Non mi ha mai veramente coinvolta –nemmeno letterariamente– il riampianto di come era bella la vita prima di una qualche rivoluzione. Ho sempre sentito di più l’allegria dei rivolgimenti, e perciò ho messo a fuoco tardi che quell’allegria, quell’entusiasmo, non sono necessariamente in contraddizione con una sofferenza di fondo.
Elena Ferrante
Dulcis in fundo: el viaje interno
Roma, 31 de diciembre de 2025
Qué arduo es plasmar el estado de ánimo y los estados del alma cuando se está situado en la serenidad casi completa. Resalto en cursiva y ex profeso el adverbio casi porque desconfío de cualquier sentimiento que conlleve el título de “plenitud”. No creo y no busco en nada ni la felicidad plena ni la entrega total ni el amor inconmensurable. No desde que partió mi hermano. Es más, veo a la noción de la felicidad con harto recelo y escepticismo. Y me parece sano encontrarles la mesura a los sentimientos: sus lindes y su fugacidad. “Sin dolor no te haces feliz”, reza la famosa canción que a más de uno nos llenó de aire los pulmones cuando –en los albores de este siglo– veíamos los Unplugged frente al televisor, cuando medíamos el tiempo por singles que iban apareciendo de nuestros cantantes y grupos favoritos y esperábamos a que los pasaran en algún canal de música por suscripción o, para quienes éramos menos privilegiados, en el Top Ten musical que transmitían los sábados a mediodía por televisión abierta. Otra canción, de esas que se escuchaban en las tiendas de mi pueblo costeño, decía que si no sabemos del dolor no conoceremos jamás la alegría, mediante la consueta alusión a la belleza de la rosa, la suavidad de sus pétalos, pero también de su necesario paso por el tallo espinoso que salvaguarda su superior beldad. A Ovidio se le conoce una línea que dicta: “Es grande la inspiración del dolor y la habilidad acude en las situaciones desgraciadas”. Es el padecimiento, pues, el justo medio que atenaza el cuerpo con sus aguijones para llevarlo al júbilo y hacer posible la praxis de la iluminación. Partiendo desde esta lógica, se vuelve compleja la ejecutoria literaria desde el bienestar, la satisfacción y la calma sin que se corra el riesgo de parir textos cursis y someros, como puede serlo este mismo que estoy escribiendo. A manera de epígrafe, Mia Couto cita en uno de sus cuentos un proverbio africano que enuncia y anuncia que fue en las aguas más calmas donde el hombre (la humanidad) se ahogó. Temo, por mi cuenta, que este texto adolezca de ligereza, tan superficial que no alcance a tocar, ni por un instante, las aguas hondas del espíritu. Qué arduo es plasmar el estado de ánimo y los estados del alma cuando se está situado en la serenidad casi completa.
Hoy, con el 2025 agonizante en esta parte del globo y ya finado en las latitudes orientales (partiendo desde nuestra visión occidental y/u occidentalizada), puedo decir que el año lo culmino con la imperturbabilidad necesaria. [¡Qué conciliador conmigo mismo me he vuelto!, espero de verdad no ahogarme en mis propias aguas] No con alegría desbordante, porque llevo varias noches sin poder dormir las horas suficientes pensando en escenas de vida (y no debidas) que jamás encontrarán cuerpo, nacidas de las múltiples carencias que, inevitablemente, atraviesan la experiencia humana. Y así como no creo en la felicidad pura, tampoco me parece nada mágico el periodo decembrino. De hecho, en Europa me resulta mucho más acuciante que en México: el estrés de amistades y gente conocida al momento de escoger el regalo obligatorio para el hermano de la pareja o la tía del amigo; los precios disparatados de los boletos de avión y de tren para volver a casa; los supermercados ahítos de familias poco amables entre sí que tienen que preparar cenas y reuniones casi siempre por compromiso y raras veces por amor. Y yo ahí en medio de esos discursos y conflictos que año con año me parecen monótonos y aburridos, innecesarios y –la verdad– muy de gente blanca. Una aclaración no pedida aquí: no es que me dé yo aires de Grinch tropical, ni que odie o aborrezca la Navidad y toda la parafernalia que con ella desfila, simplemente le perdí el interés y la admiración desde que no está mi hermano. La razón es evidente y –convengo sin chistar– digna de horas y horas de terapia: no me interesa festejar nada en familia cuando todavía –cito aquí otra de esas canciones que tanto sonaron en mi pueblo y en mi infancia– respiro por la herida. Y mucho menos desde un hemisferio que establece dinámicas agotadoras y repletas de privilegio de clase.
Releo este apartado y siento que el texto comienza a amargarse. No es mi intención y no quiero convertirlo en ninguna suerte de diatriba social. A la vez, sigo con el temor de endulzarlo demasiado. Trataré pues de dulcificarlo en su justa medida con la genuina intención de que el ácido no invada mis papilas ni mis intenciones. Basta apenas un toque de azúcar para que el sabor encuentre su equilibrio, como me enseñaron mis amistades italianas al tratar con respeto su cara passata di pomodoro. Con ese mismo respeto se ha de actuar frente a un texto, un sentir y un momento. En Le piccole virtù, Natalia Giunzburg nos recuerda que la relación con las palabras tiene que ser honesta, a ratos incluso severa, sin tantos oropeles ni vanidades. Hay una frase de ese libro que resguardo con especial deferencia: “La scrittura non nasce dall’ambizione, ma da una necessità interiore che non si può ignorare”. En ella reconozco el respeto, la honestidad y la necesidad de y para con las palabras: tres hilos que la escritora –siciliana de nacimiento, piamontesa de formación– entreteje sin alarde en su escritura y en su manera de estar en el mundo.
