TIMELIFE

by Yasmín

RECUERDOS

UNA LIMPIA con hierbas, huevos, humo,

mantas y un quejido. El cuerpo dolorido y la cabeza dando vueltas: varicela.

Sensaciones irrecuperables porque de las huellas solo queda una marca

en el pecho como el símbolo sobre el papiro

pero en la carne,

no desaparece y su forma da forma a mi cuerpo

–entonces acontece lo impensable–

papá está junto a mí mientras reposo.

La curandera dice: se pone buena, una o dos noches así

se pondrá buena si no habla.

Y papá está junto a la niña poblada de remedios

duele la cabeza y el cuerpo se siente como reventado.

El color del dolor es verde porque verde son las hierbas

de olor y de verde recuerdo el mundo

como el verde luna

verde que te quiero verde

viento verde y verdes ramas

como una melodía desentonada.

Mi nombre suena como mis recuerdos (ahogados)

busco imágenes en la memoria pero con ruidos

como cuerdas de una viola que son el retrato de los gritos de una niña

o de una mujer o de ambas.

Me gustan las formas de cuando la gente habla

y de lo que inventa,

el nombre de cuando la gente anda: movimiento.

Me gusta el vidrio romperse contra el piso

y me gusta ver todos los cristales cayendo

porque el sonido de su rotura causa impacto, sorpresa. Lo imprevisto

es como un cuento, la historia de cuando tenía once

y caminaba por el cerro del Calvario para comprar panes.

Recuerdo la calle de casa cuesta abajo, la panadería hasta el fondo,

el jardín de niños,

no,

–el jardín de niños no colinda con la panadería–

pero recuerdo el ruido y lo monstruoso de los arboles al moverse

por el viento

y el pirul en la esquina silvando con sus hojas.

Otra forma viene: la memoria y sus tropiezos como si estuviera al final de mi vida

–estás al final de tu vida –

escribiendo sobre lo último que recuerdo de cuando

a los trece quería ser otra pero con el mismo nombre.

Ser yo en tres momentos es una idea común a esa edad,

la necesidad de ser tres veces es simbólico

y se refuerza con la evocación,

mi nombre lo dicen mi padre, mi madre y mis abuelas;

tres oportunidades de ser para tres vidas diferentes,

de todas, la que termina bajo la tierra húmeda

soy Yo: la que nunca ha dicho su nombre en voz alta

pero hablo de mí en primera persona.

*

RELATOS

UNA HISTORIA de mi piel café. Melina mira mi cara

café frente a la suya, blanca

y blanco se convirtió en el color del cielo, de la naturaleza y de la desgracia,

blanca no soy pero quise ser

y de cabello lacio también,

blanca y lacia porque no lo era. Sigo sin serlo,

hasta ahí llegó la forma del primer golpe.

Al final

suena la campana y siento el puño en mi cara café;

el castigo de no ser y que aún sigo sin ser

porque blanca no soy, pero quise porque me dolian los golpes,

me dolía la fealdad y me dolía el color. La forma

se fue, dejó de doler.

Escribo mi nombre: dos sílabas,

cinco sonidos

escribo una forma fija de mí, mi nombre de dos sílabas

no me describe: vuelvo a escribir sobre el papel mi nombre de dos sílabas

más mi apellido. Entonces dice todo de mí,

se reproduce una estampa de inmovilidad

de mí a los 4 y de mí a los 6

–ironías del ritmo–

como un endecasílabo melódico

como queriendo ser un poema

hacer un poema

decir un poema,

pero accidental. La inmovilidad de los cuatro no es mía

sino impuesta, la imagen de mamá llevándome al colegio

y yo teniendo miedo al abandono o a la decepción

porque sentirlo no sé; la inmovilidad de los 4, ya dije, no es mía

sino de mamá.

            Luego:

Enmudecí. Olvidé mi nombre por años. Caminé sobre tierra nueva

con nuevo nombre, nuevo trabajo, pero sin ropa.

Migré también, junto con mi nombre, como las aves a nuevos árboles.

No rompí el vínculo, apreté el lazo

mucho más fuerte que antes para no irme

de la lengua,

no hablarla

pero escucharla, siquiera. La hice nudo

en la garganta y en las piernas.

Un beso simple –desgarrando la juventud – alimento del entusiasmo,

irrecuperable al paso de mis versiones. Los pulsos de un cuerpo joven

jurando embellecer incluso lo perdido

hasta el siempre de los tiempos,

pero es imposible cuando la lengua es muda y el nombre aprieta;

entonces

el cuerpo se esclaviza

signos lo sujetan

manos lo sujetan

ojos lo sujetan

cuerpo sujeto del cuerpo: Sub yec to a la sombra

de una lengua del pasado: ajenidad.

            Cuando el cuerpo se pone bajo la lengua

se le desconoce

se pierde su forma

su pulso se transforma en otro

a veces lo acelera y pierde su sitio; luego llueve

–me precipito a escribir –describo mi nombre

como mis manos, mi rostro o mi boca, con más sílabas, fonemas, sonidos

cadencia.

Todos se sorprenden

                        –¿así se escribe? ¿con h? –

se escribe con h

muda al final,

faríngea

caminando sigilosamente

contra los intentos por eliminarla

–si no habla ¿para qué tenerla? –

pero la letra guarda dentro un proceder,

el de la palabra: la figura, su enunciación, el milagro del viento

dentro del cuerpo,

herencia del levante mediterráneo. Se escribe con h

muda,

mi nombre, y renace sonora.






Odeth Osorio Orduña. (Puebla, 1988.) Estudió literatura en la ciudad donde nació. Continuó estudiando literatura en la Ciudad de México. Su forma de leer se ha ido transformando conforme la poesía fue irrumpiendo en su vida. Decidió fundar una editorial, Paserios Ediciones, junto a varios amigos y colegas. El oficio de la edición cambió, de nueva cuenta su forma de leer literatura, así como las formas de preguntarse por el lugar que habita.

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