LOS DERECHOS HUMANOS YA FUERON

by Yasmín

A ti y a mí, siempre nos han vendido la misma película: que el Derecho y los Derechos Humanos son esas joyas de la corona de la Ilustración europea que, por “generosidad” occidental, acabaron llegando a las costas africanas. Nos pintan a esos pensadores blancos —blancos de ideas, más que de piel— como los inventores de la dignidad, mientras en la práctica llevaban la esclavitud a un nivel de deshumanización basado en la racialización de la humanidad -algo nunca visto, la división, la desintegración de culturas, el aniquilamiento de su pensamiento y el robo de todas aquellas vestimentas, esculturas en madera y piedra, y joyería en oro y bronzo, cuyo valor ancestral y espiritual, no quisieron percibir.  Se hablado cada vez con más frecuencia de estos temas, afortunadamente desde el cine, por ejemplo, la magnífica Maty Diop nos presentó su película documental “Dahomey” en 2024.

Pero hay algo que parece intocable: el Derecho, y los Derechos humano, por su puesto. Los juristas suelen caminar con un aura de “neutralidad” casi sagrada. Por eso me fascina cuando Lucio Pegoraro (2024) dice que la academia mundial (incluidos historiadores, politólogos, y juristas, sí, juristas) han sido cómplices de un genocidio epistémico al ocultar lo que existía, para que parezca que antes no había nada, algo que Raúl Fornet Betancourt llama epistemicidio. 

¿Por qué estoy escribiendo esto? 

Para responder, deja que te cuente una historia. Infinitamente valiosa por el hecho de haberse transmitido por generaciones, oralmente, gracias a los griots. Un griot (o jeli) era mucho más que un narrador del Africa occidental, de lo que hoy conocemos como Malí, Senegal, Guinea, Gambia y Mauritania: guardián de la historia de su pueblo, a través de la música y la poesía. No puedo imaginarme la cantidad de saberes e historias que guardaban en su mente y de las cuales, hoy no sabemos nada. Con el paso del tiempo, la cultura de la escritura occidental, que infravalora sistemáticamente el valor de las historias orales, llevó a que parte de este legado se registrara en libros. Así que triste, o felizmente, hoy podemos leerles directamente de un texto. 

Uno de estos textos es “La Epopeya de Sundiata” (o Sunyata), que hoy suele catalogarse como un poema épico fundacional del pueblo mandinga y del antiguo Imperio de Malí. Relata la vida de Sundiata Keita, quien venció al rey brujo Soumaoro Kanté en el siglo XIII, y así pudo unificar el grandioso imperio admirado entre muchas otras cosas, por su maravillosa arquitectura. 

Los griots pensaban que cada uno de ellos podía contar diversas historias desde una perspectiva diferente según las necesidades sociales y políticas del momento, y ojo, eso no hace que otras perspectivas sean falsas. Pero, siempre que se cuenta esta historia, se pasa por alto el papel de una mujer. Así que pensando en lo imperante que resulta enfrentar el patriarcado, pienso hacerme cargo de mí forma de contarte esto.

Según la epopeya mandinga, en el siglo XIII existió un estado africano conocido como el Imperio Sosso, que alcanzó su apogeo bajo un místico rey: Soumaoro Kanté. Fue un personaje conocido por su brutalidad al conquistar el reino de Wagadou y gran parte de la región de Manden (actual Malí), obligando a sus gobernantes a pagar tributos.

Ante el temor que imponía Soumaoro, Dankaran Touman pensó enviarle a su hermana Nana Triban como esposa para asegurar cierta paz en el Mandén. Ella aceptó ir, pero en calidad de espía. Se propuso ganarse la confianza del tal Soumaoro para descubrir cómo usaba su magia y qué le permitía tener tanto poder. 

Fue inteligente y valiente como la reina de Saba, o como Miriam Makeba. Y con el paso del tiempo descubrió que este hechicero tenía un talismán que le daba protección. Pero tenía un punto débil. Como supermán con la kriptonita: un gallo blanco. 