Justamente, nel mio piccolo, estoy en Italia, de visita y terminando por tercera ocasión el año aquí. La primera vez fue en 2018, durante un periodo en el que echaba muchísimo de menos pasar estas fiestas en México, con lo mío y con los míos. Cuando todavía mi hermano y otros tantos seres entrañables se encontraban en este plano terrenal. Veo la sección de recuerdos de mi también difunto Facebook y me encuentro con una fotode ese año cuya didascalia describe sentipensares que hoy me llenan de ternura: que el 2018 fue un año en el que con mayor desenvoltura logré desprenderme y relativizar las decisiones no siempre fáciles ni placenteras; en el que caí en cuenta de que por mucho que me esmerase en trazar un camino definido, este siempre se bifurcaría por senderos diversos a veces sinuosos, a veces fluidos. Una reflexión que dista leguas de ser innovadora o genial, pero que no pierde su calidad de certera e infalible. Porque en ese momento no se me hubiera ocurrido que siete años más tarde continuaría por estos rumbos, con el mismo grado de precariedad pero también con un montón de mares navegados. La segunda ocasión que pasé las navidades aquí –ya para entonces mi hermano había partido– fue justo el año pasado, en el exacto lugar donde me encuentro ahora mismo: a dos calles del Tíber, en una zona popular de la Ciudad Eterna, de esos barrios que se asemejan más a una escena neorrealista que a la prefabricada e instagramable postal italiana.
Instalémonos, pues, en el presente y preparémonos para terminar este texto y esta vuelta al sol. A diferencia de México, Europa tiene la costumbre de celebrar el año nuevo con las amistades y no con la familia. En italiano hay una expresión que dice: Natale con i tuoi, Pasqua (o capodanno) con chi vuoi, o sea, Navidad con los tuyos, Pascua (o año nuevo) con quien quieras. Usanza con la que en un inicio no comulgaba, pero que hoy en día me es práctica y útil simple y llanamente porque no tengo más opción que pasar el cierre del año con quien quiera o pueda. En mi caso es con y a quienes quiero. Dos amistades que nacieron al tiempo que la vida de mi hermano se iba apagando. Dos amistades que desde hace ya cinco años han compartido conmigo largas horas de café, charlas y el gusto irrevocable de celebrar las fiestas decembrinas lejos de cualquier obligación social. Otra aclaración no pedida: no estoy diciendo que disfrute pasar año nuevo lejos de mi familia; de hecho, persiste, aún palpitante, ese resquicio de melancolía que asoma cuando la distancia me separa de casa, pero al mismo tiempo soy consciente, me alegra y alivia pasar las postrimerías del año con este otro tipo de familia. Lo que es igualmente valioso, sanador y digno de hacerme sentir en paz. Valorar, seguir sanando y sentirse en armonía a pesar de las dificultades materiales todavía presentes (que no tiene caso detallar aquí), no obstante la muerte y la melancolía, pese a la no realización de tantos anhelos y proyectos. Con todo, que este texto sea lo suficientemente afable, apaciguador, sereno, honesto y necesario. Que sea un texto entrañable y que sus aguas permitan navegar con viento en popa, sin anegarse y hallar en cada frase la hondura que lo sostenga.
¿Es arduo plasmar el estado de ánimo y los estados del alma cuando se está situado en la serenidad casi completa? Miro las líneas apenas escritas y me doy cuenta de que en esta segunda parte los párrafos son densos. Al final, ¿se puede escribir con las entrañas en las manos diciéndose a sí mismo que todo está en orden, que el año fue generoso, que se llega a buen puerto? ¿No aburre escribir y leer textos que no necesariamente tienen que hundirnos en el dolor y la desazón? ¿Acaso no es sano, necesario y honesto detenerse a contemplar cómo ciertos azares han ido encauzando el curso de nuestra existencia? No lo sé.
Tampoco sé si este texto me gustará. ¿Me interesa que este texto agrade o hastíe, que empalague, que zozobre?
Ya habrá tiempo para pensarlo. O para saberlo.
Por el momento, y ahora sí, culmino la redacción y el año reelaborando la cita de Ovidio: puede ser grande la inspiración de la calma y la habilidad es capaz de acudir en las situaciones afortunadas. Después de todo, el 2025 ha sido un buen año. Veremos, a su debido tiempo, qué depararán las aguas venideras, qué otros epílogos arribarán…

Luis se graduó de las licenciaturas en lengua francesa e inglesa en la Universidad Veracruzana, de una maestría en Estudios Hispánicos en ultramar y funge el papel de cronopio errante ad eternum. Actualmente estudia un doctorado en la Universidad de Toulouse.
