por Diego Díaz
Después de la desaparición de María, la casa empezó a deformarse. Se volvió
silenciosa e irregular. La luz entraba distinta. Las puertas ya no cerraban igual. Lo
cuento como testimonio de lo que quedó de mí y de mi hija.
María salió rumbo al trabajo y no regresó. Entre la espera y la noticia, aprendí a
buscar afuera y a sobrevivir dentro. Pegaba volantes por toda la ciudad. Alguien
los arrancaba con método, uno por uno. Encendía veladoras que se ahogaban en
su propia cera. Cuando ya no queda nada, se acepta todo.
Al tercer mes de búsqueda apareció un carrete de hilo gris. Olía a podrido.
Cambiaba de lugar: en la cocina, en un zapato, en mi boca. Luego apareciste tú.
Pequeña. Gris. Sin dedos. No eras una persona. Tampoco un animal. No
amenazabas. Existías. Traías humedad y dejabas tramos de hilo suelto, como si
intentaras medir una casa que ya había perdido su forma.
Dieciséis meses después encontraron a mi María en una fosa. En un cerro. El día
que confirmaron el cuerpo sentí una calma. Me sentí culpable. Después te
sentabas donde María se sentaba. Respirabas detrás de mí. El hilo se
multiplicaba. Fragmentos que no unían nada. La casa tomó esa forma, líneas
incompletas, paredes húmedas y tu presencia.
Ahora pienso en María como un hilo gris extendido por las habitaciones. La
desaparición no deja fantasmas. Cambia la forma de las habitaciones. Deja
memorias ¿Quién puede vivir así? Hoy es la última vez. Estoy en la cama. Las
pastillas sobre la mesa. Entras. Caminas despacio. El hilo se tensa en mi
garganta. La casa respira. Cierro los ojos. María. Tú. Ya no hay nadie que se
vaya.

(1988, Guadalajara) Lector, comunicador y docente.
