Cronopio errante
por Luis Basave
La noción –la experiencia– de masterclass (al igual que sus compinches: plenaria, coloquio, ponencia, cátedra, et al) siempre me ha resultado un ejercicio de comunicación unilateral en doble movimiento. Por una parte, porque, como la usanza lo dicta, es una ocasión de escucha atenta sobre el conocimiento que alberga el o la expositora respecto al tema que ocupe. Me atrevo a suponer que así ocurre en cualesquiera de los ámbitos del saber. Por otro lado – que es el que me mueve a exponer esta primera reflexión inaugural sobre las cosas que uno siente, ve y vive–, esa comunicación redunda casi siempre en una suerte de mensaje que rebota más para sí que para quien escuche justa y paradójicamente al momento de abrir los canales de intercambios epistemológicos y dialécticos.
Me explico en términos más básicos y menos rimbombantes, gélidos y eruditos (mamadores, convendríamos en decir): esa caricatura tan real como molesta del “Yo, más que una pregunta, tengo un comentario” se concreta cuando quien, en el tradicional colofón que le sucede a una charla, empieza a explicar (con el mismo ímpetu de quien otorgó la dosis magistral) cuánto sabe, cuánto entendió, cuánto tiene que aportar. Cuán retórico, cuán enrevesado, cuán leído y –la cereza podrida del pastel– cuán metafísico puede ser su discurso. Y así el canal de comunicación en vez de fluir deviene –como suele pasar en las charlas más simplonas de tantos pero tantos heterobásicos– un ir y venir de argumentos cuya intención no radica en absoluto en el intercambio, sino en todo lo contrario: escúchenme que me encanta escucharme.
Me pasó hace unas semanas –siempre me pasa y siempre nos pasará– en el marco de una masterclass sobre el concepto de La imagen-movimiento de Deleuze a la que asistí para ver qué se decía; y porque era gratis y me quedaba de paso. Ah, y porque si alguien sabe explicarme a Deleuze, a Guattari, a Spivak y a Derrida de manera asequible, le desearé siempre dicha, salud y todos los puntos SNI que necesite para alimentar la voraz maquinaria del capitalismo académico. La exposición tuvo lugar en un instituto reconocido en plena Roma Norte de la Ciudad de México y yo que no llevaba ni Totebag, ni pantalones de tela holgados, ni un corte de pelo alternativo ni calzado estrambótico, seguramente pasaba desapercibido al pecar de común y corriente. La persona más insignificante de toda la audiencia en esa semiótica de lo culto-alternativo. No dudo que lo fuese, sobre todo porque recién andaba asimilando las canciones del nuevo disco de Karol G quitándole espacio neuronal a cualquier estribillo de Still Corners, Dire Straits, and the like (bandas que me gustan pero que no me ponen a perrear como es justo y necesario). Como hace ya un buen rato que dejé atrás los veintes y, con ellos, el deseo de pertenencia (de FOMO, sentenciaría la dialéctica en boga), solo tomé asiento y esperé a que empezara la charla. Luego, también consciente de que el contenido estribaría en cuestiones cinematográficas y no literarias que son las que más o menos entiendo, me predispuse a saber que habría ciertos enfoques que no manejaría ni por asomo. La grata sorpresa: el expositor, un japonés con estudios en París y cuyo francés se solapaba con su accidentado español, fue clarísimo y entretenido. Y eso, ya lo dije, es un alivio retórico por donde se le mire; por donde se le escuche.
Llegó el momento que todo mundo ansiaba: la serie de preguntas y/o apreciaciones, todas –absolutamente todas– revestidísimas de una verborrea insufrible con ese acento de whitexican capitalino aún más fastidioso. Y es aquí donde me surgen interrogantes cuyas respuestas acaso muy obvias me estén pasando por la cara sin que las logre asir: ¿Por qué ese afán de protagonismo tan incisivo? ¿Por qué monopolizar un micrófono con construcciones sintácticas tan barrocas? ¿Para qué todo esto? Why the people, dijo un odioso presentador de noticias.
Yo, más que una pregunta, tengo un resquemor.
Me explico –me defiendo– en otras palabras: las ponencias en demasía especializadas tienden a ser abordables únicamente por quienes se dicen poseer la expertise sobre el tema (y me reservo mis dudas y sospechas), pero si la persona que expuso acerca de un asunto en particular y cuya comunicación resultó ser eficaz, clara y hasta animada, ¿qué necesidad tiene Camilo de la Peña o Xavier [Inserte aquí algún apellido vasco o francés-castellanizado) para venir a ponerle litros de crema a sus tacos de harina gluten-free? La pregunta es meramente retórica; tan ingenuo no soy. Yo, más que una pregunta, tengo un resquemor.
Por otro lado, siempre he sentido hartísima admiración hacia aquellas personas que saben responder a consultas que 1) no parecen (querer) tener respuestas y 2) ve tú a saber si las entiende incluso quien las puso sobre la mesa. Pasó con este expositor cuyo nivel de español –lo dije ya pero huelga reiterarlo– rayaba en la vulnerabilidad: respondió con palabras llanas y conceptos claros mas no someros lo que pensaba acerca de lo que se le había preguntado –¿de lo que alcanzó a entender?, ¿de lo que podría responderse?–. Será la experiencia, será la predisposición, será la soportable levedad del saber cuando se sabe de verdad, pero en ningún movimiento don Señor Japonés hablando frañol y haciendo frente a preguntas tan pretensiosas como (las de) sus emisores, perdió los estribos ni el control de esa que era su charla, de ese que era su campo. Y su momento.
Hay una frase en francés que dice donner sa langue au chat (darle la lengua al gato), que es algo así como admitir que no se sabe la respuesta a una pregunta o a un dilema o, simplemente, quedarse callado. Para mí esa expresión reviste una imagen bellísima: le otorgamos esa parte rasposa pero necesaria para hablar y sentir a un felino para que este, con su lengua aún más áspera pero aún más sensible, la acaricie, juegue con ella o, muy posiblemente, la deje a la deriva con su elegante indiferencia. La cultura japonesa, se sabe, guarda una especial deferencia a los gatos: amuletos de buena suerte y de protección espiritual. Y el espíritu, dice la filosofía occidental/izada, es la mente. Tal vez para el expositor, parafraseando a Shakira, la retórica sea su arma más letal. A lo mejor, la lección que tengo que sacar en limpio es que en el mundo de las ínfulas epistemológicas deba asumir que –citando nuevamente a la barranquillera– no se puede vivir con tanto veneno. Y tenga yo que dejar desvanecerse, todavía más, ciertos resquemores.
Lo que sí destaco de esta y tantas otras charlas de cuño intelectual es que la lengua importa tanto como todo lo que haces y no con ella. La lengua es ríspida pero también sensible. Estudié idiomas, debería de saberlo. Y, más aún, debería tenerlo siempre presente, y no dejarme chamaquear por palabrerías. Dicen quienes saben que de lengua, hay que comerse un taco; no los sesos.

Luis Basave
