Rogelio Rochin Arroyo
“Si hoy me toca irme… Que no se llore por mí. Porque este es mi destino, esta es mi lucha y mi sacrilegio. Donde mi obra más grande siempre sea mi propio destino”.
El cuerpo.
El cuerpo era perfecto, pero eso no significa que funcionese.
Era simple, como una llama en la fogata, ardiendo porque sí. Mientras las palabras lo rodean, ella va carcomiéndose poco a poco.
Y es que allí, donde la enfermedad no se podía asomar: en la sangre, en el amor, en las ganas de vivir… Tuvo que atacar al corazón. Derribarlo todo, quitándome lo que más quería.
El propósito del duelo era claro:
—¡ACABA CON ÉL!—
Ahógalo en su propia alma, en su propia mente. Que las palabras no salgan más de su boca y los ojos intenten comunicarse sin parpadear.
Que suplique cada día, despiértalo, duérmelo, mátalo. Y que él no vea nada.
Un exorcismo, un abrazo con la muerte. Aráñalo y rasga su piel, muéstrale su mayor miedo… Su propia mente.
Menguante bicolor.
Las noches son lentas.
Un grisáceo techo movedizo, una tenue luz amarilla…
El vibrato de los monitores…
Pausado, lento, seco.
—Quiero cerrar mis ojos, por favor. Déjame dormir —decía yo, con la muerte sobre mi cráneo. Ella era un grande buitre, que se posaba sobre mí todas las noches, picoteándome y hablándome.
—Aún no es hora, y ya tendrás tiempo de dormir… Créeme.
Ella poseía una ronca voz que parecía disfrutar de cada palabra, de cada picotazo sobre mis ojos. Me hacía sentir como que estaba muerto, pero no del todo.
Ella solía decirme… Mierda.
Ella solía decirme que tú estabas bien sin mí, que aún podías sonreír. Y yo no podía desear con más fuerza que todo aquello fuese cierto.
Lejos de la tortura, de mi cuerpo en descomposición. De mi piel rota y mis escaras sangrantes. —¿Sabes qué? —dijo el buitre, caminando sobre mi cuerpo—.
Ya no somos extraños… ¿Somos amigos, cierto?
Digo, hemos muerto varias veces, solo tú y yo.
¿Cuánto ha pasado? ¿Tres meses? ¿Una semana? —preguntaba rápidamente, como si el tiempo fuese suyo—. ¿O años?… —riéndose cínicamente, disfrutándolo—.
Como un vals bajo la luna, yo era su presa, pero al mismo tiempo… su más fiel confidente. —¡DÉJAME EN PAZ! —grité tomándola del cuello. Un grave error…
Ella gritó cual animal enjaulado. Voló por unos segundos para aterrizar sus garras sobre mi pecho, y de su pico unas negras manos brotar, mismas que me ahorcarían.
—¡ESCÚCHAME! —con una voz casi demoníaca, un tono tan grave que destruiría cualquier ventana—. No estoy aquí para matarte… Solo estoy haciéndote compañía.
Todos hemos vivido cosas horribles, esta es la tuya.
El aire se estaba yendo y sus garras se clavaban en mi pecho, desangrándome.
—Suéltate… El miedo es tu mejor herramienta si quieres salir de aquí.
Las manos regresan a su interior.
Yo recupero el aliento, casi jadeando.
—Ya no hay nada que perder… Solo cede, maldita sea. Será más fácil.
Ella reposa en el barandal de la cama.
—No puedes lidiar con algo así. Lo sabes.
Ella busca entre sus plumas.
“Pam, pam”, las alas azotándose sobre su estómago.
—Aquí está —dice ella, tomando con su pico un cigarro encendido—.
¿Quieres un poco? —ofrece amablemente, estirando una de sus garras.
—No fumo, gracias.
Ella suspira.
—¿Por qué? Tus pulmones están destrozados. ¿Te hace falta otro infarto para darte cuenta? Era verdad, pero aún había que esperar. Tal vez no era mi momento…
No podía serlo, todo era perfecto hace unos cuantos días.
—Han sido meses —interrumpe ella—.
—Creí haberte dicho que no espiaras mis pensamientos…
Es desagradable que tengas control sobre mí. No te da el derecho. Tampoco la razón.
