Paris, point le plus éloigné du paradis, n’en demeure
pas moins le seul endroit où il fasse bon désespérer.
-Emil Cioran
I
QUÉ HAY de más absurdo que faltar, casi deliberadamente, al primero de los tres seminarios que me esperan en el incierto y todavía intimidante semestre. Qué de más ridículo que querer dárselas de fallido bon vivant con recursos financieros agonizantes, en el Barrio Latino sí, pero en un café más estadounidense que muchos de los transeúntes que gentrifican la otrora ciudad de la luz. Sin internet y con una versión en francés de París era una fiesta, que funge más bien como una antología de casualidades, delicias y desventuras advenidas los últimos días, estas sí inintencionalmente.
Hoy fue la mañana más fría y húmeda desde que estoy por estos derroteros, hace casi ya un mes. Dejé la alarma sonar hasta el último aviso, el fatal, en el que cinco minutos de postergación se traducen en tiempo en mi contra. Si no me apresuraba era inminente que llegaría tarde, un poco, no tanto, pero tarde, a fin de cuentas. En realidad, no es difícil dar con La maison de la Recherche, donde habría tenido mi primer seminario hoy a las 9 de la mañana. No obstante, en materia de desplazamiento, para mí dos minutos se tornan siempre en cinco o quince, pues no importa cuán cerca y accesible se encuentre el sitio adonde me dirija —pues como mis años de torpe viajero me lo han demostrado con creces—, siempre tomaré la dirección contraria, los caminos más sinuosos o acudiré a las personas menos aptas para dar direcciones. Toda la vida ha sido así, todo el tiempo y en todo lugar. Lo que unas veces no me ha valido más que una simple anécdota cómica; otras, un montón de gastos imprevistos; hoy, una taza de café latte con mi nombre mal escrito y una mañana con las ganas o la necesidad de narrar el desatino.
También me concedí otras horas para leer a Hemingway y sus vivencias en los cafés, bistrós y casas de iconos literarios de los años veinte; sólo que yo estaba en un Starbucks, apenas conozco dos que tres mortales menos desdichados que yo y prefiero tomar agua de la llave para ahorrar el dinero que bien podría usar para medio comer. Eso sí, con una dosis diaria de pathos que si Marguerite Duras viviese y me viese, sin titubeos me habría hospedado en su buhardilla.
En otros tiempos habría apelado más a la razón y a toda la responsabilidad o culpa que recae en mí, solamente en mí y en nadie más que en mí. Si tuviera un mínimo de transigencia tecnológica, habría recurrido a algún mapa digital evitando así rodeos perniciosos. Si fuera más desvergonzado, habría entrado en el aula sin reparo alguno aprovechando las dos horas restantes de clase, un lapso todavía bastante largo comparado con la media hora de retraso, la cual a fin de cuentas no es más que una fracción mínima del total. Y ahora que lo pienso, seguramente no hubieron comenzado nada de relevante a las nueve en punto, es más, es muy probable que la seminarista se hubiera tomado algunos minutos para la presentación del curso y de ella misma, digamos cinco; lo que, en el mejor de los casos, me daba aproximadamente veinte minutos de desventaja respecto al contenido del seminario en sí. No es tanto, ni tan grave, si uno es pragmático, desvergonzado. Pero allí estaba yo, más cohibido que un adolescente taciturno, haciendo mil reflexiones nada rentables al respecto y frente a la puerta imaginando la vergüenza pública, la honte, de verme llegando media hora después de iniciada la clase. El estigma, la letra escarlata, la autosentencia, el pecado capital. Elucubraciones de medio pelo, de colonizado y nada decolonizado.
II
Decía que estoy leyendo a Hemingway y sin ínfulas bohemias de ninguna índole (porque sinceramente me parecen de un desgaste y antipatía desdeñables), pero sí gracias a un encadenamiento ineludible de hechos fortuitos o porque sencillamente hay que hacerlo si uno decide emprender una experiencia como ésta: la osadía de querer pasar un tiempo en París, sin becas ni certezas y con una plena crisis financiera acuestas que no cesaba de intensificarse. Y digo que es una sucesión de acontecimientos inevitables porque no tenía contemplado leer nada de Hemingway tan recién llegado y menos en una lengua que no es ni la suya ni la mía, pero que diacrónicamente nos ha reunido aquí a los dos lejos de la tierra natal. Siguiendo la melosa y atrevida comparación, le Grande Capitan llegó a mí igual que la aceptación a la maestría de la Sorbona: de tajo y sin querer queriendo.
