Dos epílogos errantes

by Yasmín

por Luis Arturo Basave

Parte I

Vous êtes si jeune, si antérieur à tout commencement, que j’aimerais vous prier, autant qu’il est en mon pouvoir, très cher Monsieur, d’avoir la patience envers tout ce qu’il y a de non résolu dans votre cœur et d’essayer d’aimer les questions elles-mêmes, comme des chambres verrouillées, comme des livres écrits dans une langue très étrangère. Ne partez pas maintenant à la recherche de réponses qui ne peuvent pas vous être données parce que vous ne pourriez pas les vivre.

Rainer Maria Rilke

Escribir con las entrañas en las manos

La línea que titula este párrafo introductorio la encontré en una de las cartas de Armonía Somers y es ya una de esas frases que acompañan y revisten mis procesos escriturales al momento de tomar el lápiz o el teclado. Escribo con las entrañas revueltas, casi siempre desde un yo, pues como dice Camila Sosa Villada, “en la escritura es inútil disfrazar una primera persona porque los escritos comienzan a enfermarse a los tres o cuatro párrafos”. Escribo con las entrañas revueltas porque (me) es imposible disociar la letra del trazo de la memoria, del haber y del existir. Vivo y a menudo me desvivo, desde hace lustro y medio, en latitudes bien distantes y distintas a mi tierra natal. Alerta siempre a los embates que significa ser mexicano en derroteros en los cuales mexicaniser se ha vuelto la semántica de cargar el peligro como identidad, de ser una amenaza o, en el “mejor” de los casos, un exotismo tropicalizado. Escribo con el lastre y el dolor al estar emparentado directamente con alguien víctima de esa Hidra de mil cabezas, o más bien de mil capos, llamada narcoviolencia. Escribo desde y a pesar de mi clase social y mi manera de ver la realidad adyacente en mi calidad de inmigrante que tiene mucho de lo suyo y poco de lo que le rodea. No escribo cuando puedo, pero sí cada vez que lo necesito y raramente de un solo tajo: dejo que el texto repose y tome más vitalidad o, cosa que acontece con frecuencia, que agonice luego de su alumbramiento. Tiendo a pensar que en mi escritura también hay un poco de sanación y mucha honestidad, así como un espejo que me dice: este eres y este has sido, ya verás tú qué haces con ello.     

Pero que quede claro desde ya: escribir con las entrañas en las manos no forzosamente se traduce en una visceralidad desmedida (válgase el nivel de pleonasmo que se le quiera endilgar al término); también se puede escribir desde la templanza y, creo yo, con la dosis prudente de estima hacia uno mismo y lo vivido. Así, el par de bloques siguientes se pliega como una bisagra que entrelaza dos temporalidades de los dos tipos de años que orbitan mi pensamiento: el primero entendido como el año escolar sobre el cual, quienes trabajamos en la docencia, regimos nuestra cotidianidad y medida del tiempo; el segundo (que llegará como parte II de este texto) se inscribe al año gregoriano que marca el ritmo de casi todo el mundo, ese círculo de tiempo que buena parte de la humanidad trazó para seguir al Sol, medida con la que contamos la vida.

Desdoblamiento del viaje eterno

Toulouse, 12 de junio de 2025

Escribo estas líneas muy adrede, desde un lugar que resulta preciado, metafórico y al que he llegado tras un accidentado camino. Vivo en Toulouse y ahora mismo estoy en el campus de la universidad donde concluyo mi primer año de doctorado: la UT2J, otrora conocida como Mirail. Estoy, pues, en la biblioteca del edificio donde estos dos semestres di varias clases y donde se encuentra un despacho que ocupo con hartísimo entusiasmo. Me considero privilegiado en numerosos talantes: imparto asignaturas que me suponen una carga de trabajo lo bastante equilibrada para compaginarla con las horas que le dedico a la embrionaria investigación de mi tesis; y alquilo una habitación iluminada y espaciosa, en un departamento que comparto con dos compañeros que navegan mares distintos al mío en el amor y en la mirada del mundo, pero cuyas corrientes humanas –interseccionalidades que entrelazan la clase, la etnia y nuestra condición de inmigrantes– hacen amarres con las mías, haciendo de este espacio compartido un pequeño archipiélago de comunidad y calidez. Habito, así, una casa que es un hogar y una universidad que ya siento mi casa.