Con esa información, Nana Triban se escapó hasta llegar con su medio hermano; Sundiata Kieta, para compartirle el descubrimiento. Es así como Sundiata pudo derrotar a Soumaoro en la famosa batalla de Kirina en el año de 1235. Lo que pasó después, pasó gracias a Nana. ¡Viva Nana Triban!

Tras esta victoria arrasadora, fue proclamada en una gran asamblea de clanes y jefes guerreros reunidos en Kurukan Fuga, una llanura cerca de la actual ciudad de Kangaba en Malí.  Allí, Sundiata Keita, junto con los representantes de las principales familias y castas, y por supuesto, los griots malienses, establecieron un conjunto de normas para organizar la vida política, social, económica y cultural del nuevo imperio.

El resultado, en 1236, fue “La carta Kurukan Fuga”, o “La carta del Mandén”, y para algunos constitucionalistas que han dejado de aferrarse a la idea de que el derecho solo es derecho occidental, no es solo una de las primeras constituciones de la humanidad entera, sino “la primera declaración de los Derechos Humanos”.

Y aquí es donde podemos cuestionarlo todo, ¡todo!: mientras en Inglaterra recién se había firmado la Carta Magna (1215), en la que se reconocían los derechos únicamente de los HOMBRES BLANCOS, en Malí ya estaban estableciendo una declaración de derechos que preconiza la libertad, igualdad y solidaridad mucho antes de la Revolución Francesa: habla de derechos y obligaciones intrínsecos a todas las personas, incluidas las mujeres y los esclavos, y eso, por sí solo, no encuentra paralelismo en el momento medieval. Y recalquemos: se trata de un documento africano, sin ninguna injerencia de préstamo a otro documento europeo en la época, aunque quizá cierta influencia de las culturas árabes. 

Frente a toda declaración promulgada desde Occidente, la Carta Mandén, aunque refleja conciencia sobre la concepción de los individuos, pone énfasis en el carácter comunitario de su arquitectura social, basándose en consecuencia, en la estrecha combinación entre derechos y deberes; elementos centrales que resuenan en la Carta Africana de los Derechos Humanos y de los Pueblos, vigente desde 1986.

Aquí algunas de sus máximas: 

“Toda vida es una vida… una vida no es superior a otra…Todo daño causado a una vida exige reparación. Por tanto, que nadie ataque a su prójimo sin razón…”

“Nadie pondrá un freno en la boca de su prójimo para venderlo. Nunca más la guerra destruirá un pueblo para deportar esclavos e ir a venderlos. Nadie será golpeado o condenado a muerte por ser hijo de un esclavo. En este día se extingue la existencia de la esclavitud”.

La esclavitud entre los pueblos mandinga si existió, pero a diferencia del esclavismo europeo, se basaba en un sistema de asimilación, donde el objetivo a largo plazo era que la persona esclavizada, o su descendencia, se convirtiera en parte de la sociedad. No establecía argumentos de dominación basados en diferencias por color de piel, ni supuesta incapacidad de pensamiento. Según el griot guineano Wâ Kamissoko, fue en la época de Soundjata cuando se puso fin a la esclavitud, primero en el Mandén, y más tarde en todas las regiones del Imperio.

El papel de la mujer en la sociedad mandinga ocupó un lugar considerable en la Carta, que presenta derechos y lugar para ella, cuestión no reconocida por las “potencias” occidentales sino hasta finales del siglo XVIII, con las batallas de las sufragistas británicas: “No ofender a las mujeres, nuestras madres… Las mujeres, además de sus ocupaciones cotidianas, estarán asociadas a la gestión de todas las actividades gubernamentales”.  No hay manera de que esto parezca irrelevante. 

