por Adriana González Pascacio
ASOMADA al cielo ilustre
de este espacio medio muerto,
medio vivo, medio lleno,
medio vacío,
con tanto momento
con tanta presencia y ausencia
con brillos a clemencia
de estos seres, sellos de existencia,
que evocan a placer
sinergias de aconteceres
a sabiendas de menesteres,
siendo oníricos y sonoros
en lacónicos meteoros
de implosiones coloradas.
El mundo aquí se derrumba
¿y que más nos queda?
dice aquel,
cantando, haciendo segunda,
siendo parte de este todo
haciéndonos varios coros,
llorando suplicio interno,
abonando todos al perno
que nos va manteniendo unidos.
Reflejos antónimos de tristezas,
revuelan añoranzas,
volvemos a las andanzas,
vamos aceptando el dolor,
vamos recaminando el mundo
desmantelamos el sistema,
pero vivimos dentro,
seguimos siendo inexpertos.
Lloramos muertes lejanas,
sentimos duro esta guerra,
nos volteamos a ver,
¿podemos comer?,
¿podemos andar?,
nos duelen otros dolores
respiramos estos colores,
aceptamos nuestra humanidad
y gritamos la atrocidad.
¡Truenos y destellos que centellan este cielo
ilustre!
Y debajo de él, ¿nos asumimos compañeros?
cohabitamos, cogitamos,
murmurando entre nosotros,
la realidad que tocamos.
El firmamento morado, ambiguo,
resistente, cambiante,
atraviesa la naturaleza
del experimento simbionte,
que sigue brillando entonces,
permanece atolondrado
con visuales que le atormentan;
¿de dónde es que se cimienta,
para aguantar la tortura?;
¿desde la bella ternura?,
¿observando nuestra postura?
Haciéndole travesuras al proceso obsoleto,
de casarnos con objetos y no olvidar nuestras
almas,
levantar la falacia
que se nos ha planteado
siendo solo humanos,
viviendo por primera vez
haciendo de esta quimera…
lo que podemos hacer.

Adriana es Mexicana nacida en Tixtla De Guerrero, Guerrero, en resignificación actual y constante de importantes procesos, parte de la comunidad docente y eterna simpatizante y ejecutante de la música tradicional y las expresiones artísticas; avanzando en disonancia con la errante realidad, aprendiza de todo, erudita de nada, camina disfrutando y respetando siempre los propios y constantes cambios; expresa aquí narrativas disimiles pero semejantes, aceptando los caminos necesarios en la vida, poniéndolos en letras que levitan y asientan significados.
