por Luis Basave
La bêtise insiste toujours, on s’en apercevrait si l’on ne pensait pas toujours à soi.
Albert Camus
Ça craint le Mexique ! Es una frase que llevo escuchando desde el 2013, cuando me mudé a Francia por primera vez para un intercambio en Nantes. La primera de tantas que –el recuerdo es diáfano– me resultó inasible: porque desconocía el verbo (craindre significa temerle a algo) y porque mi ingenuidad no daba crédito a que estudiantes, que se supone se volverían docentes de lengua y cultura hispanas, me soltaran tal sentencia en un aula universitaria. Craindre, según la Academia de la lengua francesa, tiene por primera acepción considerar algo como peligroso, dañino; se origina en el siglo X a partir del vocablo criembre, que proviene a su vez del latín tremere (verbo que sin duda no ha dejado de cimbrar en los huesos cuando lo escucho en esa oración). Así, según los franceses y otros tantos europeos, México es un país que hace temblar de miedo, por su peligrosidad, por sus perjuicios. Ça craint le Mexique (Da miedo México) es un fallo que se me ha proferido con todos sus tonos e intenciones –de ahí que prescinda de signos de interrogación y de admiración–: con sorna; con una punzante condescendencia que me da a entender que menos mal que vivo aquí entre los civilizados; con veredicto inapelable; con compasión sectaria; con toda la curiosidad procedente de la ignorancia epistémica y, muchas veces, escogida porque es la que mejor calza. Y mis respuestas han sido a ratos conciliadoras, a ratos intransigentes; aunque en los últimos años del mismo calibre:
- Sí, es un averno. Por suerte y laica divinidad, en este paraíso terrenal no pasa nunca nada violento.
- Pues igual que este país, ¿no? Con sus segregadas y racializadas cités, solo que aquí no conviene poner a la “barbarie” en primera plana.
- Es hórrido, horroroso, horribilísimo. No vayas nunca y sigue pasando tus veranos en Santorini o en Palma de Mallorca.
- Efectivamente, es una nación sumamente pavorosa, como tu analfabetismo funcional.
Corría el 2017, cuando se estrenó Tempestad, de Tatiana Huezo, en un festival de cine mexicano en París. Yo formaba parte del equipo de voluntarios en la misma edición a la que la realizadora mexicana-salvadoreña había sido invitada para presentar su obra. De esa proyección, me marcó sobremanera la siguiente escena, curiosamente no del filme sino de la sala cinematográfica: una señora francesa que, a mitad del documental, abandonaba el espacio con ostensible expresión de disgusto. Me acuerdo que espetaba algo así como c’est pas possible ce film, c’est une horreur y me preguntaba si se refería a la cinta en sí o al hecho de que brutalidades como la desaparición forzada y la trata de mujeres se pudiera narrar de ese modo: desde las entrañas y mediante la voz de las víctimas y los familiares directos. Otra cosa que recuerdo con lucidez fue cuando le preguntaron a Tatiana cómo le hizo (le hacía y le hace) para hacerse de tripas corazón al plasmar historias, testimonios y vivencias así de atroces y desalmadas. A lo que ella sin ambages respondió que con las mismas tripas que nos toca(ba) verlas, aguantarlas y vivirlas como mexicanos y mexicanas.