Ella no respondió.
Las lágrimas querían correr sobre mi cuerpo. Solo quería salir de ahí, sentirme entre sus brazos nuevamente. Tal vez me haya olvidado, tal vez el buitre tenga razón. Pero tengo que intentarlo.
Ella me espera.
Ella me espera. O debería seguir haciéndolo.
Las noches han pasado, el reloj de la pared se ha quedado sin batería.
Las cuatro y treinta y tres. Solo me falta saber si de día o de madrugada.
Esto se siente como la misma noche de siempre. Desde que entré, parece que el tiempo no transcurre. Las mismas enfermeras, la misma comida.
Ahora dicen que no puedo verla…
Quisiera que ella estuviese aquí, que me dijera por favor… Si es que estoy quedándome loco. Solo quiero poder respirar una noche más, para seguir pensándote. Sé que ahora no me puedes ver, pero eso es temporal mi amor. Nada me detiene, y mis besos no están muertos. Solo yacen entre las olas del mar, consumidas por el solsticio que te roza la piel.
Quiero mirarte a los ojos, por favor.
Tengo mucha fiebre, me estoy consumiendo lentamente. Pero estoy seguro que si tus manos vuelven a acariciar mi pecho. Me meceré en la cuna de tu canto, se alzarán los mares y la noche no será tan oscura. Es que sin tu fuerza, no estoy seguro de cuánto viviré. He intentado explicarles, a veces la medicina no es la única cura.
Dicen que estoy loco, pero ella se reiría de mí diciéndome: “Aquí estoy y no me iré.”
Primero la soñé.
Entre fiebre y sombra, su rostro se dibujó en mi mente como una promesa rota.
Y cuando desperté, estaba ahí, mirándome igual que en el sueño.
Nadie me creyó. Pero yo sabía que ese amor ya había pasado por mí antes.
Que ella era mi condena más dulce.
Y sé que aún no es tan tarde para seguir amando. Mis ilusiones y amor, me hacen soportar todo esto. Pero esto depende de algo fuera de mí.
Aún recuerdo ese primer beso. La lluvia se estrellaba en los ventanales, había muchas flores secándose dentro de casa.
Tú llevabas ese viejo pero reluciente vestido blanco, y en ese momento mi corazón hablaba por el ahora. Tu risa, tu caminata sobre el amaderado piso, el frío tocando tus pies.
Tu perfume acariciando mi sombra, no me daba cuenta que pronto me marcharía sin ninguna explicación. Tus ojos eran dos luminosas perlas. Aquella mirada cargaba con mi dolor, mi angustia y delirio sin cansarse un solo día.
Mierda, me siento nada sin ti.
Dicen que el amor es una promesa, pero lo nuestro fue una maldición.
Nos reconocimos tan rápido que el universo no tuvo tiempo de separarnos a tiempo.
El nido.
El buitre inclinó la cabeza un poco más, y su pico rozó apenas mi hombro, como un gesto casi humano. —No tienes que insistir —dijo—. Ya lo has hecho antes.
La frase se coló entre mi pecho y mi cráneo, haciendo eco en un lugar que no recordaba. Algo en ella no era amenaza, pero tampoco era consuelo.
Era conocimiento.
Intenté apartarlo, pero mis brazos se sintieron pesados, como si luchara contra mi propia sombra. —¿Qué quieres decir con “lo he hecho antes”? —mi voz sonaba débil, rota.
El buitre se rió, un sonido grave que vibró en mis costillas.
—¿Acaso crees que todo termina aquí?
—No… —balbuceé— ¿Lo he vivido… otra vez?
Se posó más cerca, y por un instante, sus ojos brillaron con una luz que reconocí demasiado bien. Mis propios ojos.
Mis manos temblaron al tocar sus plumas, y un pensamiento prohibido cruzó mi mente: soy yo. Siempre he sido yo. —No luches contra lo inevitable —susurró—.
Pero incluso mientras decía eso, sentí que no quería ceder.
Que el amor que aún guardo por ella, por mi condena más dulce, todavía puede sostenerme. Y por primera vez comprendí que el buitre no solo me observa…
El buitre me espera.