La palabra mirail significa espejo en occitano y hoy ha sido uno de los días más especulares que he vivenciado desde que llegué a esta ciudad. Lo reitero y lo enfatizo: es 12 de junio de 2025, último día de este año escolar en el que vendré a la facultad ya que trascurriré el verano en México a partir de la próxima semana. Hace exactamente un año me apersonaba por primera vez en este campus, me recuerdo –me veo– sentado en las bancas de afuera, sin acceso a ninguno de los edificios, sin despacho –sin cuarto– propio, sin nada concreto que me relacionara con esta universidad, pero sí con un proyecto doctoral en mano que venía a presentar y a defender para que me dieran la financiación que me permitiría cumplir el sueño de cualquier discente: que te paguen por estudiar. Estaba vestido con la misma playera que tengo puesta ahora, una polo azul marino, con una mancha de cera en la parte inferior aferrada a la tela desde hace cinco años, procedente de un cirio que tenía en mis manos a los nueve días de los funerales de mi hermano y cuyas gotas se impregnaron en la tela para zanjarse y afianzar con ellas ese momento de extremo dolor. Era la playera que se había puesto mi hermano en esa última Navidad que pasamos en familia, a menos de diez días de su injusto, mezquino y violento ataque; y la única prenda de él que pedí que me heredaran. Dado el valor sentimental que le he atribuido, me la pongo solo en ocasiones especiales: en el que fuera el cumpleaños de mi hermano o el mío (y dejo el imperfecto del subjuntivo ahí para ambas fechas), pero también en un día como el del año pasado y como hoy.

Situado en este mismo espacio, hace un año reflejaba todas mis expectativas en una oportunidad que sería una de las más recompensantes de mi vida universitaria: la de un contrato doctoral, es decir, una beca que financiaría tres años de investigación de mi tesis. Contrato que no obtuve, ¿que no logré obtener?, ¿que no quisieron que obtuviera? No lo sé y quiero pensar que no merece la pena saberlo. Pocos días después, escribía un texto que titulaba El viaje eterno y que catalizaba mi sentipensar a propósito de esta oportunidad que me había sido negada, pero también de todo lo que venía cargando anteriormente respecto a mi lugar y locus de enunciación en tanto que inmigrante en este país cada vez más carente de igualdad y fraternidad, de cara al agobio de tener que demostrar perennemente de una y mil maneras que puedo ser tan “buen ciudadano, tan válido” como otra persona de tez más clara y de orígenes más locales, lo que sea que eso signifique. Un texto escrito con el ánimo y el alma desmoronadas, que aludía al constante viaje de retorno a un no-lugar, un viaje que parecía no tener fin. Un viaje en el cual había perdido la brújula, la claridad y el brío.

El título, más que la alegoría a esa piedra de Sísifo que inclemente rodaba cuesta abajo una y otra vez apenas comenzaba a atisbar la cima, hace referencia y toma impulso de la íntima obra de Camila Sosa Villada, El viaje inútil. De esos textos que se escriben con las entrañas en las manos y que he leído y releído en diversos lugares y acompañado de distintos fantasmas. Hoy también escribo con las tripas, pero igualmente desde el corazón, desde el alma y –lo digo con mucha cautela– desde la alegría revestida de una cierta levedad. Hoy quiero plasmar una suerte de continuación del extenuante viaje que fue aquel sinsabor del año pasado.

Aclaración contextual necesaria: semanas después de que me cerraran la puerta del contrato doctoral, los juegos del sino abrieron una luminosa ventana: un puesto de investigador-docente al que pude postular gracias a un concurso nacional que había aprobado el año anterior en Francia (al menos para eso sí tuve esa Liberté). Fue la llave que me permitió dejar atrás la jaula de oro de la ciudad en la que vivía antes –cuyo nombre no voy a proferir, temeroso de despertar sus demonios dormidos– e instalarme en esta nueva, que veo como promesa de un tiempo todavía por escribirse.

Hoy, además, a un año de todo lo que recién rememoro, salió a la luz mi primer artículo académico escrito en francés o, tout court mi primer artículo escrito, que versa precisamente sobre la obra de Camila Sosa Villada. Como todo primer texto académico, ciertamente, estará lleno de imperfectos, de palabras, frases e ideas que podría modificar, pero –permítaseme ser indulgente conmigo mismo– no deja de ser una satisfacción, el reflejo de ese yo de antes, que habría escrito esas palabras de otra forma, porque entonces no era el mismo que soy hoy. Y está bien: ya lo dijo el conocidísimo aforismo, nadie se baña nunca en las mismas aguas. El yo de hoy se siente contento y celebra haber emprendido el enrevesado viaje que lo trajo hasta aquí. El Luis de hoy disfruta, trata de aprovechar y vive la Toulouse que le negaron al yo de un año atrás. Y con eso me conformo: con eso tengo ya bastante quehacer.  

Quiero que esta pausa de viaje, que este último día que vengo a Mirail antes de volver a casa, sea la proyección de un año tan intrincado como edificante, con sus respectivos e ineludibles titubeos y desconciertos; pero también cargado de goce luego de haber encontrado a la gente que conocí aquí, de haberme sumergido en las lecturas que pude descubrir, de haber enseñado y aprendido en las aulas que hoy me abrazan.

El texto del año pasado lo terminaba con una frase que, a guisa de oxímoron, llenaba y cimbraba la última página y mi vida en ese momento: vacío. Hoy me propongo a concluir este apartado, este año escolar y este renacer con una frase antónima y continuada:

Gracias por todo lo dado…


Luis se graduó de las licenciaturas en lengua francesa e inglesa en la Universidad Veracruzana, de una maestría en Estudios Hispánicos en ultramar y funge el papel de cronopio errante ad eternum. Actualmente estudia su doctorado en la Universidad de Toulouse.

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