EL CANTO DE LA SIRENA

by Yasmín

La escritura de La Caricia de una hoja: un proceso abierto entre la herida, el lenguaje y la responsabilidad

Escribir este libro ha sido un trabajo de desenterrar voces y, al mismo tiempo, de protegerlas. No es un proyecto que se pueda cerrar de golpe ni una escritura que permita una clausura sencilla. Cada poema exige acercarse por completo a historias de mujeres que murieron por suicidio en Aguascalientes, y exige también una distancia suficiente para no convertir esa cercanía en un gesto imitativo o en una repetición del daño.

Quizá lo más difícil ha sido aceptar que la materia del libro no es la muerte en sí, sino todo lo que la antecede: la vejez desatendida, los cuerpos cansados, la precariedad, el silencio familiar, la violencia estructural, las madrugadas sin recursos, la falta de redes, los trayectos rutinarios que desembocan en un margen peligroso. El suicidio aparece como un punto final, pero el libro trabaja en la línea anterior, esa línea quebradiza donde el mundo deja de sostener.

Mi propia historia —haber sobrevivido siete intentos suicidas— me colocó en una posición doble: por un lado, entiendo el caos, la urgencia y la confusión del borde; por el otro, esa experiencia no bastó para escribir sin riesgos. Al inicio contaminó los textos con una literalidad peligrosa, con impulsos confesionales que no siempre protegen al lector. Los primeros borradores parecían anotaciones clínicas de un desborde interno más que poemas.

Para escribir sobre suicidio no basta haberlo atravesado: se requiere trabajo crítico, distancia poética, reflexión lingüística y una disciplina ética que impida que la palabra reproduzca la herida. De ese trabajo surgió también la conciencia de que la metáfora no aparece por sí sola: hay que construirla. Hubo que eliminar versos enteros, desmontar detonantes y rehacer poemas para que el lenguaje no se convirtiera en peligro.

Este libro trabaja con suicidios consumados. No narra tentativas ni crisis abiertas. No propone alternativas terapéuticas ni intervenciones clínicas, no porque estas no sean importantes —lo son profundamente— sino porque en este proyecto se trabaja con un archivo ya cerrado.

Es importante aclarar, como señala el título del proyecto PECDA 2024, que no realicé investigación de campo ni entrevistas, ni entré en contacto directo con familiares, autoridades o instituciones. La metodología fue otra, una exploración poética sustentada en:

documentación de acceso público en internet,

revisión de notas periodísticas,

lectura de teoría sobre comportamiento suicida y su conceptualización,

análisis de protocolos de manejo mediático del suicidio,

y la lectura profunda de obras literarias afines como
Hilos de Chantal Maillard,
Daniel: voces en duelo, y
Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett.

En todo momento se buscó utilizar el genio poético como herramienta principal de indagación, entendiendo la poesía como una forma de conocimiento sensible e interno. No se trata de recopilar datos ni de reconstruir expedientes: se trata de pensar, desde el poema, cómo se construye la memoria de quienes no pudieron contarse a sí mismas. El proceso sigue abierto porque la materia del duelo sigue abierta.
Cada caso exige una nueva forma, una nueva vigilancia, un nuevo ajuste de la voz.

Pronto comprendí que algunos poemas caían —sin querer— en zonas del discurso Werther, ese modo de narrar el suicidio donde la muerte aparece como destino, como belleza, como única salida o como gesto iluminado. Es el discurso que históricamente ha producido imitaciones, donde la palabra se vuelve imán para lectores vulnerables.

Detecté versos como:

“no había otra opción”,
“tenía que quitarme la cabeza para no pensar”,
“para que alguien nos encuentre forma”.

Eran versos importantes para el desahogo, pero peligrosos para el libro. Debían corregirse porque acercaban el texto a una narrativa fatalista, imitativa o justificadora. Eliminarlos fue necesario para recuperar la responsabilidad poética.

Frente a ese riesgo, releí a Chantal Maillard, quien escribe la herida sin convertirla en invitación. Su pensamiento poético se sostiene en una distancia meditativa: observa el deseo de desaparecer como fenómeno mental, no como mandato. Maillard acompaña sin estetizar. Su escritura es un espacio donde la oscuridad se piensa, no se celebra. De ella aprendí que un poema puede nombrar el dolor sin ensalzarlo; que puede hacer visible el límite sin empujar al lector hacia él.