Sólo traje dos libros conmigo de México, por cuestión de peso y porque de verdad nunca he leído ni la mitad de los que me han acompañado en mis travesías anteriores, pues siempre se aparecen otros en el camino que se prestan más al humor del momento. Así que esta vez le di prioridad al cálculo y nula cabida a la aprehensión. Y nada más tuvieron lugar en la maleta Se está haciendo tarde (el chiste se cuenta solo) de José Agustín, para los días de saudade y con antojo de sol, una tropical carcajada mexicana y la necesidad imperiosa de descontextualizarse un rato; y, el otro y en gran parte causante de todo esto, París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas. El motivo es palpable, sólo añadiré que necesitaba una introducción literaria para esta nueva temporada tan híbrida como la obra del escritor catalán.
III
Compré París no se acaba nunca en 2011, uno o dos meses después de mi primer Grand Tour, en el cual se incluía una brevísima estancia en París pero que, al igual que el narrador (o conferencista) y así como Hemingway, fui pobre pero feliz. En esa época el romanticismo que se empodera de quienes se adentran en la primera mitad de los veinte años estaba muy a flor de piel, a la par de mi convicción por descubrir más de la obra literaria de Vila-Matas. Además, precisaba de algo que viniera a sazonar mis inquietudes del post viaje. Me topé pues con el libro en cuestión y, sin chistar, desembolsé una cantidad de dinero que en su momento y, tristemente hoy incluso más, me pareció estratosférica y muy de burgueses xalapeños y letristas. Tan desfalcado cuanto complacido, salí de la librería consciente de que había hecho una buena adquisición.
Un año después, conocería a Vila-Matas en persona en un festival de literatura que tenía entonces lugar en Xalapa. Nunca pude hacer que me firmara el libro, pero tampoco me pareció que lo hiciera, en realidad no me cayó muy bien. Pero no se trata de hablar del escritor, sino de lo que plasmó en su obra y que después me agradó mucho más que su pedantería en la vida real. Me dispuse pues a leerlo y, sin embargo, a unas treinta páginas de haberlo comenzado, a lo Gertrude Stein, el libro me era inaccrochable. No podía continuar y pensé que era más prudente dejarlo, a menos de un cuarto de su total. Me faltaban lecturas, además de que mi algarabía interna y demasiada juventud no eran del todo aliados de la ironía y las referencias geográficas, históricas y literarias del texto. Hay que vivir un poco para poder disfrutar y entender París no se acaba nunca, para que uno lo pueda accrocher. No es necesario haber estado en París antes y ni siquiera haber leído a Hemingway, sólo haber vivido un poco o de plano ser uno de los burgueses que se pueden permitir lecturas de Anagrama y viajar a lo Sergio Pitol (perdón por el hate, pero la pobreza lo obliga a uno escribir desde las tripas y estas andan medio hambrientas, medio iracundas).
La semana pasada terminé de leer París no se acaba nunca; días antes mi computadora se había vuelto a descomponer. No viene al caso hacer más hincapié en mi mal karma informático, sólo diré que esa tarde terminó más averiado mi estado de ánimo que el disco duro de mi Toshiba en coma. Así que después de la retahíla de insultos proferidos a una pantalla en negro, me dirigí a casa de un amigo lugareño que me ha ayudado a sobrellevar mis frecuentes tropiezos y todo el desorden que de ellos derivan. Más sereno, llegué a su departamento: después de todo ya había descargado mi frustración y el tiempo del trayecto ayudó sobremanera a apaciguar mis penas. Hablamos de todo y de todos mientras él portaba con gratitud la camisa de manta que le había traído de Guerrero, un obsequio de mi mamá en agradecimiento por su hospedaje durante mis primeros días en la ciudad. Me ofreció un guacamole mal hecho, demasiado limón desperdiciado para lo caro que está aquí (nuestra amistad nos da derecho a una franqueza lacerante) y una Chouffe con tal grado de alcohol que al cabo de media hora ya estaba de nuevo lloriqueando por mis peripecias. Fue en ese rato de desahogo cuando apareció Hemingway. Ya no recuerdo con claridad cómo y por qué, seguramente saqué a colación mis lecturas en turno y dio la casualidad de que mi amigo tuviera un ejemplar de Paris est une fête. Si bien era evidente que lo habría buscado uno de estos meses para darle continuación y más forma a mi lectura vila-matiana, el hecho de encontrarlo en pleno sinsabor parisino, con un cierto grado etílico en las venas y en el alma y un spleen a más no poder, le da un toque más irónico a la situación. No dudé en llevármelo a casa después de que, solita, la novela hubiera llegado a mí.
