VIE PARFAITE

by Yasmín


CINCO MESES, veintiún días.

Sin Sol.

Sin voz.

Sin cuerpo que me pertenezca.

Despertar no fue volver a vivir.

Fue abrir los ojos y no saber si aún pertenecían a mí.

El aire no era aire, era un líquido denso

que se colaba por la tráquea,

raspando, quemando, recordándome

que incluso respirar puede doler.

Vi el techo antes que el cielo.

Vi tubos antes que manos.

Vi sombras con cubrebocas

y voces que decían mi nombre

como si estuvieran probando si todavía era real.

No supe quién era.

No supe en qué tiempo estaba.

Intenté mover un dedo y fue como pedirle a una piedra que llorara.

Mis labios secos no obedecían,

mi lengua era un trozo de metal.

Todo el cuerpo era una carta rota.

Hubo sangre en mi boca,

lágrimas que no sentí rodar,

y el primer reflejo que vi fue el de un desconocido.

Un rostro hundido, pálido,

con las costillas marcadas como barrotes.

Tardé minutos en entender que era yo.

Verme fue peor que morir.

Era ver la guerra después de la guerra,

sin soldados, sin héroes,

solo un sobreviviente que aún no sabe por qué sigue aquí.

Pensé en Romina.

Pensé si su voz seguiría igual,

si su risa seguiría brillando sin mí.

Pensé si sus labios aún recordarían el sabor de los míos,

o si mi ausencia ya se había disuelto en el tiempo.

Los doctores decían “mejoró”,

pero nadie entiende que mejorar no significa vivir.

Significa seguir en pie dentro de la ruina.

Cada amanecer era un recordatorio

de que mi cuerpo ya no era mío,

sino una máquina prestada,

una promesa a medio cumplir.

Cuando dormía, soñaba que corría,

que podía tocar su cara sin cables de por medio,

que su cabello dorado me rozaba el cuello

como un sol tibio derritiendo el miedo.

Pero despertaba y solo había ruido,

y una enfermera diciendo “tranquilo, estás bien”.

No estaba bien.

No sabía qué era estar bien.

Había aprendido a medir mi esperanza en mililitros,

a contar mis respiros como si fueran monedas.

Había noches en que llorar era imposible

porque hasta las lágrimas se negaban a salir.

Y en medio de esa pesadilla consciente,

en ese infierno estéril de batas azules,

tu voz, Romina, se filtraba entre las máquinas.

Tu voz me atravesaba la niebla.

Me decías sin decirlo: no te vayas todavía.

Yo te obedecí.

Seguí respirando aunque el aire me quemara.

Seguí soñando aunque el cuerpo no respondiera.

Seguí vivo por instinto,

por amor,

por ti.

He aprendido que vivir no es vencer la muerte,

sino sostener la vida aunque tiemble.

Y lo hago, Romina.

Cada día, cada hora,

me levanto desde los huesos

solo para buscarte entre mis pensamientos.

Porque si alguna vez creí que el amor era fuego,

hoy sé que también es respiración.

Es ese hilo invisible que me une a ti

aunque la distancia sea hospital, distancia, miedo.

El amor, Romina,

es lo que hace que los muertos abran los ojos.

Y cuando vuelvo a dormirme,

no rezo, no suplico, no pienso.

Solo me digo:

que ella esté bien,

que siga riendo,

que cuando despierte…

todavía pueda amarla.

Pensar que alguna vez a mis amigos abrazaba,

que el dolor era tan poco que podía esconderse con una risa.

Pensar que alguna vez viajé sin miedo a explotar por dentro,

que el cielo no era un techo de hospital,

sino un océano donde podía perderme sin permiso.

Pensar que alguna vez creí que la muerte

era algo que pasaba a otros.

Y ahora sé que vive conmigo,

que a veces me mira desde el espejo,

y que aun así —contra toda lógica—

el corazón insiste en latir.

Hay momentos en que la noche me traga.

El bip del monitor es mi canción de cuna,

el aire se vuelve una cadena

y los sueños se confunden con el dolor.

Pero cierro los ojos

y allí estás tú, Romina.

Rubia, de piel tibia,

con esas galaxias bailando en tus mejillas,

y esa mirada que podría encender un cuerpo sin alma.

Me tocas el rostro, y mi respiración vuelve.

No hay ciencia que lo explique.

Es amor devolviéndome al mundo.

Te veo caminar hacia mí entre luces blancas,

como si el hospital fuera una galaxia congelada.

Tu voz es un río que me empuja hacia la orilla.

“Despierta”, dices.

Y lo hago.

Te obedezco como si fuera un milagro cotidiano.

Siento tu mano rozar la mía,

la misma que alguna vez no pude mover,

y por primera vez en meses

mi cuerpo responde.

Tiemblo.

Lloras.

Y ese llanto tuyo, amor,

duele más que cualquier aguja,

más que cualquier diagnóstico,

porque sé que cada lágrima tuya

fue una promesa que no quise romper.

El mundo me ha arrancado tanto…

mi peso, mi voz, mi pelo, mi fuerza.

Pero no ha podido arrancarte de mí.

Tú sigues aquí,

como una herida que no sangra,

como un sol que no se apaga.

Hoy, mientras los médicos dicen “está estable”,

yo miro mi reflejo en la ventana

y no sé si soy el mismo.

Soy otro.

Soy todos los que murieron y volvieron conmigo.

Soy la suma del miedo, la sangre y la esperanza.

Y aun así, sigo de pie.

He aprendido que vivir no es tener fuerza,

sino temblar y no rendirse.

He aprendido que un cuerpo roto

también puede ser un templo.

Y que el amor —tu amor—

es la única anestesia que no adormece,

sino que despierta.

Cuando el alba se filtra por la persiana

y el hospital huele a metal y jabón,

cierro los ojos y susurro:

“Gracias, vida.

Gracias, dolor.

Gracias, Romina.”

Porque incluso si mañana no amanece,

ya he conocido el paraíso:

fue cuando ella me tomó la mano,

cuando su voz atravesó la muerte,

cuando su beso me enseñó que seguir respirando

también puede ser un acto de amor.




Rogelio Rochin Arroyo (México, 17 años) es un joven escritor y poeta cuya obra explora la fragilidad del cuerpo, la memoria emocional y la manera en que el amor sostiene incluso en los momentos más oscuros. Su trabajo se caracteriza por una voz íntima y madura, capaz de transformar la vulnerabilidad en una fuerza narrativa profunda. Con proyectos literarios independientes continúa desarrollando textos que dialogan con la experiencia, el dolor y la luz que persiste a pesar de todo.

You may also like

Leave a Comment