Texturas de algodón (30 de noviembre)

by Yasmín

De niña-adolescente disfruté mucho de “Avatar: la leyenda de Aang/El último maestro aire”, serie producida por Nickelodeon, cuyo protagonista, Aang, un niño de apenas doce años, es el último sobreviviente de su nación, los Nómadas Aire y, por ende, el actual Avatar. La serie muestra mundos fantásticos a la vez que profundas reflexiones espirituales, que de más chica no logré comprender del todo. Ahora, en la adultez, se me revelan como una fuente de cuestionamientos éticos.

Uno de los pilares narrativos de “Avatar” es la convicción de Aang de que toda vida es sagrada. Esa idea se vuelve compleja cuando hacia el final de la serie el deber del Avatar lo obliga a enfrentar al Señor del Fuego, Ozai, un tirano responsable de guerras, genocidios y años de devastación para seres humanos y más que humanos.

En todas las series, películas y hasta en la vida real, el personaje que encarna la maldad a nuestros ojos y valores, debe morir. Parece lo naturalmente esperado (y lo moralmente aceptable). Aang entonces, reflexiona si la muerte de Ozai, el Señor del Fuego, es la acción que terminará el ciclo de violencia, traerá la paz y si verdaderamente eso es justicia.

Trasladé esa reflexión a mi mundo. ¿Qué haríamos si estuviéramos frente a quienes han causado daño irreparable…? ¿Podría la muerte de estas figuras darnos un mundo mejor? Aang se hace esas mismas preguntas no desde la ingenuidad sino desde la responsabilidad de quien entiende que cada elección modela un porvenir.

En la serie, Aang encuentra una respuesta fiel a su identidad, a sus valores y a su comunidad espiritual, sin escuchar a las presencias que a su alrededor demandan muerte. Cree que es posible encontrar en la vida, las respuestas de justicia. Si le permitimos tocarnos en lo más profundo de nuestra esencia humana, la serie plantea el desafío ético de si es posible imaginar una justicia que no sea venganza.

Desde mi lectura, la serie sí logra responder a esta pregunta a partir de las historias de personajes antagonistas complejos como el Príncipe Zuko, hijo de Ozai. Él a lo largo de la serie atraviesa un proceso de reflexión moral, de quiebre identitario y de búsqueda de propósito propio.

Zuko cambia en comunidad pues Katara lo perdona, Aang lo recibe, su tío Iroh lo acompaña. La serie no necesita de su muerte para ofrecerle redención, pero sí necesita de una comunidad que abraze el crecimiento de sus nuevas raíces, lejos del entorno violento en el que creció. Aang lo sabe, quizá por eso para él toda vida es sagrada, incluso una que ha lastimado profundamente.




Itzel Cabrera y Almendrita son xalapeñas de nacimiento y por convicción. 

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