SOY Alejandra Gotóo. Escribo porque no sé no hacerlo.
Desde hace años he habitado las palabras: como editora, como narradora, como columnista, como lectora terca. He vivido en varios países, pero hoy estoy de vuelta en la Ciudad de México, que es muchas ciudades a la vez. Me gusta observar lo que parece cotidiano y descubrir lo extraño, lo poético, lo incómodo.
Esta columna será un espacio para pensar en voz alta. Para hablar del cuerpo, de la memoria, de la fe, de lo invisible. Para escribir de lo que duele y lo que sostiene. Para preguntarme (y preguntarte) cosas que tal vez no tengan respuesta.
No tengo todas las certezas, pero tengo las palabras. Y aquí quiero compartirlas contigo. Mi primera entrega es un poema, lo cual me obliga, recuerda, que estoy fuera de mi área de confort:
Desvelo
Extraño la piedra vieja de Zadar,
las calles que crujen bajo la historia,
el eco lento de una lengua
que no era mía y ya lo era.
Sueño con Yugoslavia,
con sus ausencias compartidas,
con las sombras largas del atardecer
que no preguntan de dónde vienes. Pero me hayo —sin buscarme—
en el pregón del pan,
en el silbido de los tamales,
en el rugido ensordecedor del tráfico
que me dice:
estás en casa.

Alejandra Gotóo (Ciudad de México, 1991) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas por la FFyL, de la UNAM. Después se aventuró a la maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Colombia y Croacia, entre otros. En proyectos recientes ha explorado las intersecciones entre las experiencias de profesionales de la salud durante la pandemia de COVID-19. Realizó su investigación de posgrado sobre las vidas en la primera línea de batalla contra el virus. Su anhelo actual son las experiencias compartidas; las comprensiones mutuas. Durante sus elucubraciones encontró algo que antes no había logrado sentir de este modo, los cuerpos humanos, animales, y los espacios se entrelazan de una manera que podríamos sintetizar con la palabra paradoja. Ama a su perro peludo, el mathrock y el juguito de las satsumas.
Fotografía de Yasmín Rojas