Años más tarde, en Lyon, caminaba por un barrio bohemio –de esos donde abundan los productos orgánicos y las librerías independientes– platicando nimiedades con una amiga colombiana. Estábamos fuera de una heladería cuando se nos acercaron dos personas movidas por la curiosidad al oírnos hablar en español. Nos preguntaron de dónde éramos y, una vez zanjada la duda de nuestros respectivos orígenes, una de ellas nos recomendó una película que nos resultaría ciertamente reveladora. Recién se estrenaba Emilia Pérez y sus maravillados espectadores –muy probablemente la misma audiencia que había visto Tempestad y que podría ver Noche de fuego, Las desaparecidas, Estado de silencio, La libertad del diablo o ya de perdis El infierno o La dictadura perfecta– nos exhortaba a verla. Como desconocía la trama e incluso la existencia del cine de Jacques Audiard[1] mi primera reacción fue cuestionarme si la calidad del filme justificaba semejante estrépito. Luego, se valió de muchísima mediatización europea, de ovaciones, de premios y llegué a convencerme de que algo propositivo debía de ofrecer y reivindicar. Pero vinieron otras faenas, transcurrieron algunos meses, me mudé al suroeste del país y el furor amainó, aunque de vez en cuando me topaba con marquesinas que seguían proyectando el filme. Como aún no soy partidario de los que se aventuran a ir al cine solos, le pedí a una colega mexicana que me acompañara a verla y, para mi [no] sorpresa, vine a dar con la primera impresión desaprobatoria de la película: No pierdas el tiempo: es una payasada, me dijo tajante y sin ánimos de darme más detalles. Así que supuse que sería otra gringada pero à la française y no le presté mayor importancia.
Pasaron tres meses y parecía que ya nadie se acordaba de la película (aún no hacía su osada aparición en México) y aprovechando las vacaciones de diciembre del 2024 me dispuse a verla en streaming. No ahondaré en los detalles de las dos horas de secuencias, una peor que la otra, porque ya bastante espacio le estoy dedicando a la cinta y porque hay críticas excelentes que desmenuzan a cabalidad lo pésima que es. Solo a manera de ejemplo diré que el filme, o más bien ese musical rascuacho, abre el telón con una escena en la que una abogada relata un caso de feminicidio en su portátil a la luz de un puesto de tacos en el cual la vendedora le pide si quiere… “¿más café?” (una viñeta típica mexicana, naturalmente). La penalista canta (un poco menos desafinada que los demás personajes) al coro de otros bailarines líneas del tipo “Cuando hablemos de violencia, abramos el corazón, amemos a las mujeres, perdonemos a los hombres, abracemos la miseria”. Y mientras me preguntaba quién le hizo creer al guionista que, para aplacar las necropolíticas mexicanas, bastaba con prodigar amor al género femenino y absolver al masculino, un falsete le hacía ruido a mi cavilación repitiendo la palabra “miseria”. La escena inauguraba un abanico de absurdos en el cual el narcotraficante prieto-cruel-vulgar se convertirá en una mujer güera-pura-refinada; para acabar siendo la santa patrona del pueblo luego de morir en un accidente automovilístico tan dramático como el de la telenovela más noventera.
Una vez más éramos un remedo antropológico, un exotismo revestido de una empalagosa crestomatía de todos los lugares comunes del imaginario mexicano. Me increpaba a mí mismo (como culpándome por el tiempo y la energía que le estaba dedicando a la película) con preguntas de índole: qué madres es esto, qué se propone esta narrativa, en qué cabeza cupo que un relato así podía ser factible, cómo se puede caricaturizar de esta manera la binariedad, los esencialismos, la espectacularización de la tragedia… Mis cuestionamientos mezclados con fastidio e incredulidad iban igualmente in crescendo, a tal punto que esa misma noche soñé con que intervenía en la realización del filme en aras de reconstruir la historia entera para que no resultase en la bufonada hegemónica que es. Y desperté todavía con las imágenes nítidas de lo que pudo ser un argumento medianamente digno, menos trillado y desvergonzado. Hacía tiempo que una película no me causaba semejante cólera. Emilia Pérez, como lo apuntaló Mikaelah Drullard, era un error; o, al igual que lo imprecaba la señora que no aguantó un largometraje en serio, un horror.
