1
SOMOS los muertos que acariciamos
por última vez.
Somos las despedidas
que nunca supimos que lo eran.
Somos las voces que suenan a lo lejos
desde un recuerdo.
Somos el futuro cierto
de que veremos irse a quienes amamos.
2
El poeta dijo:
“No me preguntes cómo pasa el tiempo”.
Ahora lo entiendo.
Veinte años se pasan
como el agua que desaparece de los ríos,
como el viento que deja de soplar una mañana
como el dolor que nunca cede.
Ahora recuerdo,
con demasiada efusividad:
la luz y los colores de los días de antaño,
la felicidad de los años ya olvidados,
la estupidez infantil de aquella época.
Y recuerdo todavía más cosas:
Las caricaturas de la televisión,
la risa de mi abuelo,
los abrazos de mi padre,
el beso de mi madre antes de dormir,
el canto angelical de mi abuela.
Estoy enfermo de nostalgia.
3
Te veo y me entristezco.
No porque me dé pena,
ni porque crea yo que es terrible
el envejecer.
No.
Yo no me entristezco de eso,
tampoco de saberte tan querido y tan odiado.
No, padre, yo no, yo ya no
me entristezco por esas cosas.
Yo te veo y me pongo triste
porque en tu piel de mapa antiguo,
en tu cabello de nieve,
en tus geografías de necedades y cansancios,
todavía veo al padre que tanto amo
y que también desprecio.
Y no puedo dejar de pensar,
mientras platicamos en las calmas tardes del verano,
que un día te irás
que un día no sonreirás más
que un día todo esto que siento
sólo será un largo recuerdo.
4
Despierto.
El tiempo no perdona,
ni siquiera a los que deseamos la muerte.
Son las nueve y media de la mañana.
El mundo gira.
La gente se mueve.
Todos corren urgidos de desesperanza.
Y yo miro la ventana y pienso,
en que mi alma adolorida
hoy quiere el descanso eterno.
5
Miro el ocaso y pienso
en que me hacen falta más metáforas.
En que miro la luz sangrante del sol que muere,
y yo estoy mudo, quieto, pasmado.
Miro el ocaso y pienso
en que todos para allá un día vamos.
Pero a diferencia del sol
astro perfecto y eterno,
nosotros no podemos corregir ni cambiar el rumbo.
Pienso en los años que corren
como veneno en mis arterias.
Pienso en que quisiera volver atrás en el tiempo
y empezar de nuevo.
Desgastar la montaña y hacerla crecer de nuevo.
Miro el ocaso y pienso
en que todos somos el vuelo de un ave
que se pierde en la eternidad del horizonte.
Y el sol se pone.
Gerardo Hernández (Xalapa, 1993).
