FIEL a mi costumbre de seguir páginas o cuentas literarias en redes sociales, descubrí “El vicio impune de leer” a cargo del historiador peruano Jorge Moreno Matos. En un post del 20 de junio de 2024 leí una referencia a la “literatura B”, que contraria a la “literatura A”, es aquella “literatura popular hecha para el consumo y pasar el rato, que usualmente es mirada por encima del hombro y en la que hay verdaderas obras maestras”.
Además, en la misma publicación, leí que “cuando Henri Charrière se sentó a escribir Papillon, dudo mucho que esperara ganar el Nobel o empezar una carrera de escritor. Lo único que quería era dejar testimonio de su experiencia carcelaria y contar la proeza de su escape, y lo que terminó escribiendo fue una gran novela. Una de las grandes del siglo XX. Eso, por un lado. Y por otro (por eso figuran Azorín, Baroja, Unamuno), recomendar obras de autores muy leídos, sí, pero que han sido injustamente olvidadas”.
Escribo estas líneas en los días finales del verano de 2024 y cuando ya se forman nubarrones al norte de la ciudad, que llegan a buen puerto a través de una lluvia portentosa. Escribo sobre literatura en el comienzo del otoño mexicano y ante la segunda revisión de mi estantería con el único fin de ordenar, a sabiendas de que hacerlo, se traduce en depurar aquello que no tenga razón para estar entre libros que miro a diario y a los que acaricio como a un perro manso. Escribo sin parar, como lo hice cuando redacté “Gripe escritural” y “Biblioteca personal”, pero una voz se manifiesta a gritos —desde la caja de archivo muerto comprada para la ocasión— y me pide ser liberado, regresado al lado de los otros que han sido salvados.
Sin embargo, ahora estoy aquí para confesar lo difícil que resulta depurar mi estantería —que creció en julio con la compra de otro librero rústico— apretujada de innumerables obras y géneros. Mientras sigo depurando y enviando libros a la dichosa caja “Purgatorio”, así le he nombrado y herrado con un plumón tinta negra, recuerdo la biblioteca copiosa del ensayista y traductor José Miguel Barajas, que ojee y hojee en la casa de sus padres en San Andrés Tuxtla, Veracruz: toda una habitación en la segunda planta. ¿Por qué recuerdo lo anterior? Porque a él nunca lo vi con la intención de poner en marcha el proyecto “depuración”, solo tomar libros imprescindibles (uno de Rilke, otro de Pessoa, uno más de Arlt) para llevarlos consigo a su otra biblioteca personal en la fría y neblinosa Xalapa. Pero yo no tengo espacio y necesito continuar con la purga de impresos, y sueño que sueño que al amanecer la biblioteca tendrá un orden envidiable. Y cuando despierto, el caos sigue ahí, y veo que un libro de Augusto Monterroso está por saltar de la estantería, acto que provocaría la muerte definitiva del dinosaurio.
Hace años ordené la biblioteca por géneros y nicho de lectores. Incluso, mis hijos —y Jaime Ruiz Ortiz— saben que he procurado separarlos por categorías o géneros, entre literarios y periodísticos, y también por necesidades inmediatas: porque son los que leeré durante el año, los que tendré que reseñarlos o los que necesitaré para las clases que imparto en la universidad. Esta vez, al escribir “Purga bibliotecaria”, y pese al dolor profundo que esto me causa, depuré la biblioteca personal por medio de una estrategia básica y que llevé a cabo mientras vaciaba las estanterías: separé los libros que regalé en menos de 48 horas entre vecinos y estudiantes, aislé un buen acervo de libros, que por estar repetidos, se los obsequiaré a amigos en sus cumpleaños, reservé otros para su venta, y guardé en la caja de archivo muerto los que solo saldrán de ahí en caso de ser necesario. Sin embargo, aún no concluyo la dichosa depuración y estoy a mitad del camino. Hace días me llegaron unos libros de Xalapa. Hace días que ya pido a gritos un nuevo librero. Hace días que recordé las palabras de Mario Vargas Llosa: “Si tuviera que salvar del fuego una sola de mis novelas que he escrito, salvaría esta”, al referirse a Conversación en La Catedral. Así estoy ahora, valorando que salvo del fuego, es decir, de la caja a la que le he dado un nombre.
