por Alejandra Gotóo
“Hay quienes no deseas volver a ver, pero los sigues esperando.”
–Alma Karla Sandoval
POETA, narradora y ensayista mexicana, Alma Karla Sandoval ha construido una obra extensa que cruza registros, del periodismo a la poesía, y que insiste, una y otra vez, en el cuerpo como lugar de tensión.
La escritura de Alma Karla Sandoval no surge desde la intemperie, sino desde una trayectoria consolidada que, sin embargo, insiste en desarticular sus propios recursos: el cuerpo, lejos de estabilizarse, se vuelve un sistema en falla.
Hay libros que no se leen de corrido porque el cuerpo obliga a detenerse.
Erótica de tres ventanas, de Alma Karla Sandoval, pertenece a esa clase de libros que se sostienen más tiempo del previsto. No por dificultad, sino por insistencia. Algo en su ritmo —en la forma en que los poemas avanzan, se repliegan y vuelven— exige una atención que no es solo intelectual.
La palabra “erótica” aquí no remite al deseo, sino a una forma de percepción: la manera en que el cuerpo se involucra en lo que lee, en lo que recuerda, en lo que reconoce incluso cuando preferiría no hacerlo. No hay distancia cómoda: lo que aparece en el poema no se queda en la página, sino que se arrastra hacia quien lee.
Algunos textos se sienten en las manos, en el peso del libro que no se suelta del todo. Otros se instalan en el pecho, modificando la respiración. Y hay algunos —los menos dóciles— que generan una inquietud más difícil de ubicar: obligan a moverse, a cambiar de postura, a no permanecer en el mismo lugar desde el que se empezó.
Y allí, entre los más incómodos está mi favorito: “Intraphylum”.
Es un dispositivo que acumula. Una enumeración que no busca ordenar, sino insistir. “Hay quienes…”, “Los que…”: la repetición construye una especie de ritmo hipnótico, pero también una forma de archivo. No de identidades, sino de huellas: aquello que permanece después de ciertos vínculos, de ciertos cuerpos, de ciertos hombres…
Lo que aparece es una taxonomía afectiva inestable. Los hombres no se presentan como figuras completas, sino como fragmentos: gestos, acciones, ausencias, violencias, cuidados (a menudo mínimos), deseos desplazados. No hay una narrativa lineal ni una progresión clara. Hay, en cambio, acumulación. Y en esa acumulación, algo empieza a volverse evidente: no se trata de clasificar, sino de mostrar que toda clasificación es insuficiente.
Hay ternura y hay brutalidad. Hay ironía y hay cansancio. Hay escenas que rozan lo cotidiano y otras que se acercan a lo insoportable. Pero el poema nunca decide por completo desde dónde hablar. Se mueve, cambia de tono, se desliza. Y esa inestabilidad es lo que lo vuelve más preciso.
Leer “Intraphylum” implica reconocer algo incómodo: que la memoria afectiva no es limpia, ni coherente, ni completamente elegida. Que lo que se acumula no siempre se entiende, y que lo que se desea dejar atrás no necesariamente desaparece.
El poema no ofrece una resolución. No hay cierre, ni síntesis, ni aprendizaje claro. Lo que deja es otra cosa: una especie de residuo. Algo que permanece incluso después de haber terminado de leer.
“Intraphylum” no es una excepción dentro del libro, sino una de sus formas más visibles. En otros poemas —”Escucha a los gansos salvajes entrar en la histeria”, “Hechizo para verdear”, “Trobairitz”, “3 de octurno”, “6 de julio del Año de Nuestra Señora la Palabra”, “Medusas a lontananza”— la acumulación cede el lugar a otras operaciones —la imagen, el corte, la respiración—, pero el efecto es similar: algo no termina de cerrarse. El cuerpo aparece fragmentado, desplazado, a veces incluso fuera de sí, como si el lenguaje no alcanzara a contenerlo del todo. No se trata de una falla aislada, sino de una insistencia que atraviesa el libro completo.
Y es precisamente ese residuo lo que atraviesa Erótica de tres ventanas en su conjunto. Es un libro que se deja habitar. Que se instala de manera distinta en cada lectura. Que no se agota en una interpretación, porque lo que propone no es un significado fijo, sino una serie de experiencias.
En una entrevista reciente, Armando Noriega describe el libro como “una herida expuesta al aire”, una imagen que condensa bien la lectura de la propia autora: la erótica como posibilidad de cura, como apertura hacia la vida. Sin embargo, en la experiencia de lectura, ese movimiento no se resuelve del todo: lo que persiste no es la reparación, sino el residuo.
Quizá por eso me tomó tanto tiempo lograr escribir de estos poemas, se me escapaban de las manos y este texto es, apenas, un intento de capturar a uno de ellos.

