Crónica,  Featured

CRÓNICAS DE LA ESPERA

Día 1
Estaba por dormir cuando el vecino de arriba comenzó a gritar. El muy idiota grita como desesperado cuando juega en la consola. Miré el reloj: ya iba tarde para el trabajo. La historia se repitió: corrí a la oficina, el uniforme arrugado, el maquillaje corrido. Otra vez tarde. Otra vez con la ropa hecha mierda. El licenciado Martínez, porque así dice que le debemos llamar, me miró como si yo fuera una cucaracha. Usted nunca llegará lejos, Claudia, me dijo. Las mujeres como usted se marchitan sin marido ni hijos. Cada vez está peor. Nunca logrará tener un puesto importante. Sonreí. Por dentro pensé que él no entendía nada.

Día 2
El Registro Civil es un cementerio de almas. Aquí viene la gente a nacer, casarse o morirse en papeles. Niños llorando, madres agotadas, ojeras gemelas a las mías. Nos maquillamos igual, traemos la ropa hecha mierda. La única diferencia es que yo no soy madre. Después están los que se quieren casar: “Aquí están los requisitos. Léalo y si tiene dudas me pregunta”, les digo sin mirarlos. Por último, llegan los difuntos: que si murió en su cama, que si le dieron un tiro, que si lo encontraron en la calle. ¿Qué soy yo? Una asistente de dirección. Nadie se fija en mí, solo en mi firma y en la tinta que estampo sin que me tiemble la mano.

Día 3
Hoy descubrí que las impresoras hablan. Tragan y escupen. Tragan y escupen. La de la ventanilla 2 le dijo a la del archivo que está cansada de imprimir actas de divorcio. Que le gustaría, aunque fuera una vez, imprimir un poema. Reí en silencio. No estoy equivocada: Las máquinas llevan tiempo vigilándonos.

Día 4
De vuelta a casa me encontré con Sofía. Estaba en el sofá, viendo televisión. Últimamente no te he visto, le dije. No has querido que esté aquí, respondió. Quizás estaba irritada. Tengo varias noches sin dormir, le expliqué. ¿Sabes cómo se siente eso? No dormir. Sofía me miró seria. Espero que no le hayas contado a nadie de mí. A nadie, le aseguré. Nos quedamos en silencio. Tal vez mi soledad, mi salario miserable, mi falta de sueño, quizás todo esto es solo una espera.

Día 5
Las tazas de café me observan. La verde me dijo que mi jefe quiere hundirme. La blanca me confesó que yo estoy llamada a algo más, pero no me dijo qué. Mis compañeras cuchichean, “está rara”, “déjala, cada vez está peor”. No me saludan. Nadie me mira. Me siento aliviada.

Día 6
La ciudad es un enjambre que me devora los nervios. El hombre a mi lado en el camión me acerca su axila a la cara. Menos mal que se bañó, pienso. Los vendedores gritan, los coches rugen, la gente se empuja. Los envidio. Quisiera vender algo en la calle, gritar también, por si acaso me escuchas o si acaso te veo. Cualquier cosa es mejor que firmar papeles en la oficina. Hoy sentí algo en el pecho, como si me creciera un sol.

Día 7
No soy cualquier mujer. Seré la persona más conocida de este pueblo. El pueblo me espera. Todo el mundo me conocerá. Saldremos en la televisión, me dijo Sofía, con una voz que no sonaba suya. ¿De qué programa hablas?, le pregunté. Del que vemos en la noche, respondió. Pensé en el noticiero y sentí un escalofrío. Sofía sonreía, pero sus ojos estaban tristes. Me acerqué a ella, la abracé. Te extraño, le dije. No por mucho tiempo, susurró.

Día 8
En la oficina los focos parpadearon cuando caminé por el pasillo. Era un saludo. Los ventiladores se inclinaron también para saludar. Deja de hablar sola, me dijo una compañera, me asustas. No le respondí. No entiende que Sofía está aquí, ¿acaso no la ve? Necesito todo el tiempo posible para seguir hablando con ella. Necesito explicarle que no la he dejado de buscar, simplemente no la he podido encontrar. Los diez años que llevo buscándola no he encontrado más que piel, grasa y huesos. Nada era de ella.

Día 9
Nos vemos más tarde. Te amo, escribió Sofía en la nota que dejó sobre la mesa. Yo también te extraño, pensé. Mucho.

Día 10
Escuché murmurar a mis compañeros: “está loca”. ¿Loca yo? El verdadero delirio está en esperar a que la encuentren con vida o por lo menos que me entreguen su cuerpo. No dejaron ni una pista, ¿sabes lo que se siente que alguien no regrese? Estuve de pueblo en pueblo buscando, de cerro en cerro. No la encontré. Me dijeron que se la llevaron a Estados Unidos, otros decían que se le habían llevado a la ciudad. Yo sé que está aquí.

Día 11
Me siguieron otra vez, sé que ellos eran lo que se la llevaron. Les molesta que siga buscando, que siga preguntando por ti. Las palomas de la estación me guiñaron el ojo. No temas, me dijeron. Volé con ellas por laberintos de hojas y ramas, crucé el río que divide al pueblo. Subí el cerro y lo bajé pensando en que te volvería a ver en casa. Llegué agotada. No estabas en la sala, te fui a buscar a la recámara tampoco estabas. Fui al baño a ver si de casualidad necesitabas algo, no estabas. Todo era silencio. Todo es silencio desde que te desaparecieron.

Día 12
Me trajeron engañada, con la excusa de un chequeo. Me engañó Paola, la vecina, dijo que no paraba de gritar su nombre; tu nombre, Sofía. Me encontraron en la cocina. Había sangre, un cuchillo y el agua del grifo corriendo. No recuerdo nada de lo que pasó. Aquí me llaman paciente. Me inyectan veneno para dejar de pensar en ti, para dejar de buscarte. No me rendiré. En las noches escucho a las camas hablar. Una me dijo que pronto vendrán caballeros a rescatarme.

Día 13
Hoy me trasladaron en camilla a otro lugar. Para mí fue procesión. Caballeros con armaduras me transportaban. La cama gritaba mi nombre. Los doctores dicen que eran llantos. Pobres sordos, ¿dónde está Sofía?, pregunté. Nadie contestó. Dijeron que tengo trastorno psicótico breve con síntomas de estrés postraumático. Dicen que Sofía no existe, que nunca existió. Ellos lo llaman enfermedad. Yo lo llamo despertar. Me inyectan para callarme, pero no entienden que las voces no me asustan: me guían. Escucho a las mujeres que caminaron antes que yo. Escucho su rabia, su dolor. Ya no me pesan las cadenas invisibles de la oficina, ni la voz de Martínez, ni la indiferencia del mundo, ni el cinismo de las autoridades. Hoy seré contigo. Abro la ventana y vuelo. ¿Sabes lo que se siente no poder dormir? Se siente como abrir los ojos por primera vez.




Andrea Valdés (1988) Nací en Guadalajara, Jalisco. Doctoranda y lectora. 

Leave a Reply