Te invito a reflexionar en algo. El derecho a catalogado los derechos colectivos de la Carta Africana de los derechos humanos y de los pueblos, como derechos de “Tercera Generación”, como si hubieran aparecido apenas en los años 80 como respuesta a crisis globales. Pero ¿”aparecieron” entonces o es que Occidente apenas tuvo la capacidad de reconocerlos hasta el final? Como dijo el abogado congoleño Jean Cadete Odimba, África ya tenía sus propios mecanismos de defensa de la vida humana. Y no es que no tuvieran noción del individuo, es que su base era la solidaridad comunitaria.

Pensando en Mikaelab Drullard cuando escribe sobre los marcos teóricos eurocentrados “¿Hasta cuándo estaremos reformulando, corrigiendo, poniendo anexos, explicaciones al pie y reformando todas sus teorías? Ya basta” . El discurso de los derechos humanos es un discurso de los amos blancos, nació “moderno”, blanco, burgués, colonial, individualista, de ninguna manera nació plural. 

Drullard habla de feminismo, pero aplica a este discurso, y piensa en Franz Fanon para recordarnos que todo proceso de descolonización, frente a tanta violencia, debe ser necesariamente violento también. ¿Te suena extremo? Veamos: 

¿No es extremadamente violento, que esta Carta de Kouroukanfouga, haya sido totalmente ignorada por los juristas occidentales, cuando ofrece un ejemplo extraordinario de complejidad jurídica no occidental? , ¿no es extremadamente violento, que la declaración “Universal” de los Derechos Humanos, haya sido redactada sin la participación de la mayoría de los pueblos del mundo, priorizando los derechos individuales sobre los colectivos, y limitando la autodeterminación únicamente al contexto del dominio colonial europeo?, ¿no es inconcebiblemente violento, que el estado genocida y pederasta de los Estados Unidos conserve su derecho al veto en la ONU?

Aun así, los Derechos “Universales” siguen siendo en el lenguaje dominante para el “bien público en todo el mundo”, así como en el lenguaje predilecto para formular y refutar reclamaciones de derechos, para ser un político o política “humana”. Subyace en casi todas las facetas del discurso público y privado, desde las reivindicaciones dentro de la unidad familiar hasta los debates políticos nacionales y globales.  Es necesario alejarse del progresismo lineal que subyace en la investigación contemporánea sobre derechos humano que suscribe una transformación social de celebrar, opacando cómo el lenguaje de los derechos se ha generado contradicciones fundamentales.

Nuestra violencia sería atrevernos a tirar a la basura, todo lo que se nos ha dicho sobre ellos, pues, ¿son estos derechos humanos, verdaderamente universales? ¿por qué para hablar de ellos, es forzoso habla de los autores de la Ilustración?, ¿es posible hablar de derechos humanos descoloniales, o eso es volver a “poner anexos a los discursos eurocéntricos espistemicidas”? 

La próxima vez que alguien te diga que el Derecho es un invento europeo, cuéntale de los griots, de Nana Triban, Sundiata Keita y de esa asamblea en Malí donde la vida ya era sagrada mucho antes de que Europa supiera qué hacer con su propia libertad.


Beatriz Pineda Rios. Su primer acercamiento a los Derechos Humanos y África fue estudiando Filosofía en la Universidad Veracruzana. Intentó un año de Derecho, quería ser traductora para Naciones Unidas algún día. Pero la desilusión frente a su doble moral fue mayor. Buscando aprender más sobre el continente africano, dejó Xalapa para inscribirse al posgrado en Relaciones Internacionales de la UNAM, profundizando en los mecanismos de la ONU en los países africanos. Ahí comenzó su proyecto “El canal de Beafrica”, primero en YouTube, luego en Instagram, Tik Tok, y todas esas plataformas, posteando “¡África no es un país!”. Los videos sobre cine llamaron mucho la atención, pero sin saber realmente nada sobre ello, el año pasado apostó nuevamente por la academia, inscribiéndose al doctorado en Historia del Arte, en el programa de Estudios sobre cine, de la Facultad de Filosofía de la UNAM.

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