EN LA ANTESALA DE LA FIL: MEMORIAS, VIAJES Y SEPARADORES
Hay lugares a los que una vuelve no solo por cariño, sino porque allí quedó algo nuestro que deseamos recuperar. Guadalajara es ese sitio para mí. No solo porque amo profundamente la ciudad con sus ritmos, su calor, su manera particular de habitar lo literario, sino porque quizá fue allí donde comencé, de verdad, a sentirme escritora. Tenía pocos años cuando participé en un Encuentro Nacional de Escritores, todavía insegura, todavía temblorosa, y fue en esa ciudad donde por primera vez alguien me habló como si mis palabras tuvieran un lugar propio en el mundo. A veces pienso que mi escritura empezó allí, en esa revelación temprana que no entendí del todo, pero que me acompañó como una brújula silenciosa. Después regresé para presentar mi primera novela. Cada vuelta fue una pequeña ancla que me sostuvo.
Por eso ahora, en estos días previos a que comience la Feria Internacional del Libro de Guadalajara —este sábado 29 de noviembre—, siento una mezcla peculiar de emoción, gratitud y vértigo suave. No es “un evento más” en la agenda: es un regreso. Una conversación pendiente con esa Alejandra joven que soñaba con publicar, con tener lectores, con vivir de y para la literatura. Y me entusiasma pensar que llegaré con El amor está en otra parte, que podré encontrarme con lectoras y lectores, firmar ejemplares —ese gesto que siempre me conmueve— y participar, el viernes 5 de diciembre, de 20:00 a 21:00 hrs, en un espacio que nació como una sugerencia editorial pero que he logrado colocar en un lugar propio: un pequeño taller para crear separadores.
Sé que suena sencillo. Y sí, lo es. Pero tal vez por eso mismo me está empezando a gustar tanto la idea. Un separador es una pausa, un rastro, una señal que dejamos entre páginas como quien marca un latido. Es una forma de decir “aquí me quedé”, “aquí tengo que volver”, “esto me sostuvo”. Mis cuentos hablan de eso: de las huellas que dejamos y de las que seguimos; de los cortes y los retornos. Un separador es, al final, un objeto que acompaña una lectura —y mis cuentos están llenos de esos pequeños gestos que sostienen o fracturan una vida.
Y aquí viene algo importante: el taller no será solamente manual, sino también literario. Durante la sesión compartiremos preguntas, referencias, ejercicios breves de escritura y formas de pensar el cuento desde la fragmentación, la pausa y la memoria. El separador será la parte tangible, pero el corazón del encuentro estará en la conversación: cómo leemos, cómo escribimos, qué hacemos con lo que nos marca. Quiero que sea un espacio cálido, breve, creativo, para lectoras y lectores que quieran asomarse un poquito al pulso interno del libro.
Sin pretensiones, el taller será eso: un lugar para jugar con la materialidad de la lectura y, tal vez, para pensar por qué volvemos a ciertos libros, a ciertas frases, a ciertas personas. A veces leer —igual que escribir— es simplemente eso: buscar un sitio al que queremos regresar.
Llego a esta FIL con el corazón todavía vibrando después de un viaje reciente por Colombia. Un país donde la literatura se respira, donde los libros circulan como amuletos y donde la conversación se vuelve puente, mano extendida, territorio común. Descubrí librerías hermosas, pero Ítaca se quedó conmigo de manera especial. Ítaca no solo vende libros: los celebra, los acomoda con afecto, los recomienda con una responsabilidad luminosa. Pasé horas ahí, conversando, hojeando, sintiéndome parte de algo más grande. Saber que Ítaca también estará en Guadalajara me hace ilusión: la literatura, al final, es también reencontrarse en geografías distintas.
Si algo me ha dejado este año —entre viajes, lecturas públicas, presentaciones, conversaciones inesperadas— es la certeza de que la literatura no ocurre en soledad. Una escribe en silencio, sí, pero el libro se completa cuando llega a otras manos. Lo verdaderamente milagroso no es el proceso privado, sino lo que sucede después: la lectora que subraya una frase, el lector que me escribe desde otro país, la persona que se acerca para decirme que un cuento le trajo un recuerdo. Ustedes hacen posible todo esto. No es un adorno: es una verdad que me sostiene.
Y ahora, mientras la FIL se aproxima, mientras reviso mi agenda y siento que algo en mí se acomoda, regreso a esa felicidad callada que solo me da la literatura. Esa que no hace ruido, pero permanece. Esa que me recuerda que escribir es también compartir, escuchar, agradecer. Que un libro es un puente, y que quienes lo cruzan son quienes lo vuelven real.
Si pasan por la FIL, me encantará verles. Compartir un momento, una firma, una risa, un separador, un ejercicio de escritura. Volver a Guadalajara con mis palabras y mis afectos es un privilegio que no doy por sentado. La literatura vive en estos encuentros: en los cuerpos que leen, en las voces que se cruzan, en las historias que nos transforman.
Nos vemos muy pronto en Guadalajara. Yo llegaré feliz, agradecida y un poco más escritora que la última vez.

Alejandra Gotóo (Ciudad de México, 1991) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas por la FFyL, de la UNAM. Después se aventuró a la maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Colombia y Croacia, entre otros. En proyectos recientes ha explorado las intersecciones entre las experiencias de profesionales de la salud durante la pandemia de COVID-19. Realizó su investigación de posgrado sobre las vidas en la primera línea de batalla contra el virus. Su anhelo actual son las experiencias compartidas; las comprensiones mutuas. Durante sus elucubraciones encontró algo que antes no había logrado sentir de este modo, los cuerpos humanos, animales, y los espacios se entrelazan de una manera que podríamos sintetizar con la palabra paradoja. Ama a su perro peludo, el mathrock y el juguito de las satsumas.