El buitre soy yo.
Y de alguna manera, siempre lo supe.
La danza que no vio la Luna.
El buitre llegó sin ruido.
Esta vez no olía a muerte, sino a tierra mojada después de la lluvia.
Sus garras se posaron sobre mi hombro con una delicadeza que no conocía en él.
—No vine a verte morir —dijo, sin su tono ronco habitual—.
Vine a verte descansar.
Por primera vez, su voz sonó cansada, como si también hubiese esperado demasiado. Sus ojos no eran oscuros; tenían un brillo tenue, casi humano.
Y comprendí que él también estaba muriendo conmigo, poco a poco, desde que todo esto empezó.
—He estado contigo más tiempo del que imaginas —continuó—.
Y aunque mi nombre te cause miedo, nunca vine a arrebatarte nada.
Solo recojo lo que ya ha cumplido su ciclo.
Un silencio inmenso se abrió entre los dos.
La habitación entera parecía contener la respiración.
Entonces, sin que nadie tocara nada, una melodía invisible comenzó a brotar del aire. El buitre me miró, extendió un ala.
—¿Bailamos? —susurró.
Me levanté.
El suelo estaba tibio, como si el mundo aún latiera bajo mis pies.
Dimos el primer paso.
Las plumas del buitre comenzaron a desprenderse, girando alrededor de nosotros como copos de ceniza. Y de entre ellas emergió su rostro… su cabello… su perfume.
Ella.
Mi condena más dulce.
Mi razón para seguir respirando incluso cuando el aire dolía.
Lloraba.
No por miedo, sino por amor.
Sus dedos tocaron los míos con una dulzura que partía el alma.
—Es lo mejor para nosotros —dijo con voz temblorosa—.
Confía en mí. Suéltate…
No pude responder.
Quise decirle que la amaba, que aún había sol en su sonrisa, que tal vez el tiempo podría devolverme a ella…
Pero las palabras no salieron.
Solo el temblor de mis manos rogando que no se fuera.
El buitre observaba en silencio.
Una lágrima —una sola— cayó de su ojo izquierdo.
Al tocar el suelo, se convirtió en una pluma blanca.
—¿Lo ves? —murmuró—.
La muerte no siempre viene a quitarte.
A veces solo viene a devolverte lo que habías olvidado: la paz.
Ella me miró una última vez.
Y comprendí que su destino ya no era el mío.
Que su vida aún tenía primavera, risas, un amor nuevo esperándola.
Y que yo… debía aprender a amarla desde la distancia eterna.
La abracé.
Y en ese abrazo, sentí cómo el peso del buitre se desvanecía, cómo su sombra se fundía con la mía, dejándome ligero.
No hubo ruido, ni llanto, ni luz.
Solo el rumor del viento girando entre nuestras almas.
La luna, afuera, dormía.
Nadie vio nuestra danza.
Ni el cielo, ni el tiempo.
Solo el silencio la guardó para sí.
Cuando abrí los ojos, el buitre ya no estaba.
Solo quedaban algunas plumas sobre el suelo, brillando como fragmentos de un sueño que al fin había encontrado su descanso.
La miré partir entre sombras, sabiendo que algún día otro corazón la haría sonreír como yo lo hice una vez.
Y aunque mi alma se quebró al pensar en ello, supe que ese era el precio del amor verdadero: dejarla ser feliz, incluso sin mí.
Por primera vez, respiré sin miedo.
Y el eco de mi voz, perdido entre la noche, solo alcanzó a decir:
“Que ella esté bien sin mí.”
Rogelio nació en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas el 8 de junio de Rogelio nació en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Es alumno de bachillerato de la UPAEP en el Estado de Puebla, ciudad a la que llegó desde el año 2009 y en la que actualmente radica. Desde pequeño tenía cierta curiosidad por las máquinas de escribir y a los siete años escribió su primer cuento “triste”. Es un adolescente con un fuerte sentido de introspección que le permite plasmar en sus cuentos y poemas la intensidad de su sentir y transmitir la crudeza de las situaciones que vive. En el mes de mayo 2025 fue diagnosticado con linfoma mediastinal de células no Hodgkins, actualmente lucha contra ese padecimiento.
