Itzel Cabrera
La dignidad y la resistencia siempre encuentran su forma de salir, aún en los escenarios más injustos y complejos.
Mi madre pasó sus años de infancia y juventud como empleada doméstica o como ahora llaman “trabajadora del hogar”. Migró a muy temprana edad a CDMX sin saber leer ni escribir e ingresó a trabajar a la casa de una familia rica. Se levantaba a las 5:00am, antes que los patrones y se acostaba a la media noche, después de ellos. Ganaba un sueldo que no le permitía irse (ya saben, esclavitud moderna). Tenía vacaciones solo una vez al año y no eran pagadas. Hacía de todo en esa casa.
Muchas cosas le parecían absurdas, una de ellas: la necesidad de secar el baño inmediatamente después de que un integrante de la familia se bañara, así pasara que dentro de unos minutos otro integrante de la familia se metiera a bañar. Ella no podía dejar entre uno y otro el baño mojado o medianamente salpicado, pues más allá de la seguridad, un baño mojado era indicio de un baño no pulcro y a la clase privilegiada eso no le gusta. Entonces tenía que secarlo por completo: el piso, las paredes, el lavabo, la taza, el vaho del espejo. Así se bañaran diez veces, ella tenía que dejar el quehacer que estuviera haciendo en ese momento para ir a secar toooodo el baño diez veces en un día.
Cuando ella lo cuenta, yo pienso en la increíble inutilidad de la clase privilegiada y su obsesión por una pulcritud que jamás conseguirán con sus propias manos; la consiguen mediante el trabajo y explotación de mujeres empobrecidas, como el de mi madre y como el de casi todas mis ancestras. La clase alta nunca se hace cargo de su propia suciedad o del agua que salpican.
A mi mamá le daba mucho coraje secar durante todo el día el baño. Pero, ella, sin que los patrones se percataran, secaba el baño con las mismas toallas que usaban para secarse y que dejaban ahí (porque obviamente no eran capaces de llevarlas a secar al sol). Con las mismas toallas que secaban su rostro bien cuidado y sus manitas delicadas e inútiles, mi mamá secaba las gotas de agua en el piso, en las paredes, en la taza del baño y luego las tendía al sol. Experimentaba una especie de gusto.
Cuando me lo contó dijo que sentía un poco de pena ahora al recordarlo porque las toallas se lavaban cada semana, “pobre gente”, dijo. Yo le dije que para mí su acto tenía que ver con la justicia y con la resistencia, con su rebeldía y su dignidad ¡Tenían que encontrar una manera de salir! Si esa gente explotadora quería baños pulcros debía limpiar ella misma. Mi mamá se ríe, le toma un trago a su cafecito y muerde su pan, mientras mira su cocina, nuestro hogar. Qué gusto que se sienta tan bien la dignidad y la resistencia, porque siempre, siempre, encuentran modo de salir.