De regreso a mi cuarto (que ahora que lo pienso, no difiere en nada de una buhardilla), decidí únicamente leer el prefacio y la introducción, pues no quería comenzarlo antes de concluir el de Vila-Matas. Fue un buen preámbulo, mucho más contextualizado y menos ignoto. Me sentía de ánimos y listo para conocer las vivencias de Hemingway (d)escritas desde su propia pluma. La última sensación del estilo que tuve fue hace un par de años cuando después de un semestre de estudiar a los modernistas ingleses, retomé mis lecturas de Virginia Woolf y hasta de Michael Cunningham (yo tampoco escapo a mis tiempos) y, de repente, todo tenía más sentido y más forma, las telarañas cobraban más estructura.
He leído apenas un poco menos de la cuarta parte de Paris est une fête y vaya que lo he disfrutado, en silencio y en armonía. Hay muchas casualidades, varias analepsis personales y escasos términos rebuscados. De repente, sale a la luz una que otra cápsula de teoría literaria y ensayo del propio Hemingway, a veces las más gratas concomitancias. Una vez me pasó que al leer un capítulo en donde menciona un paseo que hizo por el jardín de Luxemburgo bajando por la calle Vaugirard, pocas horas antes yo mismo hubiera efectuado dicho recorrido. Hace rato, me encontraba justo en la Gare de Lyon cuando leía una anécdota suya que se había producido allí mismo. Creo que Hemingway se está convirtiendo en un guía turístico y vivencial mucho más eficaz e íntimo que cualquier aplicación telefónica. A veces me da un deseo inquebrantable de montarme mi propio tour por la ciudad y visitar cada uno de los sitios y vericuetos que él y también Vila-Matas citan en sus libros, pero tampoco ando de humores para tanto capricho postmoderno.
Todavía me queda mucho por recorrer del libro, así como de París y probablemente estoy escribiendo esto muy a destiempo, pero de alguna manera tenía que sacarle provecho a mi primera clase perdida, aunque sea del todo pueril pasar dos horas sentado en un café en absoluto francés, sin avanzar nada de lo que en verdad apremia y con la esperanza de que mañana será un día menos accidentado que éste o que los precedentes.
IV
Una vez le dijeron a Hemingway y a Vila-Matas que pertenecían a la generación perdida. En el sentido literal del término, la mía lo es un poco menos. Todo mundo se desplaza en las ciudades valiéndose de mapas interactivos que les ahorran tiempo, esfuerzo y vueltas. Yo no, por inepto o recalcitrante, no me sirvo aún de tantos aparatos, a lo mucho de un celular que me permita tener acceso al tiempo, espacio y difusoras locales. Y para llegar a un lugar, a la antigua, le pregunto a la gente, me pierdo, me encuentro y así voy o vengo. Con todo y mi incompetente habilidad espacial y mi incapacidad para retener indicaciones geográficas. Con todo y mis malas experiencias urbanas.
De suerte que, sin la mínima pretensión de querer parecerme a Hemingway, pues disto leguas de su talante y sus gustos y mucho menos su aspecto físico, espero que algún día estas «viñetas parisinas», como él describe las suyas, resulten más provechosas y reconfortantes de lo que ahora aparentan. Sé que yo solo me encargo de propiciar semejantes desaciertos, pero confío en que con el tiempo todo será menos enrevesado. Mientras, y aquí sí me tomo la libertad de compararme con él, cito a Vila-Matas: “sólo soy un joven sin ganas que viv[e] como [puede], bien lejos de su tierra, en un París que no e[s] precisamente una fiesta”.
París, 3 de octubre de 2016

Luis Arturo Basave se graduó de las licenciaturas en lengua francesa e inglesa en la Universidad Veracruzana, de una maestría en Estudios Hispánicos en ultramar y funge el papel de cronopio errante ad eternum.
