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¿Salvar a las mujeres o controlar el petróleo? El capitalismo imperialista y su ética masculinista

LAURA Bush (esposa del ex presidente George W. Bush) dijo por radio un 17 de noviembre del ya famoso 2001: “la lucha contra el terrorismo es también una lucha por los derechos y la dignidad de las mujeres”. La invasión se volvió necesaria para “emancipar a las mujeres del burka”, del machismo extremo del régimen talibán. Desde entonces, algunos países mulsulmanes sólo fueron retratados desde la barbarie, pero no todos. Arabia Saudita es el mayor socio militar de EE. UU. en la región y es quizás uno de los países con la mayor cantidad de leyes restrictivas para las mujeres y los derechos humanos, en general. Ni el gobierno de Bush, ni el de los otros que vinieron después, dijeron algo sobre la liberación de las mujeres saudíes.

La antropóloga palestina-estadounidensa Lila Abu-Lughod, se preguntó ¿el feminismo para deshumanizar a los hombres musulmanes y presentar a las mujeres como seres sin total agencia que requieren ser salvadas por otros hombres, por soldados extranjeros? 

Néstor Armando Alzate cuenta que antes de una “revolución islámica” y en un escenario de guerra fría, varios países musulmanes, como Irán, simpatizaron con una ideología socialista (que hay que decirlo, tampoco era bien vista por las élites religiosas), pero buscaban a toda costa no ser títeres ni de EE. UU. ni de la Unión Soviética. Aquí es bien importante entender que estos dos imperios se disputaron los territorios de “la Media Luna Fértil” por su posición estratégica, sin considerar como propiamente humanos con su derecho a elegir a las poblaciones que allí vivían, especialmente EEUU los rebajó a condiciones inhumanas.

En el caso de países como Irán, el uso de la Sharia (ley islámica) se utilizó para blindarse contra la influencia extranjera. Implementar el Corán como ley fue una forma de no ceder ante la política de Washington. En 1979 se quitó al Sha (apoyado por Occidente) y llegó el Ayatolá Jomeini para instaurar la República Islámica. Los dictadores (apoyados por EE. UU. y sus aliados) habían prohibido los partidos políticos de izquierda y derecha. Especialmente hubo una represión brutal a cualquier movimiento de izquierda, socialista o nacionalista que buscaba, no sólo pero en principio, la nacionalización del petróleo. El único lugar donde la gente se podía reunir fue la Mezquita. Esto, por supuesto, le dio a los líderes religiosos una ventaja organizativa. Cuando el sistema colapsó, eran los únicos con una red lista para gobernar. Es un ejemplo doloroso de cómo se decidió que la religión dirigiera el gobierno para romper con la influencia de las potencias que habían atormentado a la región tras la primera guerra europea (o también llamada “mundial”). 

De ahí que autores, hoy difíciles de pronunciar, han señalado cómo la política intervencionista y colonialista de Estados Unidos generó las condiciones para que el radicalismo islámico emergiera como la única opción de resistencia. También se vuelve natural comprender por qué gobiernos como el de EE. UU., Inglaterra y Francia apoyan a Israel y secundan su invasión: es un puente y una avanzada para defender sus propios intereses y controlar a los países que aún anhelan su autonomía.

¿Qué habría sido del mundo sin la intervención extranjera? ¿Qué sería de los países que hoy oprimen tan cruelmente a las mujeres si se les hubiera permitido una autonomía real (ya fuera de izquierda o de cualquier otra vertiente nacionalista)? ¿Cuántas revoluciones sociales, cuántos movimientos feministas, cuántas primaveras laicas no han sido sofocadas en nombre del petróleo y la estrategia militar? ¿Al derrocar gobiernos que buscaban su propio destino, las potencias occidentales-coloniales han sido las arquitectas del muro de fanatismo que hoy dicen querer derribar? Entonces ¿De qué, de quién, tendrían que liberarse(nos) las mujeres?

Cuando conozco estos pequeños fragmentos de la historia colonialista, de brutalidad y muerte, me es inevitable pensar que los intereses políticos de los líderes, sus disputas de la guerra fría, sus pugnas entre derecha e izquierda, su amor por el petróleo (y por una vida que no es auténtica), han sido, en esencia, estructuras masculinas obsesionadas con el poder, el control y el dominio. Y pienso algo más profundo también, que muchas feministas comunitarias del sur han dicho: no hay liberación femenina (y masculina tampoco) que pueda existir en las entrañas del capitalismo imperialista colonial. La opresión patriarcal siempre está ligada al imperialismo y su ética masculinista ¿Qué caso tiene ser el primero en llegar a la luna, si en el territorio las mujeres y las infancias mueren? Entonces, lo que hombres antiimperialistas parecen todavía no querer entender, es que tampoco puede haber una liberación capitalista sin una liberación del patriarcado. No es posible porque son ingredientes de un mismo pastel.

Soy una fiel creyente de la idea de que mientras el mundo siga siendo gobernado por esta lógica de control y supremacía masculina (que no creo para nada natural o de la “esencia humana”) la mujer musulmana (y las mujeres en general, pero también la naturaleza y los hombres no imperialistas) seguirán siendo un escudo retórico de guerras, atrapadas y atrapados en un imperialismo que finge salvarnos para poder dominarnos, pero en realidad sólo somos la cortina de humo que se enciende cuando entre ellos buscan asesinarse.

Las voces del feminismo islámico, como Fatima Mernissi, enarbolan desde la esperanza de su fe, que la opresión no es divina: es una construcción humana y política y, por lo tanto, susceptible de ser transformada. Lo verdaderamente divino, y el mismo Alá lo dice: es la vida. 



Itzel Cabrera y Almendrita son xalapeñas de nacimiento y por convicción. 

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