Si bien en esta enésima etapa de limpieza no logro ordenar el caos, al menos lo contengo, pero una pirámide de periódicos, sobre todo del Diario Presente, me recuerda que la salida con destino al orden será una réplica del laberinto de Creta. Confieso que ya encerré a varios autores y autoras en la dichosa caja, previa revisión o inventario. Podríamos decir que la literatura A (y esto siempre será arbitrario y estará sujeto al criterio y experiencias lectoras, como sucede también con la “imposición” del canon literario) quedó a la vista de todos, incluyendo a la literatura B, pero en esta misma confesión reconozco que a “Purgatorio” envié libros que estarían en la clasificación de C, D y E, impresos que a la vuelta de un año o un poco más, no garantizaron llegar a la otra orilla. Sé que, por estima o cercanía, algún día saldrán de la cárcel de cartón y volverán a vivir en mis ojos o en otros, pero vivirán. En resumen: la depuración suele ser una responsabilidad faraónica que pocos quieren asumir.
De hecho, hace poco liberé a un autor a propósito de su partida y regresó al espacio que había ocupado con anterioridad y desde hace cinco años. Es difícil este proceso y sé que el lector de oficio pasará o ya está pasando por el dilema que representa el depurar una biblioteca personal, en donde se suman libros académicos o infantiles o religiosos. Más allá de depurar también están los otros riesgos, como la acumulación de polvo, de hormigas, y en el peor de los escenarios, que aniden los ratones; como los roedores que destruyeron uno de mis ejemplares de la Revista Mexicana de Comunicación, medio que siempre me evocará el nombre de Flor de Liz Pérez Morales.
Ante todo, debo decirles que soy un inexperto como bibliotecario y que mis lecturas son escasas si las comparo con adultos más avezados. El próximo año cumpliré tres décadas de lectura ininterrumpida y cada día me siento ignorante de las cosas y de la vida. Como discípulo, presto atención a ensayistas y reseñistas, a críticos y comentaristas, sobre qué leer y de qué leer. Lo mismo aprendo de Zenda —una zona para conocer de novedades literarias—, que de leer las recomendaciones de Federico Guzmán Rubio @feguz77 o la cuenta @LitPerdida, de Mauricio Montiel Figueiras, escritor y editor mexicano, así como de los suplementos Laberinto, Babelia, El País Semanal, Dominga, Confabulario, entre otros.
Las bibliotecas personales son al mismo tiempo casas y hoteles de paso, donde algunas obras permanecerán hasta el último latido del corazón, aferradas a una misma habitación, y otras más solo estarán un breve momento para después atravesar la puerta. La acumulación de libros, para su lectura, consulta, o solo por el placer de poseerlos, se siente con el tránsito de los años, y en la vejez todo aquello, impreso y encuadernado, pesa como un barco metálico cuando es botado a la margen del río. Y si la vida es justa contigo, ya no verás lo que tus descendientes harán con ellos, que, en la mayoría de los casos, será regalarlos, dejarlos morir entre telarañas, consumidos por los rayos del sol o vendidos a granel. Solo una minoría de herederos sabe qué hacer con aquello que acumuló el abuelo, la abuela, el padre o la madre. Y este también será mi caso. Es lo que creo.

Kristian Antonio Cerino Córdova es académico, escritor y periodista. Realizó estudios de Comunicación y Docencia en la Universidad Juarez Autónoma de Tabasco y de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Veracruzana. Es autor del libro Breve encuentro con los otros. Relatos periodísticos (2023), es co-autor de los libros: El hombre que se convirtió en espejo, publicado por la Universidad de Guadalajara (2012), y de Mundial de futbol Brasil 2014, por la Universidad de Colima (2015); Ha ganado premios de periodismo en el género de Crónica (2004, 2005 y 2006), y el Premio Tesis UJAT (2012). Ha sido becario en la Fundación Prensa y Democracia (Prende) y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (Fnpi). En la última década, se ha desempeñado como árbitro y revisor de artículos académicos en revistas nacionales e internacionales: en “Ciencia y Sociedad” del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, República Dominicana, y en “Herencia”, de la Universidad de Costa Rica. Es profesor e investigador en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco desde 2007, y en la Escuela de Escritores “José Gorostiza”. Actualmente escribe un ensayo sobre la obra narrativa del escritor colombiano Álvaro Mutis.
@Librodemar
