MOVIMIENTO
EL HELECHO colgaba de una piola dividida en tres;
se mecía neciamente, a pesar del poco aire y el corto espacio entre esa piola
y la promesa de hacer mi consciencia crecer.
¿Has escuchado el sonido de los autos al reversar?,
es uno ya característico, que suena muy agudo
y maullándole a mi estrés,
desde la calle
me devolvió frente a mi ya cotidiana taza de café́.
Estando aquí te alejas, estando aquí te vas.
Me lo digo frente a frente.
Mis partículas se dispersan y me disipé un poco en el ambiente,
ese mismo que trajo de vuelta a mi mente,
fue quien se la volvió́ a llevar.
Es la capacidad de la ubicuidad cerebral ¿no?
Creyendo lo que era disociar, apacigüe mis conjeturas dando paso y soltura
al movimiento rotacional,
y aunque no se siente, se percibe en el estridente flujo corporal.
Devorándome el consciente
que me propende a explorar,
el movimiento circular se intensifica entre mis dedos,
veo colibríes flotar;
¿así́ se siente el planeta rotar?
Cuantos decibeles de meditación necesito
para llegar hasta ese hito;
volteo,
vuelvo solo a mirar.
Sonidos silvestres me envuelven,
en el piar y gorjeo,
entre el paisaje y el aleteo,
me retomo en el goteo
de mi casi efectivo constelar.
Miríada de pulsaciones,
invitada a la expansión,
el busco y la veo frente a mí;
colores cálidos, análogos,
otros más abigarrados,
todos consensuados,
por mi débil membrana ocular,
que presta para degenerarse y escurrir,
por un abyecto porvenir,
riega de frente al espacio incoherente
que nos une y que nos separa,
aún sin irnos de cara, por la fuerte rotación.
Se precipita mi pulsación,
de impacto llegué a mi ser;
conocerme y reconocer,
soltándome de ambas manos, caminándome en este espacio que de mí dice saber,
regresó aquel trinar,
me devolví a este lugar
viendo al helecho colgar y donde escuchaba el piar,
que musitaba desde el lejos,
todo el temor que tengo
de volver y despertar.
*
AUTENTISMO FALAZ.
ASOMADA al cielo ilustre
de este espacio medio muerto,
medio vivo, medio lleno,
medio vacío,
con tanto momento
con tanta presencia y ausencia
con brillos a clemencia
de estos seres, sellos de existencia,
que evocan a placer
sinergias de aconteceres
a sabiendas de menesteres,
siendo oníricos y sonoros
en lacónicos meteoros
de implosiones coloradas.
El mundo ahí se derrumba
¿y que más nos queda?
dice aquel,
cantando, haciendo segunda,
siendo parte de este todo
haciéndonos varios coros,
llorando suplicio interno
abonando todos al perno,
que nos va manteniendo unidos.
Reflejos antónimos de tristezas,
revuelan añoranzas,
volvemos a las andanzas,
vamos aceptando el dolor,
vamos recaminando el mundo
desmantelamos el sistema…
Pero vivimos dentro,
seguimos siendo inexpertos.
Lloramos muertes lejanas,
sentimos duro esta guerra,
nos volteamos a ver,
podemos comer,
podemos andar,
nos duelen otros dolores
respiramos estos colores,
aceptamos nuestra humanidad
y gritamos la atrocidad.
¡Truenos y destellos que centellan este cielo ilustre!
Y debajo de él, nos asumimos compañeros
cohabitamos, cogitamos,
murmurando entre nosotros,
la realidad que tocamos.
El firmamento morado, ambiguo,
resistente, cambiante,
atraviesa la naturaleza
del experimento simbionte,
que sigue brillando entonces,
permanece atolondrado
con visuales que le atormentan;
¿de dónde es que se cimienta,
para aguantar la tortura?
¿desde la bella ternura?
¿observando nuestra postura?
Haciéndole travesuras al proceso obsoleto,
de casarnos con objetos y no olvidar nuestras almas,
levantar la falacia
que se nos ha planteado
siendo solo humanos,
viviendo por primera vez
haciendo de esta quimera…
Lo que podemos hacer.

Adriana González Pascacio, Mexicana, nacida en Tixtla De Guerrero, Guerrero, en resignificación actual de importantes procesos, parte de la comunidad docente y eterna simpatizante y ejecutante de la música tradicional; avanzando en sintonía con la errante realidad, participe de grupos tradicionales de son Tixtleco, investigadora y ponente independiente, colaboradora en la reciente antología “Aroma del atardecer ll” y con participaciones en revistas digitales como Kametstka, Irredimibles y Santa Rabia Poetry; aprendiza de todo, erudita de nada, camina disfrutando y respetando siempre los propios y constantes cambios, expresa aquí narrativas disímiles pero semejantes, aceptando los caminos necesarios en la vida, poniéndolos en letras.
Fotografía de portada de Yasmín Rojas
