquietante de esta frontera no es la diferencia, sino la cercanía. La posibilidad de ver, casi tocar, otra forma de organizar la vida. Saber que existe a unos minutos, pero que no está realmente disponible. O que lo está, pero bajo condiciones muy específicas. El muro fronterizo ejemplifica cruelmente esta sensación de cercanía.

No llevo ni dos días aquí y ya siento que cualquier conclusión sería apresurada. Este no es un texto para explicar Tijuana ni San Diego, ni mucho menos para resolver lo que significan juntas. Es, más bien, una primera anotación. Un intento de registrar lo que se alcanza a percibir cuando todavía no se entiende del todo.

Me quedan todavía unos días. Quiero ver cómo cambia la ciudad con la luz, con el cansancio, con la repetición. Quiero escuchar mejor. Entender si este borde es siempre así o si también se transforma dependiendo de quién lo cruza.

Por ahora, lo único claro es esto: hay lugares donde la distancia entre dos mundos no se mide en kilómetros o millas, sino en la forma en que cada uno imagina lo que es vivir bien. Y en esa distancia, enorme y minúscula, es donde se vuelve imposible no ver que no todos los mundos son habitables de la misma manera. Quizá mi cuerpo lo sabía desde antes.


Alejandra Gotóo (Ciudad de México, 1991) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas por la FFyL, de la UNAM. Después se aventuró a la maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Colombia y Croacia, entre otros. En proyectos recientes ha explorado las intersecciones entre las experiencias de profesionales de la salud durante la pandemia de COVID-19. Realizó su investigación de posgrado sobre las vidas en la primera línea de batalla contra el virus. Su anhelo actual son las experiencias compartidas; las comprensiones mutuas. Durante sus elucubraciones encontró algo que antes no había logrado sentir de este modo, los cuerpos humanos, animales, y los espacios se entrelazan de una manera que podríamos sintetizar con la palabra paradoja. Ama a su perro peludo, el mathrock y el juguito de las satsumas.

Fotografía de Yasmín Rojas

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