Piedad Bonnett, en Lo que no tiene nombre, aborda el suicidio de su hijo con una lucidez que no glorifica ni convierte la herida en espectáculo. Su escritura crea un espacio de dignidad para la muerte y para quienes la sobreviven. Bonnett escribe desde la verdad, sin dramatización, sin mitificación, sin romanticismo. De ella aprendí que la poesía puede mirar la muerte con respeto y claridad, sin volverla ícono ni mito.

Varias piezas fueron modificadas para evitar caer en el discurso Werther. Aquí solo las piedras lloran fue reescrito casi completo, transformando el determinismo en contexto y el gesto final en síntoma social.

Otros fragmentos fueron eliminados por completo, por ejemplo:

“quiero morir, lloro, tengo miedo de morir”,
“quisiera dormir profundamente en lo más hondo del océano”,
“una prenda atada con un nudo que sostiene mi peso”.

Estos versos, aunque sinceros y emocionalmente intensos, eran demasiado literales. Podían detonar riesgo de identificación en lectores vulnerables. No fueron eliminados por pudor, sino por ética. El suicidio no es una enfermedad, pero tampoco es un fenómeno exclusivamente social. Es un evento multifactorial, donde confluyen:

vulnerabilidad psicológica,
enfermedad mental,
trauma,
precariedad económica,
edad avanzada,
soledad,
violencia estructural,
abandono familiar,
falta de atención clínica,
silencio institucional.

Este libro no lo simplifica. No ofrece explicaciones únicas. No reduce el fenómeno a un solo eje. Cada poema se construye como una constelación: un entramado donde múltiples fuerzas empujan hacia un final que ya ocurrió.

Escribir La caricia de una hoja ha sido aprender a nombrar sin glorificar, a recordar sin repetir, a honrar sin estetizar. No cierro este proceso porque no puede cerrarse. Cada historia exige un nuevo cuidado; cada poema vuelve a abrir el archivo; cada imagen obliga a preguntarse si el lenguaje sostiene o si lastima.

Este libro no pretende resolver la herida.
Pretende mirar lo que la sociedad dejó caer.
Pretende escuchar lo que nadie escuchó.

Es una escritura en proceso porque la herida también lo es. Los poemas de La caricia de una hoja comparten características que se consolidaron a lo largo del proceso:

Una imaginería vegetal, mineral y corporal, que traduce el dolor sin usarlo de manera literal.

La caída como símbolo, nunca como instrucción; como fractura emocional y social, no como método.

El uso de la naturaleza como alteridad empática, un espacio donde estas mujeres —ya sin posibilidad de hablar— encuentran un eco que la comunidad no les ofreció.

Un lenguaje que evita la glorificación, que rehúye la tentación romántica y se aferra a la dignidad de quienes murieron.

Una ética de la distancia, donde el yo no arrastra al lector a la herida, sino que permite observar su forma, sus bordes y sus causas.

La comprensión profunda de lo multifactorial, que reconoce los múltiples ejes que confluyen en cada muerte: edad, soledad, precariedad, trauma, enfermedad mental, abandono institucional.

Cada poema nace de la conciencia de que escribir sobre el suicidio implica no solo decir, sino también cómo se dice. Implica mirar sin espetacularizar, registrar sin exhibir, transformar sin deformar. La poesía aquí no ilumina la muerte: ilumina el abandono previo. No glorifica el final: revela las condiciones que lo hicieron posible. No levanta monumentos: levanta memoria. Y si este libro sostiene algo, es que ninguna mujer desaparece sola. Su cuerpo, su historia, su caída siguen formando parte del entramado colectivo. El duelo, la responsabilidad y la lectura misma pertenecen al bosque entero. Porque —como escribo en uno de los poemas centrales— “el árbol caído forma también parte del bosque.”







Arely Jiménez (Aguascalientes, 1992). Es poeta, feminista y paciente renal. Ha publicado libros de poesía como Madre Piedra y otros poemas (UAA, 2019), La noche es otra sombraMetamorfosis de la O (Sangre Ediciones, 2020) y SiRenal (Arde Editorial Chihuahua, 2023). En el 2021 obtuvo Mención Honorifica en el 39° Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos», en el área de narrativa con su libro Los árboles no son tan altos de noche.

Fotografía de portada de Yasmín Rojas 

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