Y así la vida, así nuestras representaciones: de la caricatura al cliché. En 2023, el actual ministro de Justicia, Gérald Darmanin, afirmó en televisión nacional que Francia era un país en vías de mexicanisation, es decir, un territorio que se estaba volviendo peligroso e inhabitable, presa del narcotráfico que turban las calles de Marsella y otras ciudades “invadidas” por la inmigración (la inmigración magrebí y subsahariana, tout le monde sait). Se resemantizaba así no solamente un término, sino cuerpos y materialidades. En ese mismo año, como proyecto final de una unidad didáctica que realizaba en la secundaria donde trabajaba, le pedía a mi alumnado de 12 años que “mexicanizaran” su barrio. O sea, que hicieran una maqueta virtual o física de su colonia y la adornaran con elementos mexicanos: un parque con murales, una parada de autobuses con una piñata, una plaza con alebrijes, una fuente con ajolotes… A estas alturas, prefiero que el estereotipo le gane la partida al prejuicio, elijo hacer hincapié en lo bonito y placentero de combinar lengua y cultura, de despertar la curiosidad que estas últimas echan a andar en un alumnado en ciernes; personitas, pues, en principio todavía desprovistas de tópicos y discriminaciones. No así con ciertos colegas cuyos comentarios no se hicieron esperar. ¿Sabes qué significa mexicanizar? Me preguntó una profe en tono de advertencia. Cómo no lo voy a saber, cómo lo voy a ignorar, ¿no habré yo nacido y crecido en el país en cuestión? ¿no tendré yo idea de lo que es ser mexicano? ¿no seré yo quien deba de enseñarles que México no es amenaza, no es peligrosidad, no es salvajismo? Lo más curioso –por no decir aberrante– era que la pregunta venía de una profe de Historia…
Hace menos de dos semanas el tiroteo en la Pirámide de la Luna ocupó los titulares de la prensa francesa. Yo, por mi parte, llevo ya diez días de vacaciones con escaso contacto con el mundo exterior, si por contacto entendemos el de pagarle al panadero o al de la verdulería o el de consultar con la bibliotecaria libros que no están a disposición en los anaqueles, pero sí en el catálogo virtual de la universidad (sabemos ya cómo va la vida no-vida del tesista). Mis dos compañeros de casa son latinoamericanos y, para mi fortuna, en absoluto fresas, pitucos o gomelos. Ambos un poco más racializados que yo y con una consciencia encarnada de lo que conllevan las preguntas así de perniciosas. Blancos necios que acusáis a la corporalidad sin razón. Así que nadie me ha preguntado nada aún, nadie me ha hecho el desgastado chiste de los sacrificios en las pirámides, nadie me ha recordado el pánico que da mi país, mi cultura y, por extensión, mi existir. Ignorance is bliss, dicen en inglés, y me alegra tener que ignorar comentarios de esta naturaleza: por total falta de interés y porque –con estas líneas– ya estoy adelantando la purga. Desatender lo que puedan decirme al respecto es el chile que más me embona en este momento, porque si bien a veces respondo con socarronería, también decidí dejar de hacer pedagogía mexicana, a menos que sea con sesudos fines de lucro: para eso doy clases. Porque ya es mucho el desembolso anual para renovar la visa que me permite residir en este país, así que bienvenida sea la remuneración al compartir mis Instrucciones para vivir en México, que llevo impartiendo en los cuatro puntos cardinales del Hexágono desde hace ya un buen rato. Porque ni es sencillo ni alentador tener que explicar qué se siente regresar a esa herida aún abierta que nos dejaron los tiempos aciagos del México militarizado durante la guerra más inútil y mortífera que nos tocó y trastocó. Ni tener que hacerle entender a nadie qué significa perder a un ser querido en esas circunstancias.
Este país cuenta con una fibra óptica e internet de los más desarrollados del continente, bibliotecas públicas maravillosamente abastecidas y becas a mansalva para que la gente disponga de dispositivos que aminoren las microagresiones del racismo interno. La ignorancia es temeraria, decía un presentador de un programa que veía de adolescente. Y yo para miedos, bastante tengo con el de la precariedad del inmigrante o con el de no poder socorrer a alguien de mi familia o de mis amistades en caso de necesidad por estar en este rincón del mundo, que ni es el centro ni el mejor. Que la ignorancia epistémica no me atemorice a mí sino a quien se jacte de abanderarla, de endilgarle nocivas ontologías esencialistas a una etnia o nacionalidad. Yo, con este texto y en estas andanzas, optaré por permanecer impávido ante el desconocimiento selecto.
[1] Recomiendo leer el apellido de la siguiente manera: Odiar, privilegiándose el sonido de la erre vibrante múltiple del español y no la gutural del francés.

Luis
